¡Madres, ya no llegué!
Por: Emir López Guzmán
Salir a tiempo y aún así perder la primera clase
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
La flojera se quita, la discapacidad no. Un joven se acerca al elevador y toca el botón azul. Sabe que no tiene permitido usarlo, pero vale la pena intentarlo. Los oficiales no se molestan en detenerlo, porque la misma ciudad le impedirá subirse. “Fuera de servicio”, se lee en una cartulina rosa que se volvió beige por la luz del sol. A los costados cuelgan pedazos de cintas de seguridad amarillas y negras que en algún momento sirvieron para impedir el paso. En realidad, un letrero que dijera “ya hay servicio” sería la verdadera sorpresa. No le queda de otra que subir por las escaleras.
Después, una señora en silla de ruedas que llegó acompañada por dos personas, temió que las escaleras se impusieran frente a ella como recordatorio del olvido al que la sociedad somete a cualquiera que no tiene dos piernas totalmente funcionales: los más jóvenes suben los escalones de dos en dos, para rebasar a los que se aferran al barandal y avanzan poco a poco, pues la ciudad no tiene tiempo para la discapacidad. Sus acompañantes la levantan de la silla: uno carga la silla y el otro la carga a ella mientras sube los escalones despacio y de reversa.
El 28.9% de los habitantes de la Ciudad de México (que equivale a 493 mil 589 personas) viven con una discapacidad, según datos del Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). En el paradero de La Raza hay varios ascensores, pero uno se distingue por haber pasado la mayor parte del tiempo “fuera de servicio”. “Creo que lo inauguraron desde el 7 de abril del año pasado (2024) y así lo entregaron sin funcionar —dice uno de los oficiales de la estación terminal del Mexibús—, dijeron que faltaba una pieza pero nunca la trajeron”.
Después de la señora de la silla de ruedas, un señor de la tercera edad sube con una mano en el barandal y la otra en su bastón; no se molesta en acercarse al ascensor. “Sí les hace mucha falta, (el elevador) tiene mucho tiempo así, desde que lo abrieron. Son las mismas personas, sus familias, quienes los ayudan a subir”, comenta un vendedor de dulces en el puente. Otra mujer con bastón, que bajó del Mexibús, da varias vueltas a las escaleras, se acerca y se aleja, le pregunta algo a los policías y después de mirar hacia varias direcciones, se dirige a la estación del Metrobús que está justo enfrente: es lo único a lo que se puede llegar sin subir escalones.
El paradero de La Raza, en la colonia Vallejo, ofrece varias alternativas de transporte. El puente peatonal que conecta ambos lados de la vialidad con el Metrobús y el Mexibús en medio de la Avenida Insurgentes Norte tiene unas rampas en zigzag que sustituyen a las escaleras. Desde abajo, las personas caminan alrededor de cinco minutos hacia la izquierda y hacia la derecha una y otra vez hasta llegar al punto más alto del puente. Mochilazos, pisotones y empujones sobran en esa parte del recorrido. Todo sea por la inclusión.
Justo a la mitad de los carriles, el puente se conecta con las estaciones del Metrobús y del Mexibús por medio de unas escaleras, como una burla total a la inclusión. Para ayudar a las personas con discapacidad, se inauguró un elevador que casi nunca funcionó: “Lo abrieron y duró muy poco tiempo, porque la gente lo usaba indebidamente: le apretaban los botones varias veces o se subían con su bicicleta”, expresa uno de los vigilantes de la estación. Es como si se tratara de un trofeo con el que el gobierno presume que se preocupa por la accesibilidad, aunque no ayude a nadie. Parece que se trata de un logro, un acto de generosidad.
Al llegar al final de la escalera, enfrente se encuentra el cartel escrito a mano “fuera de servicio”, con letras de diferentes tamaños y con una tendencia a dirigirse hacia abajo. Es un golpe a la discapacidad, en lo que parece ser un recorrido de escalones cuyo galardón es un ascensor descompuesto. Algunos de los oficiales que se encuentran cerca dicen desconocer por qué los elevadores se descomponen, pues en La Raza y en otras estaciones del Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México como Oceanía, Indios Verdes y Ermita, los elevadores del Metro también suelen estár rodeados por cintas de seguridad o bloqueados con conos.
“No hay ningún protocolo, la única opción es que los usuarios se ayuden mutuamente; cuando traen muletas o bastón, nosotros les ayudamos, pero cuando vienen en silla de ruedas, pues se vuelve más complicado”, expresa uno de los policías del Metro La Raza.
Recientemente, en noviembre de 2024, la jueza Celina Quintero Rico presentó una sentencia contra el Metro de la Ciudad de México para trabajar en medidas que garanticen la accesibilidad, a raíz del amparo de un grupo de usuarios que denunciaron las fallas en el funcionamiento de los elevadores y las escaleras eléctricas del medio de transporte capitalino. Diego Berry, uno de los denunciantes, publicó en su cuenta de X: “Para ingresar a las instalaciones del Metro y llegar a los vagones, uno tiene que subir y bajar decenas de escaleras, a veces cientos (no exagero). Quizás para ti eso no sea un problema, pero para las personas con discapacidad o de la tercera edad, sí lo es”.
El 14.4% de personas con discapacidad motora de la Ciudad de México vive en la alcaldía Gustavo A. Madero, donde se ubica el paradero de La Raza, lo cual la coloca como la segunda demarcación con más personas con este tipo de discapacidad en la capital del país, según datos del Inegi. Pero no todas las personas que pasan por el puente son originarias de la CDMX, puesto que una cantidad importante viaja diariamente desde el Estado de México en el Mexibús para llegar a la Ciudad: no hay datos exactos sobre cuántos usuarios lo utilizan diariamente.
El único medio con el que los mexiquenses cuentan para reportar el ascensor del Mexibús es un grupo de Facebook llamado “MEXIBUS L4 LA RAZA – UMB (REPORTES)” en el que los usuarios publican quejas sobre el servicio. No hay informes sobre el mantenimiento de las instalaciones ni alguna plataforma oficial para poder reportarlo. Solo hay comentarios, opiniones e información imprecisa.
El elevador no funciona desde abril de 2024. Cada día hay más basura acumulada alrededor de la caja gris de concreto. Graffitis, convocatorias de cursos variados y fichas de búsqueda decoran el fracaso de la movilidad. Solamente falta que el gobierno capitalino lo pinte de morado para asestar otro golpe a la inclusión.
La discapacidad no tiene voz en una ciudad donde los elevadores nunca funcionan, pero los vagones del Metro ostentan propaganda con motivo de la Copa Mundial de Fútbol 2026, en la que se lee “Capital del fútbol y la inclusión”, junto a una ilustración de una mujer en silla de ruedas.
Como si se tratase de un juego de mesa en el que unos suben y otros bajan, en la interminable lucha por llegar a la meta. Unos más abajo que otros. Hay escaleras, y las serpientes suelen tener formas cúbicas y puertas metálicas. Los dados son bastones, sillas de ruedas, muletas o simplemente dos piernas funcionales.
Problemas como estos no se resuelven con apretar un botón azul ni con reportar fallas en un grupo de Facebook. Limitaciones que han existido por mucho tiempo pero que, para la mayoría, no existen.
Por: Daniela Roldán
La ciudad mundialista que ignora a sus habitantes
Por: Gisela Elizabeth Nolasco Domínguez
Detrás del uniforme, la placa no te define como persona
Por: Sebastián H. Arenas
¿Cuántas vidas se pierden antes de llegar a las vías?
Por: Martha Gabriela Garcia Alvarez
Sin duda, lo difícil no era la tarea