En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Danna Sandoval Cerna | ENP Plantel 6

“Cuídateme” mucho

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

Sostenernos mutuamente es la única forma de no rompernos solos

Picture of Valentina Gómez V.

Valentina Gómez V.

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Antes de salir de fiesta, de ir a un museo, de ir al doctor o de salir a la escuela en invierno con una chamarra enorme, muchos, casi todos, hemos escuchado la frase “cuídateme mucho”. Este lema de millones de madres, padres y abuelitas guarda un significado muy profundo que resulta particularmente bello y amoroso: cuídate para mí, cuídate para que yo esté bien. Si te cuidas, me cuidas. Si me cuidas, te cuidas.

Fíjense qué bonito. Quizá es algo forzada la extrapolación, pero vale la pena hacerla, especialmente desde esta última frase: “Si te cuidas, me cuidas. Si me cuidas, te cuidas”. Enunciar el cariño y el interés por la integridad del otro a partir de la sensatez en la acción cotidiana implica que este juicio parte de una unidad básica de comunidad, una comunión que orienta el actuar individual en función de la relación que sostengo con quienes me esperan y a quienes les importo. Así, esa relación se mantiene en armonía y me permite desarrollarme dentro de ella de la misma forma. De esta manera, al procurar mi bienestar, mejoro el estado de quien me pidió hacerlo, cuido nuestra relación, mi estado anímico futuro y, en general, el bienestar del círculo completo.

Con lo anterior describimos la generación, desde la cuna elemental de la humanidad, es decir, la familia, de redes de cuidado que sostienen la existencia del individuo. Estas redes, por elemental que parezca, están presentes en casi todas las dinámicas sociales estables: en la casa, en la escuela, en el hospital, en la supervisión de un abuelo enfermo o de un amigo borracho. Los ejemplos son infinitos. Dentro de estas redes, el cuidado no es una forma de paternalismo arbitrario, sino un reconocimiento. Tanto del papel del cuidador y de quien recibe el cuidado, atendiendo sus necesidades y procurando su integridad sin trivializar el trabajo que implica cuidar. Por el contrario, se reconoce que también el cuidador requiere condiciones que faciliten su labor, haciéndola más llevadera.

Entendiendo que esto no sucede únicamente de forma bipartita, y reconociendo que las redes se expanden naturalmente, es posible observar que el cuidado se distribuye, se comparte y regresa. El cuidador también es cuidado. Así, el acto de cuidarse mutuamente se vuelve permanente y necesario para la sociedad en todos sus niveles. En ello radica la sostenibilidad del cuidado en el tiempo, cerrando un círculo que genera un balance dinámico en favor de la estabilidad, el desarrollo ético y la funcionalidad de cualquier comunidad.

Ahora bien, hablar únicamente de redes de cuidado en términos familiares, como evitar preocupaciones a nuestras madres o conflictos cotidianos, puede parecer una obviedad. Sin embargo, es importante no soltar este concepto en su funcionamiento fundamental, pues será clave para ampliar su alcance más adelante.

La ética del cuidado, desarrollada por Nell Noddings, plantea el cuidado como un elemento formativo de la moral. Entiende las relaciones humanas como la conjunción de la capacidad y la voluntad de ser cuidado y de cuidar. Esta acción se construye desde experiencias situadas que permiten comprender la dinámica de dar y recibir cuidado, acompañadas de un compromiso activo por procurar el bienestar del otro y el propio. A partir de esta base, podemos integrar las redes de cuidado como estructuras esenciales de toda interacción social que busca velar por el otro, generando un modelo conceptual que permite trasladar estas prácticas fuera del ámbito familiar hacia espacios más amplios.

Estos espacios no son otros que los de la vida cotidiana, aquellos que compartimos con personas desconocidas pero con quienes coexistimos constantemente: el metro, el camión, la tienda, los pasillos de la escuela, las avenidas, los parques. En ellos coincidimos con otros con quienes creemos no compartir nada, lo que facilita la indiferencia. Sin embargo, basta detenerse un momento, observar y reconocer que formamos parte de una comunidad temporal que habita el mismo espacio. Actuar con sensatez en estos contextos contribuye a generar dinámicas más armónicas, favoreciendo el bienestar colectivo.

Aunque sería utópico esperar que la armonía social surja de manera espontánea, es posible construirla desde acciones individuales conscientes. Esta es una estrategia con un fuerte componente político, centrada en la capacidad del individuo para incidir en su entorno inmediato.

En este sentido, lo que se ha planteado sobre las redes de cuidado puede parecer familiar, pues implica cuidar a quienes queremos y reconocerlos como iguales. Sin embargo, trasladar esta lógica a espacios donde no existe un vínculo afectivo directo puede parecer complicado. Por ello, propongo el concepto de “red de consideración”, entendido como la actitud de saberse parte de una comunidad de la que no podemos abstraernos. Esto implica reconocer al otro como un sujeto con experiencias, necesidades y motivaciones propias.

Desarrollar esta práctica requiere voluntad, la disposición de considerar al otro y de entender el impacto que nuestras acciones tienen en su experiencia. Así, se reproduce la misma lógica inicial, pero en otro escenario: conducirse con sensatez para procurar el bienestar de quienes nos rodean, generando interacciones más armónicas que benefician a ambas partes.

Aunque estas acciones pueden parecer simples, como ceder el asiento, dejar salir antes de entrar, saludar al conductor o tener un gesto amable, su valor no radica en la gratificación inmediata, sino en la forma en que estas prácticas se expanden. Una interacción considerada puede mejorar el estado anímico de otro y propiciar que este reproduzca esa misma actitud en otros espacios.

El cuidado, entonces, no es un favor ni una acción aislada. Es una forma de relacionarse y de existir. Es una postura política que busca mejorar la convivencia comunitaria. No se trata de una visión ingenua que pretende resolver problemáticas estructurales, sino de reconocer que pequeños actos constantes pueden sentar las bases para una convivencia más habitable.

Finalmente, recordar que cuidar al otro es también una expresión de cariño, no necesariamente hacia la persona en particular, sino hacia el otro como semejante. Depositar esa buena voluntad en la vida cotidiana puede ser un gesto tan significativo como recibir un “cuídateme mucho” de alguien que confía en nosotros. En ese acto, quien cuida también está siendo cuidado.

Lee aquí más artículos relacionados

Somos lo que amamos

Somos lo que amamos

Por: Naomi Urbina Chávez
El amor jamás se acaba en nosotros

Leer
Haikús

Haikús

Por: Valeria Fernández López
Versos breves para sentir la eternidad

Leer
Cruzar por los pasos de peatón

Cruzar por los pasos de peatón

Por: Julieta Claudia Sanchez Wong
¿Cómo cuidarnos desde los hábitos simples?

Leer
Las promesas de una narrativa política

Las promesas de una narrativa política

Por: Paola Parra
¿Bienestar para todos?

Leer
De la represión emocional al autocuidado

De la represión emocional al autocuidado

Por: Ismael Méndez Aguilar
¿Por qué hablar de salud mental en los hombres?

Leer
Conocernos para cuidarnos

Conocernos para cuidarnos

Por: Beatriz Clarisa Rodríguez González
La salud mental como punto de partida

Leer

Deja tus comentarios sobre el artículo

“Cuídateme” mucho

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

four × two =