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¿Será que ya no existimos?

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

Cyborgs, algoritmos y el fin de lo real

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Emiliano Farfán Gómez

Facultad de Arquitectura

Suelo pensar mucho en Donna Haraway. En su texto Manifiesto cyborg: ciencia, tecnología y
feminismo socialista a finales del siglo XX, utiliza el concepto de cyborg como una nueva
corporalidad ínfima, completamente en blanco para hacer de sí misma un experimento
radical, eliminando los binarismos autoimpuestos y marcados por sociedades patriarcales.
Transgredir la realidad hacia lo digital fue un punto de inflexión del nuevo milenio; marcó el
cisma de nuestra generación, la ruptura de nuestra realidad al comprender que estar frente a
frente no es necesario para estar presentes. En su momento, no lograba comprender que este
era un cambio en mi forma de existir.
Como arquitectxs, se nos enseña que nuestra función no es crear espacios, sino modificarlos
para servir a una necesidad social, económica y, pocas veces, natural; son, pues, los
arquitectos quienes han construido tanto colegios como prisiones, lo que constituye un
lenguaje social que aceptamos sobre el valor de las personas y la necesidad de diferenciar
castigos y libertades.
Nuestra generación aceptó y creció con la web desde el momento en que la definimos como
un símbolo de libertad; entonces continuamos siendo arquitectos de sus algoritmos,
alimentando y construyendo una nueva realidad digital, lo no tangible.
Nuestras amistades nos siguen desde sus sillones a dondequiera que vayamos; nuestras
parejas llegan como seguidores en una aplicación; presionamos un botón para que la comida
se prepare y nos llegue en una motocicleta. En este sistema, las comodidades tienen un
precio: aquello que seguimos en línea nos persigue en lo real.
Hoy somos testigxs de un genocidio mediático cuyas imágenes confrontan el aquí y el ahora;
no experimentamos espacialmente el hecho ni lo relacionamos en la medida de su tiempo.
Pero en la web confluye la dilatación espaciotemporal con un modelo infinito de
accesibilidad a la información segmentada; lo que quieras (o no) ver llega a ti mediante una
curaduría previa de lo que es adecuado (o no) visualizar, dentro de una narrativa dictada por

cánones y espectáculos.
Es la manifestación de las Tesis Cuarta y Quinta de Debord. Nuestra existencia es una red
social curada y articulada por imágenes preseleccionadas, pero ¿qué hacemos cuando las
imágenes son sobre productos y están sobreexplotadas? Ontológicamente, evolucionamos
hacia lo híbrido como seres ligados a la existencia digital y sometidos al monopolio de la
imagen como herramienta política. Negarnos digitalmente comprende, en cierta medida, una
muerte social dentro de un orden acumulativo y capitalista.
La sobreacumulación del producto visual y el uso de la inteligencia artificial podrían
analizarse a profundidad como ejemplos del simulacro de tercer orden propuesto por
Baudrillard. Una vez sucedido el autómata, hemos llegado a la simulación. Existimos en un
orden mediático que nos induce a consumir y violentar desde la imagen.
Esta generación artificial permite la proliferación de los ideales de los cuales se alimenta; la
IA no es más que un reflejo plastificado de la realidad, un simulacro de nuestro (des)orden y
un cambio paradigmático en nuestra sociedad: si debo creerle a lo que veo, ¿cuando veo lo
irreal debo creerlo? Siguiendo con el tercer orden, Baudrillard postula que la simulación no
altera el componente real de su origen. Sin embargo, considero que esto ha cambiado: la
accesibilidad a discursos extremistas ha facilitado la radicalización de la población desde la
web.
Para mis contemporáneos: somos quienes hemos construido —no diseñado, pero sí
alimentado— un modelo de comportamiento computacional basado en la comprensión
humana y su incesante necesidad por la duplicidad y el binarismo: real o irreal, físico o
digital, político o apolítico.
Entre el ser y no ser digital, somos seres sociales; requerimos serlo en un mundo sesgado por
la apatía relacional y cuya válvula de escape se concentra en el píxel. Haraway concluye que
es mejor ser cyborg que ser diosa; pero el cyborg también es parte humana. La IA es
inteligencia colectiva filtrada, es construcción comunitaria y, por ser un reflejo de la
humanidad, es radicalización y violencia; es preámbulo para una guerra. Si hay guerra, ¿será
que ya no existimos por no tener siquiera una oportunidad de defender el intelecto natural de
nuestro ser?

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