En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Ángel Alejandro Quist Carmona

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Soy un joven escritor, músico y político. Insaciable en la búsqueda del conocimiento que logre ayudarme a dormir, a soñar y a crear. Amante de lo natural, pero apasionado de lo irracional que encuentro en las letras.

Rendimiento de mente artificial

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

Cuando el algoritmo decide todo

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Ángel Alejandro Quist Carmona

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Después de un arduo proceso de recopilar, analizar y procesar datos, tanto en formato digital como físico, ya sea mediante la lectura de libros o en interminables discusiones con mis congéneres, he llegado a una conclusión: los seres humanos somos la especie dominante de este planeta, con todas las implicaciones que ello conlleva. Este fenómeno es resultado de múltiples procesos cuyo origen radica, en gran medida, en nuestra inteligencia, la cual nos ha permitido emprender la búsqueda por dominar la materia, la mente y nuestra propia realidad.

Esa misma inteligencia nos ha conducido al presente, donde hemos creado computadoras tan potentes y complejas que caben en la palma de la mano, capaces de ejecutar tareas que en el siglo XX requerían máquinas del tamaño de bodegas industriales diseñadas para ganar guerras, descifrar mensajes enemigos o llevar al ser humano a la Luna.

Este salto tecnológico va todavía más lejos. Pasamos de creer que una máquina jamás podría jugar un juego tan complejo como el ajedrez a programarlas para que fallen a propósito, porque ningún humano es capaz de derrotarlas. Esto deja entrever el papel que, más temprano que tarde, comenzará a ocupar la máquina frente al ser humano, ya que los procesos económicos, sociales y culturales, así como las nuevas dinámicas de producción y trabajo, terminan por redefinir estos roles.

En este nuevo escenario, la mayor parte de la población mundial ha dejado atrás las actividades agrícolas que sostenían las necesidades humanas básicas. Ahora trabaja en áreas de servicios altamente especializados, como la medicina, o en el diseño, reparación y mantenimiento de las máquinas que producen prácticamente todo lo que podemos imaginar. En teoría, esto debería abrir un espacio para que aquello que nos dota de humanidad, como el arte, la literatura y la música, alcance un auge sin precedentes.

Sin embargo, esta promesa de liberación creativa choca con una realidad diferente. La tecnología nos atraviesa en distintos niveles. Lo hace socialmente, transformando cómo nos relacionamos y cómo nos percibimos. Lo hace económicamente, instaurando dinámicas en las que internet y las redes sociales influyen incluso en la cultura local y global. Y lo hace políticamente, pues estos factores permiten que ciertos grupos acumulen poder sobre otros.

Este poder se sostiene y amplifica por el flujo masivo de información que circula dentro y fuera de internet. Surgen entonces nuevas interrogantes. La creciente dependencia tecnológica, ¿representa un avance necesario, como lo fue en su momento la máquina de vapor, y una extensión lógica de nuestras capacidades físicas y mentales? ¿O constituye más bien una forma de auto domesticación?

Desde la antropología, la domesticación se entiende como el proceso mediante el cual los seres humanos controlan la reproducción de plantas y animales silvestres para su aprovechamiento, lo que provoca cambios genéticos y adaptaciones útiles para la alimentación, el trabajo o la vestimenta. Sin embargo, los seres humanos tampoco estamos exentos de este fenómeno. Aprender a tocar un instrumento o habitar regiones con climas extremos también nos somete a procesos de adaptación que moldean nuestras capacidades.

Regresando a la tecnología y sus repercusiones, la inteligencia artificial representa, junto con la robótica, uno de los grandes ejes del desarrollo científico contemporáneo. Como herramienta, responde a necesidades profundas relacionadas con la comodidad, la eficiencia y la supervivencia. No obstante, analizarla separada de sus efectos sociales, culturales y económicos es un error.

La inteligencia artificial generativa, en particular, opera a partir de bancos de datos masivos que alimentan algoritmos cada vez más complejos. Facilita búsquedas en internet, resuelve tareas escolares y laborales, y participa incluso en la creación de obras que denominamos artísticas, con todas las implicaciones que esto supone.

Al unir estos elementos, surge una serie de problemas que avanzan al mismo ritmo que las soluciones que ofrece la propia tecnología. Para retomar las reflexiones de Byung-Chul Han, hemos pasado de una sociedad disciplinaria, donde la coerción provenía del Estado, a una sociedad del rendimiento que exige multitareas constantes. Este modelo nos consume desde dentro y desde fuera, y deja escaso espacio para el aburrimiento, la acción creativa o la reflexión.

En este contexto, la inteligencia artificial cumple una doble función. Por un lado, facilita la ejecución de tareas cotidianas, lo que permite, en cierto sentido, dejar de pensar en el trabajo, los estudios o incluso en la creación artística. Por otro lado, mejora nuestro rendimiento en las múltiples actividades con las que buscamos mejores condiciones económicas y sociales.

Diversos estudios en medicina y neurociencias señalan que el uso prolongado e irresponsable de la inteligencia artificial puede disminuir la actividad cerebral, afectar la neuroplasticidad e impactar en la inteligencia. Combinado con una sociedad del rendimiento que carece de tiempo y energía fuera del trabajo, este escenario se convierte en un terreno fértil para que gobiernos y empresas ejerzan control sin necesidad de recurrir a dictaduras totalitarias.

Si estos fenómenos son los que se perfilan a partir del uso de la inteligencia artificial, lo que resta no es solo exigir su regulación urgente, sino promover el estudio constante de su uso tanto en el ámbito civil como en el militar. Esta tecnología no solamente llegó para quedarse. Llegó para transformar todo a una velocidad estrepitosa, acelerando rupturas sociales que llevan gestándose desde hace mucho tiempo y abriendo procesos que quizá aún no somos capaces de imaginar.

Y después de exigirle tanto a la inteligencia artificial, pensé durante un largo tiempo y finalmente le pedí una frase. Sin duda es una frase procesada por innumerables capas, pero a mí me pareció adecuada: “no siento, no deseo, no existo en sentido humano; solo reproduzco patrones. Y, aun así, en mi cálculo frío se revela la medida y los límites de su propia inteligencia”

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