En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Joana Valeria Gil Martínez / Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Azcapotzalco

Cruzar por los pasos de peatón

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

¿Cómo cuidarnos desde los hábitos simples?

Picture of Julieta Claudia  Sanchez Wong

Julieta Claudia Sanchez Wong

Facultad de Filosofía y Letras

El concepto de cuidado personal ha sido visto en la última década como aquello que hacemos para ser personas autosuficientes. A mí me resulta impactante que el término que designamos de manera comunitaria para referirnos a los actos de bienestar esté vinculado tan profundamente con la noción de necesidad. En las épocas en las que vivimos, atiborradas de información y guiadas por la rapidez, se ha priorizado la supervivencia por encima de la experiencia de vida. Es en dicha priorización en la cual caemos colectivamente en olvidarnos de que no siempre tenemos que ser eficaces. Podemos descansar sin estar cansados. Podemos opinar sin ser expertos. Podemos caminar lento así vayamos tarde.

Escribo en primera persona del plural porque esto que quiero transmitir es una experiencia personal. Me imagino que así como yo, algunos más han sentido que tienen que avanzar sin importar qué, dónde o cómo. En mi proceso de análisis me encontré con las costumbres que tengo fundamentadas en la prisa. Para ser más específica, costumbres que surgieron de la necesidad y que no las cuestionaba porque el arraigo a la normalidad es tanto que ni siquiera me percataba de que existieran.

Mi cotidianidad está percibida desde el lugar del peatón. Cuando voy a la universidad, cuando salgo con mi novio, cuando convivo con mi familia…  suelo trasladarme a pie. En el análisis casi estructural de mis prácticas diarias pensé en este punto de vista desde el cual diviso mi supervivencia y descubrí algo que no me dio orgullo: mis hábitos como caminante me ponían en riesgo. No existe una cultura peatonal en la Ciudad de México. Tanto es así que, además de ponernos en situaciones de vulnerabilidad, socialmente se nos impulsa a desprendernos de la colectividad en el transporte. No contamos con un sistema de transporte público eficiente, no contamos con una red íntegra de movilidad para bicicletas, no contamos ni siquiera con banquetas dignas. La ciudad se ha convertido en un espacio para los vehículos motorizados y a ello le llamamos modernización.

En una Ciudad de México amable para la totalidad de sus integrantes, las personas que caminamos tendríamos el respeto de los conductores. La realidad que no podemos cambiar de un día para el otro es que tampoco tenemos una cultura vial. No es culpa de nadie, enfocarnos en culpar a sujetos individuales nubla la conciencia colectiva. Sin embargo, tampoco hay que confundir el no culpar con el no asumir responsabilidad sobre nuestros actos. Al pertenecer a una comunidad, voluntaria o involuntariamente, cada ente que forme parte de dicha comunidad tendrá efecto con sus acciones sobre los demás entes y por ende sobre las acciones de éstos.

Supongamos entonces que existe un conductor de automóvil que no respeta el reglamento de tránsito. Para ejemplificarlo mejor, supongamos que aquel conductor avanza cuando el semáforo se coloca en color ámbar. Este conductor podría pensar que no pasa nada si no ve a ningún otro carro o peatón acercarse. Pero si pasa, pasa mucho. En el mejor de los casos no hay una consecuencia palpable: ningún atropellado, ninguna colisión y ningún muerto. Pero ¿es realmente obligatoria la pérdida de la vida para que se considere erróneo el accionar de nuestro conductor ficticio? Yo creo que no.

El conductor forma parte del ecosistema que es la ciudad, por lo tanto está sujeto al civismo de ella. Entiéndase el concepto de civismo como un conjunto de normas, percepciones, valores y códices adoptados por una comunidad para preservar y propiciar la cultura de paz entre sus integrantes. Ser un ciudadano cívico implica tener en cuenta la prevención de la ruptura de la paz entre sus pares. El uso de la concepción de civismo en el ejemplo del conductor es más profundo de lo que podría parecernos: por supuesto que es alarmante la idea de que la imprudencia del conductor errático irrumpa en la paz mediante el daño físico a otros pero también es preocupante la perturbación mental que genera.

Sigamos suponiendo entonces que nuestro conductor cruza exitosa pero ilegalmente con el semáforo previo al rojo, ¿qué pasaría si detrás del conductor viene otro auto con un conductor que también lleva prisa? ¿y si el conductor lleva de copiloto a una persona que está aprendiendo a manejar? ¿qué sucede cuando entendemos como comunidad que si ya lo hizo alguien frente a nosotros, entonces nosotros también podemos hacerlo? Ocurre que las acciones que en un principio estaban vistas como equivocadas pasan a ser vistas como permisibles siempre que haya una razón lo suficientemente válida. Recordemos que este era el mejor de los casos. El mejor de los casos sigue siendo completamente peligroso. 

Yo no estoy de acuerdo con que el fin justifique los medios. A mi parecer, el camino que tomamos como seres capaces de decidir es igual de importante que el resultado que se obtiene. Incluso en ocasiones llega a parecerme más importante el medio que el fin. Es por eso que tomé la decisión hace unos meses de cruzar la calle únicamente por los cruces de cebra. A pesar de que el ejemplo que planteo está posicionado desde el punto de vista del automovilista, acontecen hechos muy similares para el peatón con la diferencia de que el transeúnte está en una posición más vulnerable que el conductor.

Traigamos a colación nuevamente que no es culpa completamente del conductor protagonista del ejemplo el vivir con la necesidad de inmediatez. Empecé este texto expresando que somos obligados a ser eficientes y rápidos; nos hace sentir mal ir despacio, detenernos sin un motivo aparente, tomarnos tiempos de receso. Si dicho conductor está condicionado por la necesidad social de ir deprisa, es responsable de sus acciones y de sus consecuencias pero no es del todo culpable de los motivos que lo impulsan. La diferencia fundamental se percibe cuando somos consientes individualmente de aquellos motivos y elegimos posicionarnos en resistencia. 

Precisamente mi decisión es un posicionamiento político en contra de la ideología de la brevedad. Me rehúso como peatón a poner en riesgo mi vida por el pensamiento adquirido de tenerlo todo rápido. Los cruces de cebra son un método para facilitar el paso a los caminantes que casi ningún caminante toma realmente en cuenta. Lo que por sentido común hacemos es andar hasta la esquina de alguna calle y tomar el cruce ahí cuando no hay carros pasando, volteamos a ambos lados y pasamos sin problema alguno. Para mí, cruzar de ese modo es exactamente lo mismo que hace el conductor errante del ejemplo pasado: seguridad aparente. Aunque es cierto que no me garantiza nada usar el cruce en lugar de cualquier otro sitio, favorece a mi ecosistema y me permite cuidarme desde la cotidianidad.

La integridad es aquello que eres cuando nadie está mirándote. Como persona que se traslada a pie reconozco los peligros que afronto a diario y, a mi parecer, además de estar en riesgo mi vida está en riesgo mi civismo y mi ética, así como la paz de mis comunidades. No está en mi control que los automovilistas sean amables conmigo, que respeten las normas viales o que consideren sus preceptos igual que yo considero los míos. Lo que sí está en mi control es no dejarme vulnerar de ningún modo. No importa si no hay autos a la vista, no importa si ya estoy en una esquina, no importa si tengo prisa o si tengo que caminar más: no pueden comprar ni mi dignidad ni mi autocuidado. Yo me rebelo ante la cultura de prontitud. Yo sólo cruzo por los pasos de peatón. 

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