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Creer no es solo aceptar que algo es verdadero; es una forma de sostenernos ante el mundo. Desde la infancia, tejemos una red de significados que guía lo que sentimos, decidimos, juzgamos y tememos. Creer nos da estructura, pertenencia, identidad. Pero también puede limitarnos, dividirnos, hacernos repetir patrones que jamás cuestionamos. Entonces, ¿por qué creemos lo que creemos?
Nacemos en un mundo ya interpretado por otros. Nuestros padres, nuestras escuelas, la televisión, la religión, las canciones, incluso las bromas que escuchamos: todo va moldeando un mapa mental del “deber ser” y del “así son las cosas”.
Aprendemos, por ejemplo, a creer en la justicia de ciertos castigos, en el amor romántico como destino, en el trabajo como sinónimo de dignidad, en el miedo como señal de debilidad. Aprendemos a desconfiar de quien no se nos parece, a juzgar cuerpos, acentos, costumbres. Lo que para una persona es virtud, para otra puede ser defecto. Lo que aquí se entiende como libertad, allá puede vivirse como escándalo. Entonces, ¿qué es lo correcto?
Muchas de nuestras creencias no se basan en hechos, sino en deseos o temores profundos. No creemos tanto por evidencias como por necesidad. Necesitamos que algo sea cierto. El consuelo de pensar que “todo pasa por algo” cuando sufrimos, o que “el amor verdadero lo puede todo” cuando nos sentimos solos, puede más que cualquier dato.
Creer también es pertenecer. Adoptamos creencias porque nos permiten sentirnos parte de un grupo, de una historia compartida. Por eso es tan difícil cambiarlas: hacerlo puede implicar alejarnos de quienes nos las enseñaron. A veces, cuestionar una idea se siente como traicionar a una familia, una comunidad, una infancia.
Las creencias no habitan solo en la mente, sino también en el cuerpo. Caminamos distinto si creemos que valemos poco. Comemos distinto si creemos que debemos castigarnos. Callamos si creemos que nuestras palabras no importan. El cuerpo se adapta a las ideas que lo habitan. Por eso, transformar una creencia no es solo un acto intelectual, sino un proceso emocional y físico.
¿Se puede creer diferente? Sí, pero requiere valentía. Cuestionar lo que creemos es, en parte, desmontarnos. Es preguntarnos: ¿quién seríamos sin esta idea? ¿Qué perderíamos? ¿A quién decepcionaríamos? A veces, el precio de creer distinto es el rechazo. Pero también puede ser la libertad.
No se trata de vivir desconfiando de todo, sino de vivir atentos. Entender que nuestras certezas no son verdades absolutas. Que podemos tener creencias firmes, pero no cerradas. Que podemos escuchar al otro sin sentirnos atacados. Que cambiar de opinión no es traicionarnos, sino crecer.
Cuando una persona se atreve a revisar lo que cree, algo se mueve. Aparece la posibilidad de imaginar un mundo más justo, más amplio, más compasivo. De dejar de repetir odios heredados, de amar sin guiones ajenos, de pensar con autonomía. No hay revolución más íntima ni más profunda que esa.
Creer no es un error. Es humano. Pero hacerlo a ciegas puede volverse una cárcel. Por eso vale la pena preguntarse, de vez en cuando: ¿por qué creo lo que creo? ¿De dónde viene esta idea? ¿A quién beneficia? ¿Qué me impide ver?
Tal vez nunca dejemos de creer —y está bien—, pero sí podemos aprender a hacerlo de otra forma: no desde el temor a equivocarnos, sino desde el deseo de comprender. Creer, entonces, ya no será una imposición, sino una decisión. Una forma de estar en el mundo que no encierra, sino que acompaña. Que no divide, sino que escucha. Que no repite, sino que transforma.
Y en esa transformación, quizás descubramos que la verdadera pertenencia no se basa en compartir las mismas ideas, sino en reconocernos humanos, incluso en la diferencia. Porque solo así, creyendo con conciencia, podemos empezar a pensar, sentir y actuar desde un lugar más libre y más crítico.
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