La cacería de invierno
Por: Evelyn Arlette Serrano Velasco
El juego de los reyes y los poderosos
Facultad de Economía
Facultad de Economía
—¿Y ya sería lo menos, jefe?
—Híjole, sí señorita, ya no me sale en menos.
—Bueno, pues échelo.
Laura hacía esto cada semana.
Iba a la Lagunilla, a veces a Las Torres; cuando se sentía especialmente dispuesta, se aventuraba hasta El Salado.
Regateaba con la experiencia de visitas anteriores y con un carisma que, de algún modo, desarmaba a los comerciantes, siempre calculadores, nunca ingenuos. Como una casa de empeños ambulante, regresaba cargada de objetos que alguien más había amado años atrás: anillos que, a diferencia de las manos que los portaron, no envejecieron; collares cuyos amuletos quizá habían dejado de proteger hacía décadas; vestidos que habían ceñido cuerpos jóvenes, o mucho mayores.
Llenaba su clóset, su alhajero, su sala, de cosas que respondían a un mundo extinguido.
Una tarde especialmente calurosa, caminaba por el tianguis de antigüedades de la colonia Portales. Sus ojos examinaban cada objeto con precisión casi mecánica. Bastaba un vistazo a un cenicero de cristal para saber cuánto pagar, cuánto regatear y cómo inclinar la negociación a su favor.
Entonces lo vio: un espejo distinto a todos los demás. Marco florentino, ligero pese a su apariencia antigua, una aleación de bronce y aluminio trabajada en formas que recordaban flores de lis. Era elegante sin ser ostentoso.
Se acercó, quizá movida por la curiosidad, quizá por ese llamado secreto que a veces emana de las superficies mudas, como si el espejo —antiguo confidente de vanidades y revelaciones— supiera pronunciar su nombre dulcemente.
El cristal la acogió sin artificio ni engaño. No hubo deformidad ni sombra traicionera. La luz del tianguis, polvosa y dorada, descendió sobre su piel y la templó,
volviéndola más tibia, como si el resplandor naciera de adentro y no del sol fatigado de la tarde. El negro profundo de su largo cabello cercaba su rostro con una suavidad que contrastaba con la firmeza callada de su gesto. No había en ella aspereza ni rigor desmedido, sino una contenida certidumbre, de esas que no claman para ser obedecidas.
Su piel, tersa y luminosa, parecía guardar en secreto el calor del día. El cuello erguido, los hombros apenas inclinados hacia atrás, la línea leve de la clavícula insinuada bajo la tela ligera: cada trazo componía una armonía serena. Era fuerza sin estrépito, juventud sin descuido, presencia sin afectación.
Sus labios, recogidos en una curva mínima, no sonreían ni se negaban; parecían custodiar palabras que no urgía pronunciar. Era una boca hecha para el sigilo. Sus ojos, oscuros y vigilantes, sostenían la mirada con una calma que rozaba el desafío. No solicitaban beneplácito alguno; más bien lo dispensaban, como quien otorga gracia sin advertirlo.
Sintió entonces un estremecimiento casi imperceptible. No era vanidad, que suele ser ruido y máscara. Era reconocimiento.
Como si el espejo, alquimista discreto, hubiese destilado lo más puro de su ser y lo hubiese devuelto concentrado, más nítido y más próximo. Como si aquella jóven al otro lado del cristal no se limitara a reflejarla, sino que la convocara —con silenciosa insistencia— a habitarse entera, sin reservas ni sombras prestadas.
Y se amó. Y amó al espejo.
No le importó pagar el precio que le dio el vendedor; ni siquiera se molestó en regatear esta vez. Aquel espejo era casi tan magnético como ella.
Al llegar a casa, lo primero que hizo fue sacar de su vieja caja de herramientas el martillo y un clavo; con una ansiedad digna de los adictos más dependientes empezó a martillar la pared, como si la apuñalara. Colgó el espejo a un costado de su cama y volvió a mirarse. Pudo haber jurado que se miró solamente durante unos
minutos; sin embargo, la luna, que empezaba a posarse fría e indiferente, le recordó que la noche había llegado.
Al día siguiente siguió un patrón similar: antes de ir a la facultad se miró durante horas, lo cual, además de retrasarla, no le permitió desayunar. Esto último no le importó mucho, pues estaba satisfecha en un nivel que ella consideraba superior: estaba llena de sí. Y al regresar a casa, la tarea que más la apremiaba no era la maqueta del taller que tenía que empezar. La tarea que le quitó el sueño esa noche fue mirarse, reconocerse, otra vez.
Esto se repitió durante semanas. La madre empezó a preocuparse, pues su hija ya no comía; sin embargo, no parecía demacrada. De hecho, se veía más radiante día a día. La madre empezó a tener miedo de Laura.
Su actitud también cambió: dejó de frecuentar a sus amigas e incluso dejó de ir a los tianguis como acostumbraba semanalmente. Se sentía un ángel, y los ángeles —pensaba— no pueden rebajarse a actividades tan poco divinas. Los ángeles viven para ser adorados, y ella se adoraba todo el día. Aunque hay quienes dirían que adoraba a ese espejo.
Llegó un punto en esas semanas en que se rehusaba a ver cualquier otro espejo, pues estos le devolvían una mujer grotesca, llena de cicatrices en el rostro, como si su propia vanidad la hubiese atacado; con el cabello como poblado de alimañas ponzoñosas que petrificarían a cualquier incauto que se atreviera a mirarla.
Empezó a odiar esos espejos. No soportaba su reflejo ni siquiera en la pantalla de su teléfono celular o en la perilla de la puerta. Dejó de asearse; no pisaba la regadera desde hacía meses. Sin embargo, su cabello era cada vez más sedoso y su aroma más encantador, como si millones de lirios exhalaran la más pura exaltación; su piel, cada vez más limpia, como si el mar y su espuma la purificaran de cualquier impureza.
La misma Afrodita se habría arrebatado la vida, incapaz de igualar el aspecto de esta nueva diosa que era Laura. Los poetas se mutilarían las manos, los cantantes se cortarían la garganta y los pintores los ojos, pues la obra de todos ellos sería patética, burda, incapaz de plasmar siquiera un asomo de su belleza.
La gente notaba esa belleza y se volvía más dócil. No era el encanto anterior, no era el carisma calculado que buscaba un descuento o un favor; era algo inherente a ella, una presencia que se sentía como acostarse en un campo de algodón con aroma a vainilla.
En la calle la colmaban de elogios, no de piropos morbosos ni de miradas lascivas, pues no era deseo lo que sentían esas almas: era genuino amor. Y en ese amor se ofrecían a cubrirla del sol con sus sombrillas, pero ella se negaba, pues su piel no resaltaría sin la luz solar.
Al cabo de un año dejó la universidad. No hizo falta excusarse, pues el miedo de su madre se convirtió en la ya acostumbrada idolatría amorosa de la sociedad. Solo se dedicaba a mirarse por horas en el espejo de lis y salía únicamente para ser adorada.
Pero Dios es cruel incluso con sus creaciones más bellas cuando resultan vanidosas y creen haber superado a su creador.
Y de nuevo, en una tarde calurosa, empezó a crujir la tierra bajo los pies de la ciudad; las alarmas iniciaron su canto para que la gente se pusiera a salvo. Laura no pensó en su madre, ni en el gato que ya no atendía, ni en los postres y pasteles de su habitación que le regalaban los vecinos.
Pensó en el espejo de lis.
Se abalanzó sobre él, como un ave de presa, aferrándose a lo único que le daba sentido. Corrió con el espejo en las manos hasta la calle, y en esa calle la gente empezó a mirarse, curiosa, en ese mismo espejo.
Sintieron un éxtasis primitivo. El espejo era ahora el dios de todos ellos. Todos empezaron a intentar arrebatárselo a Laura; se mordían, se maldecían. El amor que sintieron por Laura era ahora un odio recalcitrante hacia sí mismos.
Hasta que, entre empujones y charcos de sangre, el espejo cayó; y al caer, su cristal se esparció por toda la acera. Laura gritó con la exclamación más desgarradora, con el dolor más profundo. Empezó a llorarse entera. Todos los fieles del espejo la siguieron, mientras sus rostros se fundían con las lágrimas y su piel se iba quebrando como el mismo cristal. Los alaridos y el dolor eran inefables. Cuerpos hinchados, como si hubieran sido hervidos.
Hasta que el suelo quedó lleno de vidrio, solo de vidrio.
Ya no quedaba nadie.
Todos eran el espejo.
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Una respuesta
Me ha dejado sin palabras.