En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
CRÉDITO: Alan Caleb Sánchez Jiménez | Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

La paz se construye juntxs

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Elijamos no ser indiferentes

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Suan Monserrat Mena Cerqueda

Facultad de Derecho

Desde muy pequeños estamos expuestos a formas de violencia que no logramos comprender del todo. A veces aparecen en la infancia, otras en la adolescencia, y aunque no sepamos nombrarlas, nos atraviesan y dejan una marca. Crecemos entre gestos, silencios y actitudes que las personas adultas presentan como normales, pero que nos generan confusión o incomodidad.

Con el tiempo, al crecer y mirar hacia atrás, entendemos que aquello que vivimos no era simplemente “parte de crecer”. De pronto descubrimos que esas experiencias podrían ser algo más serio, algo que en su momento no tuvimos lenguaje para nombrar. Aprendemos que todo eso tiene nombre: chantaje, amenazas, acoso, abuso, violación, revictimización y un sinfín más de violencias, ejercidas mayoritariamente por personas adultas que hacen uso del poder que tienen sobre nosotrxs. Ese descubrimiento no sólo abre heridas, sino que también nos obliga a enfrentar una pregunta más profunda: ¿qué hay detrás de aquel poder que permite que estas violencias se ejerzan y se normalicen?

Para Michel Foucault, en Microfísica del poder, el poder no se posee, se ejerce. No existe alguien que sea “dueño” del poder, éste sólo existe en tanto se despliega en prácticas, decisiones y relaciones cotidianas. Judith Butler por su parte, en El género en disputa, retoma la perspectiva foucaultiana y analiza cómo el poder constituye al sujeto: no nos limita solamente, sino que nos produce. El poder define qué vidas son inteligibles, qué identidades se consideran válidas y qué cuerpos importan dentro de un orden social.

Desde aquí podemos comprender cómo el poder determina quiénes somos y quiénes “debemos” ser. A través de dispositivos disciplinarios, el poder influye en quiénes serán considerados hombres o mujeres, bajo qué performatividades de género; pero también define qué debemos consumir, qué estará de moda, qué se entiende como saludable, qué debemos temer, qué se criminaliza, qué se celebra e incluso qué se nos permite desear. En términos de Butler –y siguiendo a Foucault–, el poder nos constituye.

En ese marco de normalización de las violencias, hay una especialmente silenciosa que ha sido cuidadosamente implantada: el individualismo. Nos lo enseñan como una forma de supervivencia con base en un modelo educativo que forma trabajadores obedientes más que pensadores críticos, e incluso en el entorno digital que nos bombardea con consumismo, competencia e indiferencia con las actuales realidades sociales; nuestros ojos diariamente están siendo adoctrinados para pensar y actuar de forma individualista, consumista e indiferente. En efecto, al individualismo se le suma la indiferencia, quizás el mecanismo más útil del poder que consiste en hacernos creer que mientras algo no nos afecte directamente, estamos “en paz”.

Pero esa idea de paz individual es frágil y engañosa. Cuando normalizamos las violencias simbólicas, abrimos la puerta a las violencias físicas. El genocidio que enfrenta el pueblo palestino no surgió de un día para otro; fue sostenido durante décadas por silencios, omisiones y miradas que prefirieron ver a otro lado. Cuando a una generación entera se le reduce la vida a dos opciones –huir o combatir, como ha ocurrido con las y los jóvenes palestinos enfrentados al desplazamiento forzado– entendemos el precio de no actuar antes. 

La justicia sólo se sostiene cuando somos capaces de pensar, nombrar, analizar y organizarnos colectivamente. Nuestra resistencia ocurre incluso cuando denunciamos, cuando marchamos, cuando nos informamos desde miradas críticas, cuando cuestionamos lo que consumimos, cuando boicoteamos marcas comerciales manchadas de dolor y sangre, cuando acompañamos a otres en sus luchas. Resistimos cuando elegimos no ser indiferentes. Resistimos cuando decidimos que nuestra paz no puede construirse a costa del dolor ajeno. 

Construir la paz es un trabajo diario. Empieza por dejar de aceptar como normal cualquier forma de violencia. Empieza por atrevernos a mirar, a nombrar y a actuar. Y, sobre todo, por entender que la construcción y transformación no es un acto solitario: se construye juntes, desde la conciencia, desde la organización colectiva y desde que entendemos que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción. Afortunadamente cada vez son más las y los jóvenes que se suman a la acción y el pensamiento crítico. 

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