En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Barush Cruz / Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

La ciudad no nos espera

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

La deshumanización tiene ruta y horario

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Mariana Carmona Francisco

Facultad de Filosofía y Letras

Cuando pienso en el transporte público me remito a mi experiencia como mujer y estudiante. Sea Metro, Metrobús, camión, Pumabús o taxi colectivo, cada uno de estos tiene su propio sentido y complejidad en la ciudad. En horas pico, cuando todos(as) quieren volver a casa, pensar en el traslado de toda la urbe puede ser algo muy caótico. Sin duda, la materialidad espacial, el tiempo de espera y la convivencia con las y los demás son variables fundamentales al movernos por el espacio público. Estos tres elementos me acompañan en cada viaje que hago en el camión y en el Metrobús durante mi traslado cotidiano.

Individualizados, aunque en la colectividad, nos movilizamos a diario para llegar a la chamba, a la escuela o a cualquier lugar. La multitud se forma al pasar cada estación y, con ello, el espacio se achica, volviéndose apretado y caluroso. Entre miradas cómplices se señalan pequeños acontecimientos cuando percibimos un olor, un sonido o simplemente notamos una pausa prolongada en nuestro recorrido. Así se proyecta la materialidad del espacio por la forma en que este se conjuga con el tiempo de espera y también mediante la convivencia conjunta en los breves o largos trayectos. La pregunta es entonces: ¿cómo es que nos afecta en los trayectos tanta sensibilidad corporal compartida?

He pensado mucho en lo hostil que es usar el transporte público. Se nos van cachitos de vida esperando a que el Metro no venga tan lleno. Nos da tremenda satisfacción cuando llega un camión casi vacío y podemos sentarnos. Nos frustramos cuando el Metrobús vacío sigue sin parar y sentimos indignación por dejarnos con la ilusión de abordar la unidad y llegar a casa.

Durante mis trayectos a la universidad me percaté de cómo el espacio del transporte público condiciona nuestra corporalidad. Pasamos gran parte del tiempo ahí. Se produce en los cuerpos una subjetividad urbana específica. Estamos cerca de otros(as), pero aislados por los audífonos y el celular; esquivamos miradas o aparentamos indiferencia con rostros inexpresivos. Los cuerpos urbanos normalizan conductas aceleradas (caminar rápido), hipervigilantes (para procurarnos un asiento o seguridad), así como el cansancio, la costumbre a las multitudes y la saturación.

Para reflexionar me apoyo en Michel Foucault, ya que, en mi búsqueda por entender por qué los cuerpos se vuelven indiferentes o insensibles en un espacio tan social como el transporte público, me doy cuenta de que he vivido conductas que se normalizan y asumen dentro del individualismo social. A través del poder disciplinario entiendo que se naturaliza una pedagogía corporal-espacial. Aprendemos a priori a encoger el cuerpo por las cantidades abismales de gente; nos sostenemos de ciertas maneras; aguantamos los roces con mochilas, mercancías u otros cuerpos; leemos señales que indican peligro (acoso sexual o un asalto) y administramos el miedo y el cansancio. Así se organizan conductas que fabrican diferentes subjetividades corporales para hombres y mujeres.

No deja de asombrarme la indiferencia de las personas y eso me pesa en mis traslados. El tiempo capitalista no nos espera, nos atraviesa y nos culpa; la ciudad es brava. Me clavo pensando: ¿por qué nos ignoramos?, ¿por qué los hombres ocupan más espacio al sentarse?, ¿por qué me acosan?, ¿por qué me empujan si yo no lo hago?, ¿por qué me insultan?, ¿por qué siempre tengo que reclamar y defender mi cuerpo en el Metrobús?

Cuando alguien rebasa mi espacio, anhelo con fuerza tener espinas en todo el cuerpo para pincharlo y que retroceda un poco, esperanzada en que deje de rozarme con su cuerpo y sus bolsas. ¿Alguien más sentirá lo mismo? Intento problematizar esto desde la pedagogía corporal-espacial y el género.

La Ciudad de México y sus variantes de transporte precarizado, vertidas en tiempos de espera excesivos, vagones saturados y competencia por el espacio, ocasionan que se desarrollen estrategias de supervivencia corporal-espacial, provocando una desensibilización corporal. Las conductas se vuelven monótonas y automatizadas.

En las mujeres se despliega una mayor conciencia espacial-corporal, ya que la cuerpa femenina se educa para no ocupar mucho espacio, no incomodar, monitorear el entorno y ser precavida. Voy respondiendo por qué me importa y duele tanto el individualismo que me niego a naturalizar. Las mujeres creamos tácticas para sobrellevar el transporte, pero existe una lucha microterritorial por reclamar el espacio del Metro o del Metrobús en los llamados “vagones exclusivos”. Estos representan una alternativa para “viajar más seguras”, pero no nos libran de la desensibilización corporal.

Cuando menciono que existe una lucha microterritorial por el espacio, me refiero a que, al homogeneizar la indiferencia o los roces, las personas —y, en mi experiencia, las mujeres en el vagón rosa— pelean por alcanzar un lugar empujando o recargándose en todo el tubo, sin permitir que otras personas puedan sujetarse. Se entiende que quien no ocupa el espacio lo pierde. En el Metro, en el camión o en el Metrobús se crea un modo diverso de relación corporal con el espacio. Por eso somos un cuerpo subjetivado, diría Marcela Lagarde retomando a Aída Aisenson: un cuerpo siempre intervenido. Nos atraviesan diversas formas de opresión y poder que se inscriben en el cuerpo.

Rompo con la normalización de la desensibilización corporal cuando las señoras que veo en las paradas me saludan y platicamos, nos quejamos del tiempo de espera y nos cuidamos al abordar. Cuando tengo un asiento y le cargo la mochila a algunas personas para que puedan sujetarse durante los frenones, porque “golpe avisa”. También cuando en el Metrobús alguien no tiene tarjeta y lo paso negando el pago; cuando le comento que replique la acción, suele responder con gusto: “¡Claro, lo replicaré!”. O cuando el vagón del Metro está tan lleno que tengo que abrirme paso diciendo: “Permiso, si lo empujo, disculpe”, y las personas responden sonrientes: “No se preocupe, pase”.

Pienso en el ideal del imperativo categórico de Kant, quien argumenta que toda acción que realicemos debería convertirse en un acto universal. Implica obrar de tal manera que la acción realizada se vaya convirtiendo en algo innato. No podemos ser indiferentes ante otro ser humano. No podemos deshumanizarnos en el transporte público.

Esto es apenas un esbozo sobre cómo percibo y vivo el transporte público en mi cotidianidad. La mirada de Foucault me permite expresar una crítica analítica que ayuda a entender cómo el sistema de transporte produce conductas y corporalidades a través del espacio. Kant es una invitación a dignificar nuestro andar, recuperar la empatía y el reconocimiento de las personas; es decir, procurar una ética del cuidado colectivo.

¿Me la volé reflexionando todo esto? Quizás, pero necesitaba desarrollar una posible explicación a la dolorosa indiferencia social que se nos inculca. El transporte público es tan solo un pretexto y un ejemplo pertinente para escenificar y entender, a través de la experiencia y la memoria corporal, por qué actuamos así. No es algo lejano; nos pasa a diario.

Pienso con urgencia que debemos recuperar el tejido social comunitario y desaprender la insensibilidad corporal que ocasiona una fragmentación colectiva. No es una queja moral ante los empujones, los roces o el acoso sexual, sino una alternativa crítica para nuestro andar. El cuidado ético y colectivo que propongo tiene una dimensión personal y social. Requiere condiciones materiales y espaciales. Implica cuestionar las condiciones sistémicas que producen formas específicas de subjetividad social-corporal. Lo que duele es que, a pesar de que ocupamos el mismo espacio, cada vez nos reconocemos menos, pero podemos desafiar esa lógica.

 

Es la forma de existir de cada ser humano/a, el cuerpo de cada una y cada uno […] nos ubica en el mundo y en las relaciones sociales que el mundo ha construido antes que lleguemos a él. […] Nuestros cuerpos tienen la piel como límite individual y levantamos fronteras cuando así lo decidimos, por ejemplo ante la violencia, el racismo o la discriminación 

Julieta Paredes

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