En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Animal Político / Dulce Ramos

La fe como arma política en México

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

Creer debería ser un derecho, no una orden

Picture of Irving González Meraz

Irving González Meraz

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

La religión es un fenómeno multifacético, con mucha historia y está llena de personajes que han marcado el rumbo de sociedades enteras. Pero, hay que preguntarnos, ¿realmente esos personajes representan a una comunidad religiosa? Cuando pensamos en religión solemos asociarla a nombres familiares como Jesucristo, Alá, Buda o Mahoma, todos humanos y hombres. Mas, ¿por qué la espiritualidad se encarna en figuras humanas tan específicas?, ¿por qué ellos tienen el poder de definir qué es “sagrado”? Más allá de las creencias, la religión se entrelaza con la política y la moral para formar ideas que crean conflictos. El ejemplo perfecto es el genocidio contra el pueblo palestino, allí la fe es bandera, justificación y herramienta de muerte.

En México tenemos una historia marcada por la colonización y el racismo. La espiritualidad ha estado influenciada por la Iglesia, sobre todo la católica, que no solo ha sido una guía espiritual, sino un actor político con intereses y poder. Hasta la actualidad la moral religiosa ha sido usada como bandera política para controlar decisiones, discursos y personas. La Iglesia y el poder político en México se han unido para imponer visiones conservadoras disfrazadas de “defensa de valores”. 

La madre de los mexicanos

La Virgen de Guadalupe es, sin duda, uno de los símbolos más poderosos y universales en México. Su imagen no solo convoca a millones de fieles, sino que ha sido fundamental en la construcción de nuestra identidad nacional y, claro, en la política. Desde los tiempos de la Independencia, bajo el grito de “¡Viva la Virgen de Guadalupe!”, la fe católica ha legitimado causas políticas y movimientos sociales. Sin embargo, detrás de la devoción popular también se esconde un uso político de su figura. Muchos políticos, sin importar su partido, recurren a ella para mejorar su imagen, atraer gente o fortalecer su influencia. Durante las campañas electorales es común verlos visitar la Basílica de Guadalupe o al menos mencionarla, buscando conectar con el pueblo mexicano “siempre fiel”. Así, la religión y la política convergen para instrumentalizar la fe y transformar la moral en una bandera que excluye y controla.

La Iglesia católica y el poder político

La Iglesia católica en México ha desempeñado un doble papel: funciona como guía espiritual, pero también como actor político relevante. Aunque el Estado mexicano se declaró laico desde el siglo XIX, la separación entre religión y política no ha sido completa. Un ejemplo claro es el cardenal Norberto Rivera, conocido no solo por su liderazgo religioso, sino también por los escándalos relacionados con el encubrimiento de abusos sexuales, sus constantes intervenciones en asuntos políticos y sus alianzas con el Partido Acción Nacional para respaldar políticas acordes con la moral eclesiástica. Esta relación ha tenido un impacto directo en la legislación y en los discursos públicos que buscan imponer una determinada ética. La oposición al aborto legal, al matrimonio igualitario, y a otras luchas por los derechos humanos han contado con el respaldo de sectores religiosos. La Iglesia legitima posturas que restringen libertades, mientras que el poder político capitaliza esa moral para sostener un orden social conservador.

Otro caso ejemplar es el del expresidente Vicente Fox. Durante su sexenio (2000–2006) se presentó como un hombre profundamente católico, defensor de la familia tradicional y de los “valores cristianos”, mientras sus políticas económicas empobrecieron a amplios sectores de la población. Difícil pensar que eso fuera del agrado de Jesucristo (uno de los más grandes “progres” de la historia, aunque hoy lo quieran hacer pasar por conservador).

Este uso de la moral religiosa no fue solo un acto de fe personal de Fox, fue una estrategia política. Al adoptar un discurso conservador se construyó una base electoral leal, desviando a la vez la atención de los verdaderos problemas nacionales. Con estos ejemplos es evidente que la moral impuesta desde el poder político y religioso no sólo pretende orientar, sino también definir quién tiene cabida en la sociedad y quién no, de esta forma justifica exclusiones y divisiones con un “manto sagrado”.

¿Por qué creemos lo que creemos?

Las creencias, la moral y la religión no son verdades absolutas, sino construcciones sociales condicionadas por el contexto histórico, cultural y político. Desde la colonización la religión católica fue impuesta en México como parte de un proyecto civilizatorio que marginó toda forma de espiritualidad indígena. La moral, lejos de ser una guía universal, funciona como un conjunto de normas que regulan la conducta de las sociedades según quienes detentan el poder. Las ideas predominantes en el discurso público no surgieron de una verdad divina, sino de decisiones políticas que han favorecido algunas voces (como la de la Iglesia) y han silenciado muchas otras. De este modo, la verdadera pregunta no es solo en qué creemos, sino cómo y por qué ciertos discursos han logrado imponerse, desplazando otras formas de ver y vivir el mundo.

Desde pequeños se nos enseña cómo debemos creer, qué rezar, cuándo ir a misa, cómo comportarnos para ser “buenos” cristianos. No importa si comprendemos o sentimos realmente lo que hacemos, lo importante es obedecer, y si no lo hacemos, la culpa cae sobre nosotros como un castigo divino. Pero, ¿eso es realmente espiritualidad? La espiritualidad es una experiencia interna, una búsqueda personal de sentido, no debería depender de templos, imágenes o dogmas ancestrales. Puede encontrarse en el arte, en la naturaleza, en el silencio, en el amor, o en el acto de ayudar sin esperar recompensa. Es una vivencia libre, profunda y humana. 

Sin embargo, en sociedades como la mexicana, la espiritualidad suele estar cercada por barreras impuestas desde el poder político y religioso. Mucho de lo que se presenta como moral es en realidad un conjunto de normas establecidas por quienes detentan el poder. Nos dicen qué está bien y qué está mal, no desde el respeto a la diversidad, sino desde una supuesta “verdad universal” que se impone como única.

¿Quién determina que el aborto es pecado? ¿Quién afirma que amar a alguien del mismo sexo es un acto “del diablo”? La respuesta nuevamente está en el poder. La moral religiosa ha servido durante siglos como una forma de control social, más que como una expresión de creencias auténticas. Y no, la fe no es el problema, de hecho puede ser una fuente de esperanza, comunidad y transformación. El verdadero conflicto surge cuando se obliga a creer de cierta manera y se castiga a quienes piensan diferente. Afortunadamente cada vez más personas en México exploran nuevas formas de espiritualidad: jóvenes que meditan, mujeres que reconectan con raíces indígenas, personas LGBTTTIQ+ que viven su amor lejos de la lógica del pecado. Todo eso es espiritualidad y es válido.

Entonces, ¿es posible la espiritualidad libre en México? Sí, pero no es sencillo. Exige pensar por cuenta propia, romper con inercias, defender el derecho a creer (o a no creer) sin miedo, juicio ni castigo. Si alguien desea creer en la Virgen de Guadalupe, adelante, siempre y cuando esa fe sea una elección propia y no una obligación impuesta porque creer debería ser un derecho, no una orden.

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La fe como arma política en México

Una respuesta

  1. No soy militar ni politólogo, pero la guerra explica muchas cosas que por ingenuidad preferimos ignorar. Al hablar de “arma” estamos hablando de guerra y la guerra según Clausewitz es “La continuación de la política, pero por otros medios” y según Michel Foucault la Política es “La continuación de la guerra, pero por otros medios”. También hay una diferencia importante entre la Creencia, La Fe y La experiencia religiosa. ¡Las guerras son espantosas crueles terrible e inhumanas y por muy alejados que queramos estar de ellas finalmente tocan a nuestra puerta y no nos podemos negar porque simplemente YA ESTAMOS EN GUERRA!!!!! Y si le estas declarando la guerra al IMPERIO, pues el imperio también tiene que declararte la guerra a ti. Hay guerras de Imperio contra Imperio como ocurrió entre Roma y Cartago y la ley de la guerra dice: Imperio vencido imperio jodido. Pero cuando la guerra es entre Imperio y Tribu como Inglaterra versus los Zulues la ley sigue igual: Tribu vencida tribu jodida. Así que la única recomendación cuando estas en una guerra es: ¡GANAR!!!! Igual aplica para las guerras religiosas o culturales. En la foto vemos a dos triunfadores Uno politico y el otro religioso de una religion que paso de ser perseguida a ser perseguidora, que pacto con el Imperio Romano al punto de convertirse en su heredera. El triunfador politico tambien gano una guerra y no tienen por que pedir perdon por haber resultado TRIUNFADORES!!! mucho menos al bando derrotado.

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