Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creativdad.
Foto de Pouya Hajiebrahimi

Otra forma de cuidarse

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

¿por qué nos cuesta tanto sentir compasión por nosotros mismos?

Picture of Thabata Ailin León Osorio

Thabata Ailin León Osorio

Facultad de Filosofía y Letras

Es mucho más sencillo sentir compasión por los demás, pero ¿por qué nos cuesta tanto

sentir compasión por nosotros mismos?

La compasión es un sentimiento que la mayoría hemos experimentado hacia el otro en algún momento. Es esa profunda empatía que se clava en lo más hondo del corazón y nos mueve a actuar para aliviar el dolor ajeno. Sin embargo, ¿cuántas veces hemos actuado para aliviar nuestro propio dolor?

Yo no consideraba la compasión como una forma de cuidarme a mí misma y a los demás, hasta que me encontré por primera vez con el concepto en terapia. Hubo un evento que marcó mi vida en un antes y un después: sufrí una crisis de ansiedad que me llevó a una hospitalización de urgencia. Fue durante mi proceso de recuperación que aprendí a reconocer la severidad con la que me trataba, una severidad que había normalizado hasta que mi cuerpo ya no pudo resistirla más. Llegué a ese punto en el que, si no cuidas de tu cuerpo, es tu cuerpo quien te obliga a cuidar de él, quieras o no.

¿Cuántos cuerpos gritan día tras días para que los cuiden?, ¿cuántos de ellos reciben una respuesta y cuántos son ignorados? Yo ignoré todas las señales, a pesar de que estaban ahí: temblores en el cuerpo, enfermedades constantes producto de un sistema inmune débil, caída de cabello, colitis nerviosa, llanto inesperado y músculos rígidos. Estaba enferma, mi cuerpo lo gritaba y, aún así, no sentía ninguna empatía por mí. En lugar de cuidar lo que ya se estaba rompiendo, seguí con la misma indiferencia hasta que lo rompí por completo.

No nos quebramos por gusto, eso me queda claro. Nadie despierta pensando que ese será el día en que su cuerpo se rendirá por completo ante la falta de cuidado. Si ninguno de nosotros lo busca, entonces ¿por qué sigue pasando? Llegados a este punto, no me queda más que señalar al sistema: ese sistema que nos exige más y más cada día para que el mundo siga girando, ese sistema que se alimenta de nosotros con voracidad para mantenerse vivo, ese sistema que tanto se jacta de mantener nuestras sociedades con vida, pero a la vez las mata, un cuerpo a la vez.

El sistema nos construyó como hijos “fuertes”. ¿Acaso no dice el himno nacional: un soldado en cada hijo te dio? Quizás por eso, como mexicanos, sentimos la compasión como un insulto, como si los demás sintieran lástima por nosotros, como si no fuéramos ese soldado que la madre patria parió. Pero no necesitamos ser soldados, porque el soldado no piensa ni siente por sí mismo; el soldado obedece firme y pelea con fuerza. La vida, aunque no lo parezca, no es una guerra eterna. No tenemos que fingir que no existen pensamientos propios ni sentimientos, no debemos obedecer sin cuestionar. A veces tenemos que caer para volvernos a levantar, y no siempre seremos fuertes.

Cuidar de uno mismo es ir en contra del sistema, pero a la vez, es ir a favor de la sociedad. Quien aprende a cuidar de sí mismo puede cuidar de los demás. Siempre lo asocio con la enseñanza y el aprendizaje, porque, al fin y al cabo, soy pedagoga: para que mi maestro me enseñara a escribir, él tuvo que aprender a escribir primero; para que yo sintiera compasión por los demás, tuve que sentir compasión primero por mí misma. Existe una variante del popular refrán “el buen juez por su casa empieza”, que dice: “la caridad bien entendida empieza por uno mismo”. Y cuánta razón tiene. Siempre se empieza por uno mismo y después avanzamos hacia los demás, nos cuidamos nosotros mismos y así aprendemos a cuidar de los otros.

En algún momento llegué a comentarlo en terapia pasé de convertirme en mi propio capataz a convertirme en mi propia madre. Pasé de exigirme con un látigo para seguir siendo funcional para el sistema, sin importar cuán cansada o enferma estuviera, a ser una madre amorosa que prioriza el cuidado de mi persona y mi bienestar sobre el cuidado de un sistema al que no le importo. El capataz es esa figura que solo vela por el bien de unos cuantos a costa del malestar de los demás. La madre es la figura que vela por el bien de un individuo que, después, llevará bienestar a la sociedad.

Uso la metáfora de la madre porque, para mí, fue la figura que cuidó de mí y que aún lo hace, de forma completamente incondicional. Pero invito a los demás a pensar en su cuidador principal: su padre, sus abuelos, hermanos o amigos. Quien sea que haya cuidado de ustedes en sus momentos de mayor vulnerabilidad, conviértanse en él para ustedes mismos. Ocupen el lugar de su cuidador principal y sientan esa compasión amorosa que ellos sintieron por ustedes.

Más sobre Ventana Interior

Ecos de mi silencio

Ecos de mi silencio

Por: Karla Nieto González
Sanar requiere de hablar y que te escuchen

Leer
El espejo de lis

El espejo de lis

Por: Diego Alonso Cervantes Cabrera
La mujer que se contempló demasiado

Leer
Última estación

Última estación

Por: Sandibel Alcantara Martínez
Epístola del tren que partió

Leer
Una danza con la muerte

Una danza con la muerte

Por: Alexis Boleaga
Tres gatos, una ausencia y muchas preguntas

Leer
Rebeldía con ternura

Rebeldía con ternura

Por: Yuliana Serrano Valdez
Sanar también es una forma de protesta

Leer
Otra forma de cuidarse

Otra forma de cuidarse

Por: Thabata Ailin León Osorio
¿por qué nos cuesta tanto sentir compasión por nosotros mismos?

Leer

Deja tus comentarios sobre el artículo

Otra forma de cuidarse

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

one + ten =