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Cumbias de microbusero

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

La banda sonora chilanga

Picture of Irving González Meraz

Irving González Meraz

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Se dice que Salvador Dalí afirmó alguna vez que no volvería a México porque era un país más surrealista que sus propias pinturas. No sé si eso es verdad, pero sospecho que nunca se subió a un camión desde Iztapalapa con rumbo al Metro Zaragoza a las 5:30 de la mañana. De haberlo hecho, probablemente habría encontrado más material para una nueva etapa de su obra. Imaginémoslo: estudiantes terminando la lectura para su clase menos favorita de Polakas, la gente trabajadora intentando recuperar algunos minutos de sueño, la Zaragoza detenida antes del amanecer y, por encima de todo eso, un cumbión sonando a todo volumen desde las bocinas de ese Mercedes-Benz que nos lleva al Metro. Quizá “Cómo te voy a olvidar“, quizá “17 años“, quizá “El listón de tu pelo“. Da igual cuál sea. Lo importante es que durante los siguientes kilómetros, todas las personas a bordo compartirán exactamente la misma banda sonora.

Porque sí, la CDMX tiene una banda sonora propia. No suena en Bellas Artes ni en el Auditorio Nacional. Suena en la combi, en la micro y en los camiones que todos los días transportan a millones de personas de un extremo a otro de la ciudad. Las llamadas cumbias de microbusero son uno de los sonidos más característicos de la experiencia urbana chilanga. Han acompañado a generaciones enteras de estudiantes, trabajadores y habitantes de la ciudad y se han convertido en parte de la memoria colectiva de una metrópoli que pasa buena parte de su existencia en el transporte. Después de todo, no es raro que un chilango invierta entre dos y cuatro horas diarias simplemente en trasladarse de un lugar a otro. Estos cumbiones forman parte del paisaje sonoro de nuestra CDMX con la misma naturalidad que el pitido del Metrobús al cerrar sus puertas, los gritos de los vendedores ambulantes o el conductor desesperado que descarga toda su frustración sobre el claxon en el Periférico a la altura de Perisur.

Lo más curioso es que las cumbias de microbusero funcionan exactamente al revés que Spotify. Mientras en las plataformas digitales tenemos nuestra propia playlist, las combis, micros y camiones hacen que decenas de completos desconocidos compartan la misma música todos los días. Durante algunos kilómetros, todas las personas a bordo escuchan los mismos cumbiones sin haberse puesto de acuerdo. Nadie eligió la música, pero todos forman parte del concierto. Y ahí está lo hermoso: en una ciudad donde cada quien parece vivir en su propia burbuja, las cumbias siguen produciendo una de las pocas experiencias verdaderamente compartidas que sobreviven en la vida cotidiana.

Quizá por eso las cumbias de microbusero ocupan un lugar tan extraño en la memoria de quienes habitamos esta urbe. No siempre son nuestras favoritas. Muchas veces ni siquiera las elegimos. Sin embargo, las escuchamos tantas veces que terminan formando parte de nosotros. Para miles de estudiantes, ciertas canciones ya no significan únicamente amor, desamor o fiesta. También significan trayectos. “Cómo te voy a olvidar” puede recordar una mañana fría rumbo a la Prepa 7 en Calzada de la Viga. “17 años” puede traer de vuelta los días de camino a CU. “Nunca es suficiente” puede recordar el estrés de llegar tarde mientras la Zaragoza demuestra una vez más que las leyes del espacio y el tiempo funcionan de manera distinta en el oriente de la ciudad.

Hay algo particularmente fascinante en esto para quienes hemos pasado años moviéndonos entre escuelas, transbordos y rutas interminables. Tal vez una de las imágenes más representativas de la vida estudiantil chilanga sea la de alguien de Polakas leyendo a Marx, Weber, Bourdieu o Foucault mientras de fondo suena una cumbia de Los Ángeles Azules. Al mismo tiempo, un alumno de la Voca 4 atorado sobre Constituyentes repasa fórmulas para el examen de cálculo diferencial mientras en las bocinas suena “Oye mujer”. Más al norte, en el camión Poli-Arcos, un estudiante de UPIITA intenta entender por última vez el teorema de Shannon en las comunicaciones digitales, mientras que a su lado uno de ESIME viene cabeceando después de una noche de proyectos de electrónica, todo esto mientras “Me volví a acordar de ti” acompaña el trayecto de ese camión sobre Av. Politécnico. En cualquier otro lugar estas escenas podrían parecer randoms, pero aquí forman parte de la normalidad. La CDMX está hecha precisamente de esas combinaciones improbables: teoría política y cumbia sonidera, debates académicos y tráfico interminable, lecturas obligatorias y bocinas al máximo volumen.

Muchos habitantes de esta ciudad recuerdan etapas de su vida por las rutas que tomaban todos los días. Por la combi que salía de Chalco rumbo al Metro Aeropuerto antes de que amaneciera. Por el camión que los llevaba al CCH Oriente desde el Metro Canal de San Juan. Por los transbordos interminables en Pantitlán (por cierto, el transbordo de la Línea A a la Línea rosa merece una mención honorífica entre los grandes sufrimientos de la vida chilanga). Por las filas eternas en Indios Verdes al abordar el camión rumbo a Ecatepec. Y en una gran cantidad de esos recuerdos hay una cumbia de microbusero sonando de fondo. Quizá era “Mis sentimientos”, “Amor regresa”, “Cumbia sobre el río”, “Amor prohibido”, “Mi niña mujer” o “No te pertenece”. Porque estas cumbias han acompañado generaciones enteras de estudiantes y trabajadores durante miles de horas de trayecto. Han estado presentes en mañanas de examen, regresos a casa, primeros días de clase, enamoramientos imposibles y días de escuela horribles. Quizá por eso son mucho más que una simple selección musical del chofer que maneja ese camión que nos lleva al Metro. Porque cuando pasan los años, muchas veces olvidamos el número de la ruta, el modelo del camión o incluso el motivo del viaje. Lo que permanece es la canción que sonaba de fondo mientras atravesábamos la ciudad de norte a sur y de oriente a poniente.

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