Entre un lápiz y un bulto de cemento, pesa más la desigualdad
Por: Elizabeth Pérez
La desigualdad no nace de cuestiones personales
Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Oriente
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La fe que se pone a prueba
La fe ha sido vista tradicionalmente como algo inquebrantable, una certeza que se acepta sin dudar. Y aunque esta definición es válida, ¿puede una creencia ser realmente sólida si no se pone a prueba? Para mí, esta pregunta dejó de ser solo teórica cuando enfrenté una crisis en mi propia fe. La fe no solo debe ser aceptada, sino también vivida y desafiada. Hasta ese momento, mi relación con Dios se basaba en enseñanzas externas, reglas aprendidas y una comprensión bastante limitada de lo que realmente significaba confiar en Él.
Una imagen equivocada de Dios
Mucha gente imagina a Dios sentado en un trono en el cielo, distante y sin escucharnos. Yo también solía pensar así. Para mí, “mi religión” consistía en comportarme bien para que Dios no me viera o en hacer cosas a escondidas para evitar su enojo. Pero todo cambió cuando entré a la preparatoria, porque ahí mi fe fue puesta a prueba.
Confiar, no solo creer
C.S. Lewis escribió en Mero Cristianismo: “La fe, en el sentido cristiano, no es solo creer en Dios, sino confiar en Él.” Esta afirmación cambió por completo mi perspectiva. Creer solo porque me lo enseñaron no era suficiente; necesitaba experimentar a Dios por mí misma. Aunque no entendía completamente lo que significaba confiar en Él, en medio de este proceso comprendí que confiar es depender de Sus instrucciones, aunque no las entendamos, porque Él siempre quiere lo mejor para nosotros.
En 2 Timoteo 2:22 leemos: “Evita las pasiones desordenadas que les complacen a los jóvenes. Esfuérzate por seguir una vida de rectitud, por tener fe, amor y paz, junto con la gente que tiene corazón puro y que ha confiado en el Señor.” Solía pensar que seguir esto era fácil; incluso llegué a creer que quienes no lo hacían eran unos pecadores. ¡Qué equivocada estaba! Esta revelación me llevó a cuestionar si realmente entendía lo que era la fe, o si simplemente seguía una idea heredada.
El choque con la realidad
Al comenzar la preparatoria, tenía la firme intención de guiar a todos mis compañeros hacia una vida dedicada a Dios. Sin embargo, mi esperanza se desvaneció pronto. Y no fue por sus acciones, sino porque dentro de mí comenzó a surgir un conflicto. No sabía en quién apoyarme. Mis compañeros no compartían mis ideas, y los jóvenes de la iglesia no me entenderían. ¿Cómo podía dudar de algo que me habían enseñado durante tanto tiempo?
En la iglesia, nunca me enseñaron a cuestionar las decisiones relacionadas con mi fe. Me enseñaron a caminar con pasos firmes, seguros de que Dios estaba guiando. Pero en medio de esa confusión, decidí dejar de lado mis prejuicios y acercarme por mí misma a la presencia de Dios. Aunque valoro profundamente las enseñanzas de mis pastores, padres y hermanos en la fe, me di cuenta de que tomaba solo lo que me resultaba más fácil o cómodo, no el mensaje completo. Ese momento marcó un antes y un después en mi entendimiento. Entendí que todos llegamos a un punto donde cuestionamos todo, y ese fue el mío. Supe que necesitaba conocer verdaderamente a Dios por lo que Él haría en mi vida, y dejarme moldear por Su presencia, no solo guiarme por lo que hizo en la vida de los demás.
Pero tomar esa decisión no fue fácil. Me enfrenté a muchas dudas: ¿Y si todo lo que me habían enseñado era cierto y yo estaba equivocada por cuestionarlo? ¿Y si Dios quería revelarse de una manera especial en mi vida?
El inicio de una relación auténtica
Por primera vez, mi fe no se basaba en lo que otros decían, sino en lo que yo comenzaba a experimentar. Sin duda, fue un camino difícil, y si no hubiera sido por la guía del Espíritu Santo, probablemente hoy estaría más perdida que antes.
A pesar de las dudas, decidí avanzar en esta nueva etapa. No fue fácil dejar atrás algunas ideas sin sentir culpa o miedo, pero poco a poco comprendí que Dios no se limita a lo que me habían enseñado. Aunque esas enseñanzas no estaban mal, yo necesitaba conocer a Dios más allá de ellas. Tenía que experimentar que Su presencia es real, cercana, y que está conmigo incluso en los momentos más inciertos.
Gran parte de estos descubrimientos surgieron gracias a las palabras de mis pastores. En medio de las prédicas, sus mensajes se conectaban profundamente con lo que yo vivía. Incluso recordaba predicaciones pasadas que volvían a mi mente justo cuando más las necesitaba.
Me di cuenta de que no se trataba de seguir reglas por obligación, sino de construir una relación auténtica con Dios, basada en el amor y la confianza. Mi perspectiva cambió, y lo que antes veía como un deber, se transformó en un deseo sincero de conocerlo más.
Conociendo a Dios como Padre
Un claro ejemplo de esto es parte de mi historia al acercarme a Dios. En Romanos 8:15-16, Pablo nos da una clave para entender nuestra identidad como hijos: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.”
¡Qué difícil es para nuestra mente aceptar esto! Más aún en tiempos donde es común crecer sin la presencia activa de un padre. Si nosotros como jóvenes comprendiéramos el nivel de amor que Dios nos ha demostrado a través del sacrificio de Jesús, no habría un espíritu de orfandad rondando en nuestros corazones.
Cuando aprendí a acercarme a Dios como Padre, también aprendí a mejorar la relación con mi familia. Por mucho tiempo creí que mis padres no me entendían ni me amaban, pero mientras más conocía a Dios, más aprendía a amarlos. Hoy puedo decir que mi relación familiar se ha fortalecido, porque lo que nos une es el Espíritu de Dios, no solo la sangre.
La iglesia es una guía, no un límite
Es importante destacar que la iglesia no es mala. Al contrario, nos ayuda a mantener el rumbo correcto, a caminar en orden, y nos brinda un sentido de pertenencia. Pero no hay mejor lugar para encontrar nuestra verdadera identidad que en la presencia de Dios, sabiendo que Sus propósitos siempre serán mejores que los nuestros.
Una fe que se construye día con día
Hoy sigo esforzándome por conocer a Dios mejor y dejar atrás la idea de que todos los que están fuera de la iglesia están equivocados. He comprendido que la fe no es rígida ni uniforme. Es un camino personal que cada uno recorre a su manera en la búsqueda de Dios. No es un camino fácil, pero hay una promesa en Salmos 32:8 que quedó grabada en mí: “El Señor dice: ‘Te guiaré por el mejor sendero para tu vida; te aconsejaré y velaré por ti.’”
Aún no tengo todas las respuestas, y mientras más me acerco a Dios, más preguntas surgen. Pero si algo tengo claro, es que cada persona necesita tener un encuentro personal con Él antes de asumir lo que cree como verdad absoluta. Hay muchas formas de pensar, pero lo realmente importante es construir una fe sólida, basada no en lo que otros han vivido, sino en lo que cada uno ha descubierto en su propia búsqueda.
Antes creía que la fe era seguir reglas y aceptar enseñanzas sin cuestionarlas. Pero al enfrentar mis propias dudas, entendí que la fe no es conformidad, sino confianza. No es un conjunto de normas, sino una relación auténtica con Dios. Hoy sé que la verdadera fe no teme a la incertidumbre; al contrario, se fortalece en la búsqueda. Cuestionar no significa dudar de Dios, sino acercarse más a Él. Y en ese camino, aunque las respuestas no siempre sean claras, tengo la certeza de que Él guía cada paso.
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Interesante reflexión