Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
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Foto de Asafath

Una danza con la muerte

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

Tres gatos, una ausencia y muchas preguntas

Picture of Alexis Boleaga

Alexis Boleaga

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

I

El día que mi gato murió, estaba en la oficina. El hecho me fue confirmado por mensaje, pero
seguí trabajando como si nada; así le sostuve la sonrisa a mi compañero durante horas, con el
pesar en la boca frente al transcurso de otros sucesos alrededor de mi cabeza, anhelante de ser
incorpórea durante un antes, un aquí, un ahora, un punto, un modus irrealis, un llamamiento
del hórrido tiempo.
Para volver a casa, fui hacia Metro Tlatelolco, tan vacío sobre una cama de jacarandas
mientras el organillero interpretaba su sonata, en honor a él, a la tragedia de quedarse la casa
sin su presencia, en su espera de mi llegada (si es que lo hacía).
Las cuestiones que me generan angustia suelen hacer que ande sin un rumbo claro para poder
ser uno con el cansancio, pues prefiero todo aquello, ese martirio físico capaz de aplastarme
en una especie de merecimiento autoimpuesto. Prefiero desaparecer en la naturaleza, en otras
ocupaciones, callado y antepuesto a lo subrepticio.
II

Bruno era negro y con reflejos cobrizos, más grande que sus padres y hermanos; parecía ser
que una milagrosa hibridación entre felino, lobo, oso y ser sobrenatural había cobrado sentido
en un cuerpo adornado con un par de colmillos prominentes y dispuestos a perforar el
corazón con la ternura.
Sus maullidos por atención, comida o la euforia por la cacería de aves, lagartijas e insectos
eran el contrapunto del silencio entre charlas de humanos, demostración de su capacidad de
entender cada parte del cotilleo y las peleas.
Ya es perpetuo el silencio en la habitación. ¿Qué más le queda sin su agudeza durante la
disección del estado anímico de cada componente en ese espacio de verdes y blancos en el
que todos se pierden entre las palabras o el pleito? Es la cabecera del rezo por nuestra

inocuidad ante su desaparición, por las ganas de que alguien tenga un ápice de misericordia
en ese agónico tránsito por los restos de su pelusa en los muebles.
Es la cabecera del rezo para una fotografía nuestra que guardo en la cartera: en ella tengo
ocho o nueve años y él dos o tres. Sus ojos ámbar se posan fijos hacia la cámara mientras lo
abrazo y sonrío. El escenario lo conforman una pared de ladrillos y unos cactus que también
han muerto.
Todo es perecedero y aun así mendigo por instantes. Pido por un segundo más, que no me lo
arrebate de los sueños. Que esto sea sueño, sin importar si las bondades recientes me
abandonan. Rezo por su peso encima de mí en las mañanas, sus cordialidades infrecuentes,
sus ataques de indiferencia, su desprecio al tocarle las extremidades, suaves aunque
polvorientas por sus incursiones a los misterios de la casa.
Rezo por un poco de su mirar que penetra mi apatía.
III

Leo. Leoncito. Leonardo. Leonidas. Segundo en nacer. Primero en morir.
Emma. Emm. Emmita. Pequeñita. Dorada. Doradita. Ardilla. Última en nacer. Segunda en
morir.
Bruno. Brunaldo. Brunato. Brunette. Brunin. Bruce. Vampirito. Osito. Lobito. Muchacho.
Bruno Gustavo. Primero en nacer. Tercero en morir.
La noche de “ese día” (suena tan contrario y ambiguo), al repetir sus nombres y variaciones,
me plagó la fantasía; quise quedarme ahí porque la vida me remite a la muerte y viceversa.

IV

Si debo entramar todo el ruido de mi memoria a través de una clase de jerarquización hasta
volverlo racional, considero necesario empezar con las íntimas relaciones entre morirse y lo
que se queda aquí, a recoger el desorden en un reto constante: el de no caer en la desgracia
subsecuente a los dolores que plagan las horas.
¿Qué acontece cuando uno no sabe nada sobre el todo que ha de subyugar los párpados
mientras la quimera remueve las entrañas con un suspiro? Podría responder a eso con la

nimiedad de una salida al cine, puesto que esa semana fui a ver Hamnet para poder llorar sin
ser visto. Para que las lágrimas se confundieran con el duelo ficcional, por ridículo que suene.
A decir verdad, sentía vergüenza. ¿De qué? ¿De que se había ido similar a sus hermanos,
enfermo y sin que toda la ayuda ofrecida fuera suficiente con tal de permanecer un rato más?
¿De que su madre ya no tendría hijos biológicos? ¿De que no hay una palabra viva para tal
fenómeno?
Es un arte, de hecho, el buscarle un término a lo intangible que se abstrae o deconstruye por
la voluntad de las vicisitudes o de la mano humana que sostiene una herramienta con la cual
construir aquello, lo visible, lo real; el sánscrito, por ejemplo, que entre las posesiones de su
cadáver sepultado en los anales de la historia destaca vilomah, que significa “contra el orden
natural”.
O quizá la vergüenza provenía de la conspiración: al fin la vileza de una fuerza superior o el
mal de ojo de alguien logró su cometido. ¿O vergüenza de no tener control para salvaguardar
lo amado? ¿Cómo podía salvaguardar la llamada “salud mental” si se arremolinaba la imagen
de un contenedor de yeso, tan blanco, tan puro, tan reducido a la nada en medio de la
oscuridad de la sala del cine?
Lloré con Hamnet a sabiendas de que no era lo mismo el dolor de Agnes y William
Shakespeare por perder a su hijo que el mío por perder a mi amigo no humano, pero eran tan
similares, caso contrario a los seres de la fotografía dentro de mi cartera, quienes dejaron de
igualar a la realidad por un hecho definitivo: ninguno de los dos quedó en pie, y me incluyo
porque al irse Bruno se me murió la niñez; el cadáver no quedó hecho ceniza, lo traía en la
espalda, frío, putrefacto, sin poderlo abrazar durante la madrugada, llena del oneroso
recuerdo de la noticia mezclada con los buenos ratos.
V

En casa, toqué las piedras que cubren la bolsa con sus restos al fondo de la urna y pensé en
aquella vez que fui al Panteón Xoco, años atrás.
El motivo de ese viaje fueron mis ganas de avasallarme con la calma en medio del ritmo de
Coyoacán, repleto de edificaciones que han de callarse cuando la soledad revienta una clase
de nervio direccionado a la raíz de toda esa necedad de sentido por las formas crecientes de

una noche próxima a impregnarse en el mirar del ser en cada pieza que compone la escena, o
la obra, o cual sea su nombre.
Tomé asiento y vi llorar a las jacarandas sobre las tumbas con sus olores de hierba y lodo
alternados por un latido, por una frase que logró permanecer impoluta sobre la piedra: “La
familia es lo más importante”, solo que uno de sus miembros “sufrió con abnegación sus
dolores; aceptó en silencio sus sufrimientos. Su muerte fue dulce y fue sencilla como había
sido toda su vida”.
No es poesía, aunque hereda la extrañeza que solo ella provoca en quien la consume, quien
prevalece en los espacios y decide proyectar cada fragmento de la composición, ese estertor
del ansia tallada en la punta de la lengua hacia el corazón, flagelado por ese destello sobre el
ramaje casi insondable del árbol que atraviesa un repositorio de cuerpos que parecen haber
muerto por la belleza.
¿Fue lo mismo con Bruno y sus hermanos?, me pregunto sin alcanzar una respuesta
satisfactoria.
Suelo regresar al Xoco como si se tratara de la galería de arte de las desavenencias, con obras
que acrecientan lo sublime de las narraciones, y está lleno de susurros al igual que mi casa,
enmarcada por el vals violento de la parca.
Tras la ensoñación, evadí el nombre grabado en la urna. Por eso he de suponer que es más
fácil pensar en los muertos ajenos que en los propios.
VII

La palabra “arte” proviene del latín ars. Al parecer se utilizaba para designar los saberes
aprendidos con la práctica. Entonces soy capaz de admitir que ya he practicado el de la
pérdida, menos el de las palabras; por eso escribo todo esto, porque no sé de qué manera
expresarlo con el habla, labrar el aire con sus nombres ahora por santos magnificados en una
lengua desconocida por mí (me es ajena la fe de un paraíso, no la de un más allá).
Dije que las pérdidas son un arte por su práctica constante. ¿Solo que cuál es el idioma que
las inscribe? Dirán algunos que puede ser cualquiera; empero, he pensado en un medio que
yace ahí mismo, capaz de cruzar la dureza, asignarle matices, sonidos, letras, movimientos: el
arte per se.

Lucho contra lo vacuo de la superación personal; por ende, no pretendo idear un manual de
crecimiento. La vida no es de tal forma, no es el día a día diciendo “hoy he soltado”; resulta
que la permanencia de una imagen es más fuerte que el olvido.
Del mismo modo, las ganas de llorar acrecientan y disminuyen en un torrente que me deja
frío apenas creo poder verlos en cada resplandor, en cada rincón donde la ropa o la esperanza
de que nada hubiera ocurrido se junta hasta quedar atrapada en lo irreversible de esa ausencia.
Me siento desahuciado en ella; por eso los busco en cada obra con la que pueda asociarlos,
como tenerlos cerca y volvernos un claroscuro.
He sentido más consuelo en el arte que al hablar con otra persona.
Los veo partir igual que el espíritu de Hamnet rumbo a las profundidades de un escenario tras
la catarsis que involucra el sentir inocuo de su imagen en un tiempo que dejó de ser, pero
persiste más que la carencia de sus cuerpos en el espacio. Con eso puedo volverme a percatar
de que fueron reales y no un conjunto de sombras en mi casa, el panteón de seres que han
contado la vida en sus dichas y malestares.
Sé que no es lo mismo Carta abierta de Juan Gelman, poema dedicado a su hijo, víctima de
desaparición forzada junto a su esposa; aunque no es impedimento para percibir en
fragmentos específicos el ímpetu temerario del pelaje atigrado de Leo, los pasos gráciles de
Emma y su rastro dorado en la luz, y el arribo en un susurro de Bruno:
no quiero otra noticia sino vos/
cualquier otra es migajita donde
se muere de hambre la memoria/ (…)
temprano empieza la alma a doler/pálida/
a incierta luz explora tu no estar/ (…)
¿dónde estás mesmo ahorita?/¿descansás?/ (…)

¿Lo hacen, Gelman? ¿Descansarán del devenir? ¿De qué consuelo pudo sostenerme en mi
osco andar por su falta? Por el momento quiero pensar que el lenguaje de las pérdidas dialoga
con el del arte, y en esa charla uno puede sanar de a poco.

VIII

Los borradores de lo que sea esto permanecen en mi diario. Quizá sea la manera de sentirme
menos turbado por tales retazos, proyecciones que consiguen acertar a los huecos de la
habitación; parecen formarlos y luego desaparecen cuando me dispongo a verlos de forma
directa.
Inconexo diré que ya puedo entender la razón de mi vergüenza antes mencionada: no quería
volver a casa y ser domado por el vértigo de mis ganas de gritar por su retorno, por no
encontrar otra vez una forma de explicar los dolores, de decir: “vuelve conmigo, que yo te
amo más que a mi vida”. Y de nuevo cito a Gelman: “ya no me voy a avergonzar de mis
tristezas, mis nostalgias”.
Esas últimas recaen en Una gata con sus gatitos de Charles van der Eycken. No puedo evitar
encontrarlos en dicha pintura, niños eternos al cuidado de su madre. Decido que se queden
ahí, inmortales. Yo sufriré en su lugar. Caeré rendido. No me inclino ante la vida sino ante su
opuesta y sus decisivas estratagemas para con lo que aprecio, una burla piadosa que repite su
cadencia. Así se extiende a diario mi danza con la muerte, y un día terminará.
En mi espera, hago preguntas aplicables a los tres: ¿Dónde estás? ¿En las palabras o en la
memoria difusa? ¿Dónde te quedarás? ¿Dónde te espero? ¿Dónde?
En mi espera los extrañaré tanto hasta alcanzarlos o ser nada en el olvido impuesto por la
existencia. Hasta que alguien nos vea habitar las páginas, dibujos, fotografías o la quietud.

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