La utopía del bienestar emocional
Por: Sebastián Alberto Luján Rodríguez
El mito de estar bien
Facultad de Contaduría y Administración
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Contadas son las verdades con una fuerza poética casi irreal, con olor a utopía y un horizonte inalcanzable, enmarcadas en un panorama de muerte e individualidad que funciona como herramienta política al servicio de unos pocos, de aquellos que brincan sobre nuestras cabezas persiguiendo un imaginario propio. Más es la fuerza de una bondad manifiesta de la que sí es capaz el ser humano, aunque haya permanecido retraída por una supresión externa del sistema capitalista. La belleza en su concepción, no es secundaria, sino la naturaleza divina aterrizada sobre la moralis humana. Queda entonces el deber de la lucha y la resistencia por arraigarnos a lo que se nos ha cedido: La idea del Ser Social que completa su forma de ser en relación con el otro; ese Zoon politikon por naturaleza en la política aristotélica.
Desde su génesis teológica, el ser humano encuentra un nuevo modo de ser cuando, de su costilla, nace el “otro”, pues “No es bueno que el hombre esté solo” (GN 2:18). Al encontrarse con su semejante, el prójimo e incluso el amado, surge en su nueva naturaleza el deber del cuidado, el amor hacia este, pues son la “carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre”: Fundamento de las sociedades primitivas en la historia. El caso de Nandy, un fósil homo neanderthalensis hallado en Irak en 1957, muestra un cráneo fragmentado por fuertes golpes en la cabeza, así como un brazo amputado y otras laceraciones en el cuerpo de este viejo neandertal. Sin embargo, este hombre logró sobrevivir más años que sus lesiones. La causa de unos años más de vida, se deduce de los signos de curación hechos por miembros de su misma tribu, prueba del cuidado social existente desde la prehistoria.
Desde el nacimiento del capitalismo y su sutil evolución, la creciente persecución del capital y la producción anómala han hecho al otro en un ser extraño, o como dice Marx, un hombre enajenado. En esta carrera imposible del capital, los caminos de la comunidad natural se cierran en senderos en donde no cabe más que uno solo, con los pies uno sobre el otro, sin saber quién de nuestro lado ni sobre qué espaldas andamos, llamándolo como “competitividad”.
En sus manuscritos, Marx comprendió que la esencia del hombre es la del Ser Social, pero cuando el hombre se ve enajenado y alienado mediante el trabajo impropio y voraz del capitalismo, se anula esta hermandad ontológica que existe en la relación con el otro. Es ahí cuando nos volvemos distantes ante la idea de una unión con los demás, mientras, nos parece extraña la participación en el bien común, como si de ello no se encontrara ningún provecho.
El sistema seduce a la individualidad, mostrando al egoísmo como un goce y la indiferencia como una herramienta que deshace las distracciones de aquellos que no producen; todo ello sin hacer notar al sujeto su condición de medio ni la facilidad de su manipulación cuando es separado de su comunidad. La libertad del enajenado está en un individualismo solipsista; pero la verdadera libertad, según Marx, es inseparable de la comunidad: el individuo crece en libertad cuando tiene una proyección hacia lo comunitario. Dostoievski, en su novela Los hermanos Karamázov, retrata este síntoma como el de una enfermedad moderna que se aproxima en el avance de la historia, en un pequeño diálogo del monje Zosima: “Cada individuo se esfuerza por destacar su persona en todo lo posible (…) aunque lo único que alcanza con todos sus esfuerzos, en vez de esa plenitud, es un suicidio total; cae en un aislamiento absoluto en lugar de procurarse la total definición de su ser (…) Acumula riquezas en solitario, y piensa: cuán fuerte soy ahora y cuán cubierto estoy de necesidades, y no ve, insensato, que cuanto mas acumula mas se hunde en la suicida impotencia”. Suicida impotencia, nada más sentencioso para la vida del que es uno y tiene sus costillas completas y contadas. Más creo que la reinterpretación de estas ideas que se dan en la intelectualidad indígena, toman forma, cultura y lengua.
El pensamiento desde la marginalidad histórica tiene un juicio mucho más certero sobre los padecimientos propios y de la nación. La lucha por la verdadera soberanía la sostienen los pueblos indígenas. Desde su lucha, la formación de un pensamiento auténtico surge, abarcando desde la relación humano naturaleza hasta una ética desde la diversidad y lo heterogéneo, así como la conciencia histórica y de clase y la formación de una economía local auto gestionada por ellos mismos. El gran ejemplo del 94, con el resurgimiento de las ideas zapatistas por parte de nuestros hermanos chiapanecos, que sostuvieron una lucha perenne, no solo contra el gobierno mexicano y sus políticas depredadoras, sino también con el pensamiento seductor de la individualidad, la opresión de las minorías y la indiferencia del uno para con el otro. Esto también con la ornamenta del símbolo de los pasamontañas que cubrían los rostros de los combatientes, no como una muestra de anonimato y ocultamiento, sino todo lo contrario: debajo de esa tela negra, podría estar cualquiera; la igualdad, incluso bajo un movimiento armado.
Alimentando este pensamiento, la contribución del intelectual serrano, Jaime Luna, con su concepto de “comunalidad”, adapta la idea del Ser Social a partir del ejemplo de las comunidades en la región de la Sierra Norte en el estado del estado de Oaxaca, en su escrito A eso que llaman comunalidad; este nuevo término es el Ser Comunal Serrano. La manifestación del pensamiento indígena llama al renacimiento de una nueva filosofía no solo contra el pensamiento colonial, sino también a una reinterpretación del pensamiento alejada de esa filosofía y antropología occidental. Cabe destacar que la obra mantiene una rotación constelacional sobre la idea de comunalidad.
Con la conquista de América, la imposición de costumbres, religión, idioma, vestimenta y, entre otras muchas cosas, también llegó el régimen de la individualidad a partir de la propiedad privada en las aspiraciones de los colonizadores, no solo desde la óptica de la economía y el comercio, sino también desde los valores coloniales. Un golpe asestado a la comunalidad de origen prehispánico. Jaime Luna lo describe así: “La propiedad no se refiere únicamente a la tierra o al territorio. La propiedad es la manifestación concreta de la individualidad, del dios – hombre. “Esto es mío”, se repite en toda dimensión, no sólo para hablar de la casa, de la ropa, de las alhajas (…) incluso de las personas”. La costumbre (moralis) se corrompe cuando dejamos de ocuparnos por el bien de los otros y adoptamos el pensamiento según el cual se cree que “uno está sobre el otro”, impuesto desde los lugares donde son la cuna de la acumulación de riqueza y de todo tipo de bienes, sin la justa repartición entre quienes también contribuyen al crecimiento ¿Es que acaso no se ve que la mano que da de comer es la del obrero y el trabajador? ¿No se logra percibir la mano macilenta y magullada del campesino que cultiva en las tierras a lo largo y ancho del país? Claro que la ven, pero la nueva naturaleza del individual advierte la cercanía del otro y lo aparta. Solo en el pensamiento indígena encontramos una forma de resistencia ante estos supuestos “valores” impuestos a fuerza de la amenaza contra la vida, que solo se pueden identificar tomando distancia de la mecánica del capital, es decir, desde la marginación.
Actuar a favor de la mayor cantidad posible de personas buscando alcanzar el mayor grado de justicia en la sociedad actual es la meta del Ser Comunal; una regresión hacia naturaleza fracturada del ser humano. La construcción del camino hacia el bien común está formada por las acciones diarias de cada individuo. Sí, la existencia de la comunidad no elimina su parte, es decir, la dimensión del individuo, que es donde se piensa y actúa; es a través de la decisión del individuo del Ser Comunal como se construye la comunidad. Fuera de la comunidad, el individuo es, como decía Aristóteles en su Política, una bestia o un dios (no que tengan una conversión en bestia o en dios, más bien que existiría fuera de la sociedad). La resistencia, por tanto, se ejerce de manera práctica cuando decidimos ayudar a otros; ver a los demás como iguales es ir en contra de lo impuesto por el sistema a través de los medios de manera sutil y discreta. “Ámense los unos a los otros” (Jn 13:34) no es solo para aquellos a los que consideramos cercanos y con los que nos identificamos en pensamiento, nacionalidad, religión etc., si no también con aquellos que, más allá de las diferencias accidentales, nos identificamos como si fuéramos nosotros mismos; “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22:39).
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