Riesgo de Asfixia
Por: Zaid Joao Hernández Maldonado
Una historia recurrente en Pantitlán
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Pasaron cinco, diez, y luego veinte minutos. Un sonido estridente y agudo me sacó de mi jaula mental; los policías que resguardaban la entrada a los andenes habían abierto las puertas. El cansancio y desesperación nublaron la consciencia colectiva y envuelto en una estampida perdí el control. Jaloneado, empujado y con 30 pisotones encima, empecé a recorrer una gran parte del pasillo que da al vagón del metro Pantitlán.
El olor de un largo día de jornada laboral penetró mi nariz, impregnó mi ropa y me hizo pensar en lo que en ese momento creí lo peor: estaría atrapado y rodeado por un mar de gente un buen rato en Pantitlán. No reconocí ninguna de aquellas personas, pero me sentí tan unido que en algún momento pensé que compartíamos una misma historia. Así, los segundos comenzaron a ceder a la par que corrían por mi mente preguntas sin respuestas evidentes: ¿quiénes son los que me rodean?, ¿hasta dónde tienen que ir?, ¿cuánto tiempo nos quedaremos aquí?
Al doblar el pasillo de transborde entre la línea 8 y la línea A todo parecía transcurrir como de costumbre; las personas que pasaban con prisa no pensaban en nada más que el tiempo desperdiciado. Volteé un par de veces mientras caminaba, vi a mis iguales preocupados, cansados y sin tiempo, a la par que un calor insoportable me recorría la espalda y mi brazo derecho se fatigaba por cargar mi maleta. Sentí gotas de sudor resbalar por mi frente, mis botas chocar con el suelo cada vez más deprisa y mi corazón latir con más frecuencia. Sin darme cuenta estaba sumergido en la dinámica que se vive día a día en cualquier metro de la Ciudad de México: la de las personas que ya no quieren seguir desperdiciando su vida en el transporte.
Mientras pensaba en el cariño de mi madre, las comidas que prepara mi padre y la risa de mi hermano empecé a desacelerar inconscientemente. Mi caminar en “piloto automático” se detuvo cuando me vi obligado a prestar atención a mi alrededor. El murmullo de personas descontentas, cansadas y desesperadas que se hacía cada vez más atrapante y cercano me devolvió al presente, al “aquí y ahora”. “Quizás esto pase rápido”, me dije mientras me preguntaba el porqué de la situación y mis ojos empezaban a buscar caras conocidas; subían, bajaban y volteaban para darse cuenta de que cada vez éramos más y más.
El tiempo no quiso darme la razón y poco a poco el calor de mi espalda se convirtió en un calor compartido por cientos de personas. Los trabajadores, madres y estudiantes empezamos a amontonarnos unos contra otros en un espacio que no pude calcular, pero parecía demasiado pequeño para amontonar tantos cuerpos juntos. Perdí el control de mi espacio personal; encontré mi rodilla en el muslo de otro, mi hombro en la cabeza de alguien más pequeño, la respiración en mi nuca de un tipo enorme y mi brazo no podía más con mi maleta. Como si me implorara llegar a casa, sentí crecer más y más el enorme abrazo de la clase trabajadora en todo mi cuerpo.
Como un barco a la deriva en medio del mar, la gente me movía de a poco en olas que anunciaban esperanza. Mi paciencia desaparecía lentamente, con la misma velocidad con la que avanzaba en el pasillo de transborde en Pantitlán. Antes de caer en la desesperación empecé a creer que estaría atrapado ahí para siempre, de pronto aparecieron los apretones de estómago, empujones por detrás y jalones incesantes de mis pertenencias. El escaso aire que pude respirar mientras me movía amontonado y golpeado por otros en contra de mi voluntad solamente me daba para pensar en mi supervivencia. En segundos, a una velocidad impresionante, pasé de estar en medio del pasillo a las puertas de metal que dan hacia los andenes.
Vislumbre la salida. El cuello de botella en el que estaba atorado poco a poco se deshizo. Expulsado por la estampida experimenté una de las mejores sensaciones: dar bocanadas de aire sabiendo que la muerte ha pasado de largo. Una vez afuera, y después de asegurar mis pertenencias, volví a pensar en todas esas personas que como yo pudieron haber muerto asfixiados un viernes cualquiera: ¿quiénes son los que me rodean?, ¿hasta dónde tienen que ir?, ¿cuánto tiempo nos quedaremos aquí?, me pregunté de nuevo.
Bajando las escaleras un poco antes de entrar al andén, mi estado de shock continúo y ahí caí en cuenta de que no me había equivocado del todo. “Nuestra historia”, la que sentí que compartíamos, está condenada a repetirse hasta la eternidad en aquel lugar. Todos los viernes sin falta, ni error, alguien va a estar atrapado en Pantitlán, rogando al destino que todo cambie para bien. Rogando que las condiciones del transporte público en la Ciudad de México y sus alrededores se vuelvan dignas para aquellos que lo dan todo solo por llevar comida, sueños y esperanza a sus hogares.
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