Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
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En México hay dos realidades diferentes. Por un lado, un estudiante del Tec de Monterrey termina un ensayo en minutos con ayuda de alguna herramienta de inteligencia artificial que le sugiere cambios, revisa la redacción y le genera imágenes para la presentación. Por otro lado, en una preparatoria rural en la Sierra de Oaxaca, otra alumna espera por muchos minutos a que cargue una sola página en la web porque la señal de internet apenas llega.
Nos han vendido la idea de que la inteligencia artificial es la gran promesa del siglo: puede ayudar en diagnósticos médicos, componer música o generar videos con tan solo dar un clic. Sin embargo, la historia se repite como con la globalización: quienes tienen recursos compran el futuro, y quienes no quedan relegados a mirarlo desde afuera.
Es una realidad que las herramientas de IA no son neutras ni de acceso universal. Permanecen bajo el control de las mismas corporaciones que dominan datos y capital: deciden qué se ofrece, a quién llega y a qué precio.
La cuestión ya no es si la IA funciona o no, sino quién controla su uso, quién se queda con las ganancias y quién paga el costo de la exclusión.
¿Por qué la IA puede aumentar la desigualdad?
La IA puede aumentar la desigualdad porque no opera en el vacío; para que funcione se necesita internet de alta velocidad, electricidad, servidores, dinero y mucha agua. Quien vive en una ciudad con buena conexión y la infraestructura necesaria puede usar la IA, pero quien vive en una comunidad rural se queda fuera del juego desde el inicio. Tan soólo en México, el 85% de los hogares urbanos tiene acceso a internet, frente a apenas el 66% en zonas rurales. La brecha sigue siendo enorme.
Muchos de los servicios de IA funcionan en la nube, para acceder a estos servidores hay que pagar, y muchos no tienen los recursos para hacerlo. Aquí se replica lo mismo que pasó con la globalización: tecnología para todos, pero tienes que pagar por ella. Esto sigue perpetuando las desigualdades y el propio sistema decide quién participa en la revolución tecnológica y quién se queda viéndola a lo lejos.
Además, hay evidencia de que la adopción de tecnologías de este tipo puede afectar significativamente la distribución de salarios y los empleos, pues la IA sustituye tareas rutinarias y ya está comenzando a desplazar a gente de sus trabajos. Cuando los puestos de trabajo se automatizan, la gente pierde ingresos, por otro lado, quienes controlan la tecnología hacen cada vez más y más dinero.
El capitalismo que hace negocio con la IA
Cada avance de la IA es una oportunidad para ganar dinero; no debería sorprendernos: el capital siempre ha funcionado así.
Las grandes empresas construyen y controlan los modelos, servidores y datos. Venden sus servicios en la nube, cobran por las licencias para usar sus algoritmos y también aprovechan los datos que generamos cada vez que interactuamos con esas herramientas. En México, Amazon Web Services ha invertido millones de pesos en centros de datos como el de Querétaro. Aunque esto genera empleos, también concentra la infraestructura y mercado en pocas manos privadas.
Gracias a este tipo de negocios, las universidades son forzadas a comprar el acceso a la tecnología en lugar de desarrollarla, alimentando más y más los bolsillos de las grandes corporaciones. En teoría, la IA es una innovación para todos; en la realidad, el modelo de negocio sigue concentrando las ganancias en los mismos de siempre, perpetuando cada vez más la desigualdad.
Cultura y la IA
En este mundo digital, las vistas lo son todo. Los algoritmos deciden qué canciones, videos o textos aparecen en nuestras pantallas. Esto sigue una lógica muy simple: nos muestran lo que más genera vistas o comentarios. Pero, no es neutral; el algoritmo privilegia a quienes ya tienen los recursos para producir un contenido más llamativo, con buen audio o buena iluminación (sí, muchos de esos videos están en inglés).
En México, por ejemplo, alguien que sube contenido en una lengua indígena compite contra los grandes videos virales respaldados por grandes presupuestos y campañas de marketing. El algoritmo simplemente enseña lo viral y no lo que representa la diversidad cultural.
Además, las grandes corporaciones no tienen modelos de lenguaje (llámense traductores o sistemas de voz) que incluyan a las lenguas indígenas, no sólo de México sino de muchos países de nuestra América Latina. La “inteligencia” de la IA no es neutral, sigue reproduciendo los mismos prejuicios de siempre.
¿Estamos construyendo inteligencia… o consolidando estupidez organizada?
Muchas veces la IA aprende de los datos que nosotros mismos generamos, por medio de las redes sociales, noticias, fotos, videos, etcétera. Pero, ¿qué pasa si esos datos están llenos de prejuicios, discriminación y desigualdad? Pues sencillo: la máquina no los corrige, sino que los hace más grandes, es algo así como copiar una tarea mal hecha y después seguirla pasando para que otros la copien.
Las grandes empresas lanzan herramientas de IA sin pruebas éticas, sin regulación y sin analizar los daños sociales. Lo único que les importa es salir primero al mercado. Gracias a ello, circulan audios falsos, videos manipulados, noticias falsas y fotos editadas que confunden a millones y erosionan la confianza pública. En México, estas herramientas ya han sido utilizadas para manipular campañas políticas y estafar a ciudadanos desprevenidos.
Si seguimos este camino, no estamos avanzando en inteligencia colectiva; estamos consolidando una “estupidez organizada”, donde la tecnología al alcance de algunos multiplica la desinformación y amplifica la desigualdad. La verdadera pregunta no es si las máquinas piensan, sino si nosotros estamos pensando críticamente en cómo controlarlas y usarlas con responsabilidad.
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