En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Cristina Rodríguez / La Jornada

El genocidio que nadie ve

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Feminicidios en México

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Marcos Josafat Ramos Vizcarra

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

En México, el feminicidio se ha convertido en una herida abierta que sigue supurando dolor, indiferencia e impunidad. Llamarlo “genocidio” no es solo una exageración, sino un intento urgente de nombrar la verdadera magnitud del problema: miles de mujeres asesinadas de manera sistemática por razones de género, en un país donde la violencia contra ellas se ha vuelto parte del paisaje cotidiano. Literalmente es un exterminio silencioso que ocurre a plena luz del día, y, sin embargo, la sociedad parece haber aprendido a mirar hacia otro lado.

Desde 2015, México ha registrado oficialmente más de ocho mil feminicidios, una cifra que debería estremecer a cualquier nación. Pero lo realmente alarmante es que estas son solo las muertes reconocidas bajo ese nombre. Detrás de ellas se esconden cientos de asesinatos de mujeres que se clasifican simplemente como “homicidios dolosos”, desapariciones que quedan sin investigar y carpetas de investigación que duermen en los escritorios de las fiscalías. La magnitud real es aún mayor; la indiferencia institucional también.

El Estado mexicano, en todos sus niveles de gobierno, ha fallado sistemáticamente. Las denuncias ignoradas, las investigaciones deficientes, la revictimización y los prejuicios machistas incrustados en Ministerios Públicos y fiscalías forman una maquinaria de impunidad que opera con una precisión escalofriante. En un país donde solo una fracción de los feminicidios recibe justicia, matar a una mujer no solo es posible: es predecible.

Pero la violencia no surge de la nada. Se alimenta de una cultura que naturaliza el control, el abuso, los celos y la cosificación de las mujeres. Un país donde se culpa a la víctima por “andar sola”, donde se cuestiona su ropa, sus decisiones y su cuerpo, es un país que allana el camino para que el feminicidio sea el desenlace de una cadena de agresiones normalizadas. El asesino no aparece de repente: se forma en una sociedad que tolera la violencia desde sus manifestaciones más pequeñas.

Hablar del feminicidio como un genocidio es un acto de denuncia tanto política como moral. Esto implica reconocer que no son casos aislados, sino un patrón sistemático que ataca a un mismo grupo social: las mujeres. Es hacer visible una verdad incómoda: en México, ser mujer conlleva un riesgo que no debería existir.

La transformación comienza al enfrentar de manera directa aquello que la costumbre nos ha enseñado a ignorar. Nombrar el feminicidio es el primer paso para combatirlo; exigir justicia es el segundo; y desmantelar la cultura que lo origina es el más complicado, pero también el más urgente.

Mientras no reconozcamos la dimensión genocida de esta violencia, México seguirá enterrando mujeres en silencio, como si sus vidas no tuvieran valor. Y yo creo que ninguna vida debería ser ignorada y olvidada.

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