En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Dios y la moralidad

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

La culpa en la filosofía cristiana

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Regina Cabrera Sánchez

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

“El remordimiento de Dios y el remordimiento de José eran un solo remordimiento (…) Dios no duerme (…) No duerme porque cometió una falta que ni a hombre sería perdonable” 

 

El evangelio según Jesucristo

José Saramago

 

¿La culpa es un sentimiento inherente al cristianismo, o a todas las religiones? La culpa religiosa es un sentimiento particular, alejado de la culpa mundana. Se manifiesta específicamente encendiendo las fibras más humanas de nuestra alma, colmándonos de vergüenza y temor al castigo eterno. Sin embargo, no es el simple terror a las llamas del abismo, sino al rechazo de la figura del padre. ¿Quiénes podremos ser después de decepcionar al creador? Si no merecemos su amor y protección, ¿de quién sí lo merecemos?

 

Apelar a sentimientos de culpa parece ser la manera más inteligente de ganar adeptos a una causa o movimiento. En este caso, a una causa religiosa. ¿Qué creyente más fiel que el que vive temblando ante la inminente venganza de Dios? 

 

Alguna vez, entre las narraciones ocurridas en el cruento y antiguo testamento, se cuenta la historia del pecado de David. El desacierto de David fue ordenar un censo a su pueblo, por ego y orgullo, para corroborar la grandeza del tamaño de su gente. Dios, amable y bondadoso, le ofrece tres opciones sencillas de castigo. David tenía que elegir entre siete años de hambre para su tierra, tres meses de derrotas militares o tres días de peste para su pueblo. (2 Samuel 24). Bendito David, que pudo pecar sin pagar el precio él mismo. Dios castigó a miles por el pecado de uno, por la superficialidad de un mortal. David tomó la tercera opción, pensando que así morirían menos.

 

Con el paso del tiempo, el Dios cristiano evolucionó, regalándonos un bálsamo para las heridas del alma causadas por el terror y la culpa: El perdón. Desde la llegada de Jesucristo al mundo, en el año cero, los mortales podemos alcanzar el cielo mediante el arrepentimiento y la buena conducta. Jesús nos purifica, nos obsesiona con la idea de la sanación y la limpieza de espíritu. Eso es a lo que debe aspirar todo humano deseoso de la vida eterna. ¿Por qué, entonces, estamos tan infestados de culpa? Es difícil perdonarse cuando nos sabemos observados por unos ojos omnipresentes. Decepcionar a nuestro padre y protector, no parece una idea que nos provoque paz. ¿Habrán, Eva y Adán, superado alguna vez su expulsión del jardín de Edén? Es curioso cómo no fue perdonado ni lo que ya estaba escrito que sucedería. El dramaturgo no otorgó perdón a los personajes de la historia que escribió. Así es como no nos podremos creer objetos de valor alguno después de decepcionar al creador del universo. Es algo muy común el trauma religioso por estos y otros motivos.

Entonces, si toda la filosofía cristiana suena tan peligrosa para la tranquilidad del alma, parece un misterio por qué la religión es un refugio para la mayoría de las personas en el mundo. Podría deberse al ya bien sabido hecho de que la tierra que habitamos es un lugar tan complicado, que suele causar paz una explicación universal a todo lo que sucede, entre otras motivaciones antropológicas; como el deseo de llenar un vacío existencial, el aferrarse a la esperanza (o al miedo) o el sentido de comunidad que nutre al alma al compartir creencias en conjunto. En el caso de la culpa, el establecer un código de conducta, nos ayuda a borrar la ambigüedad moral a la que nos someten las cuestiones mundanas. Y, en una relación sana con la religión, la culpa nos puede encaminar a recibir el sagrado y deseado perdón. Una relación donde vivimos con el entendimiento de rendirle cuentas a un Dios que no ofrece ni siquiera explicaciones. Una cosmovisión donde todo ya está escrito. Donde tus pecados y el destino de tu alma ya fueron decididos.

 

Somos almas en espera de la mirada del padre que, amoroso y comprensivo, nos toma de la mano y así subir juntos las escaleras hacia la vida eterna. Somos criaturas amorfas deseosas de ser dotadas de forma perfecta por el padre, carpintero y artista. Somos criaturas ansiosas por la prometida purificación que llega después de aceptar su pecado y culpa. Y así, por fin, alcanzar la gloria.

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