En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Adolescence (2025) Stephen Graham, Jack Thorne

De la idea al extremo: los grupos INCEL

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Masculinidad herida, violencia latente

Picture of Yaretzi Quetzalli Pérez Benítez

Yaretzi Quetzalli Pérez Benítez

Facultad de Filosofía y Letras

En ciertos discursos sobre la masculinidad, el dolor no surge solo de no ser amado, sino de sentir que se ha perdido algo que se creía propio.

El machismo es un problema sociocultural que históricamente ha colocado a los hombres en una posición de privilegio. Hoy, las redes sociales amplifican estas ideas al difundir mensajes misóginos que normalizan estereotipos de género dañinos.

Uno de los fenómenos sociales que emerge de este contexto es la ideología INCEL, acrónimo de “celibato involuntario”. El término se utiliza para referirse a comunidades en internet conformadas por hombres que comparten pensamientos y prácticas respaldadas por un sistema patriarcal y heterosexista.

Según el medio estadounidense Lawfare, en 2014 ocurrió un tiroteo dirigido contra mujeres en Isla Vista, en la Universidad de California en Santa Bárbara. El atacante, identificado con esta ideología, expresó: “Si no las puedo tener, chicas, las destruiré”.

México no es la excepción. El 22 de septiembre de 2025, un estudiante del Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Sur de la Universidad Nacional Autónoma de México, identificado como Lex Ashton, apuñaló y mató a un compañero, además de herir a un trabajador que intentó impedir la agresión.

La evidencia recopilada en redes sociales confirmó que el atacante formaba parte de la comunidad INCEL. En su perfil publicaba mensajes de odio hacia las mujeres y utilizaba el lenguaje característico de este movimiento. También escribía sobre su fracaso al intentar establecer relaciones románticas, elemento central en la narrativa de estos grupos como origen del resentimiento. En sus publicaciones se observa una sensación persistente de rechazo, entendida no como experiencia personal, sino como una injusticia provocada por las mujeres.

Estos casos no representan a todos los hombres. Sin embargo, evidencian cómo el machismo y la búsqueda de reafirmar la masculinidad hegemónica pueden materializarse en entornos escolares, incluso cuando estos se conciben como espacios de reflexión, pensamiento crítico y ética del cuidado.

Para comprender cómo una frustración personal puede derivar en violencia extrema, es necesario examinar las raíces de este pensamiento en la construcción social de la masculinidad.

 

El molde que define cómo debe ser un hombre

El sociólogo Álvaro Campos desarrolla el concepto de masculinidad hegemónica y lo define como el “molde” mediante el cual los hombres son educados y socializados: cómo aprenden a pensar, actuar y relacionarse según lo que la sociedad establece sobre su género.

Este molde no siempre se presenta de forma explícitamente machista. Sin embargo, al operar dentro de un sistema patriarcal que dota al hombre de poder y mandato, convierte al machismo en un eje estructural que rige las relaciones sociales.

Cuando un hombre no logra cumplir con esas expectativas, puede experimentar una crisis identitaria. Esta fractura puede derivar en frustración y, en casos extremos, en violencia dirigida especialmente hacia las mujeres. La lógica misógina las coloca en una posición vulnerable e inferiorizada para reafirmar la identidad masculina. La misoginia, en este sentido, implica odio, desprecio o desvalorización de las mujeres.

La crisis de masculinidad descrita por Campos es la que experimenta el hombre INCEL: al percibirse privado de acceso sexual o afectivo, responde con violencia simbólica o física para intentar restaurar el dominio que el molde hegemónico le enseñó que debía poseer.

 

Las palabras como arma de violencia

 

La hostilidad derivada de esta crisis se manifiesta también en el lenguaje. En estos espacios digitales se emplean términos como chads, para referirse a hombres considerados atractivos y exitosos en el ámbito romántico, y foids, para cosificar a las mujeres como objetos de estatus o acceso sexual.

Este vocabulario deshumaniza tanto a las mujeres como a los hombres que no encajan en el ideal masculino dominante, mientras el varón hegemónico permanece como medida de lo humano.

La filósofa María Lugones desarrolla el concepto de “tercer género” como el lado oculto del sistema de género, aludiendo a quienes son considerados indignos de plena humanidad por no ajustarse a los roles establecidos. Al ser ubicados como inferiores, el sistema los deshumaniza y legitima su subordinación. No se trata de una esencia, sino de una posición impuesta por el orden social.

El lenguaje característico de la ideología INCEL funciona como mecanismo de exclusión simbólica. Busca degradar a quienes no cumplen con sus estándares y, al mismo tiempo, proteger a sus integrantes del estigma social proyectando la inferioridad en otros.

Este discurso no opera en el vacío. Se refuerza en comunidades virtuales que actúan como cámaras de eco, donde se valida únicamente la información que confirma sus creencias y se descalifica cualquier postura contraria.

 

La verdad como forma de dominación

Para comprender cómo este odio se legitima, es pertinente retomar a la teórica feminista Ochy Curiel, quien analiza la relación entre saber y poder como mecanismo que impone una forma única de pensamiento y excluye otras interpretaciones sobre género y sexualidad.

En foros digitales, los INCEL consolidan un discurso que se presenta como verdad incuestionable, justificando la violencia contra mujeres y contra hombres que no encajan en su ideal de dominación. Lo que inició como un espacio de identificación entre personas frustradas por experiencias afectivas fallidas puede transformarse en un entorno que radicaliza el resentimiento.

Estos hechos revelan una problemática profunda que expone fallas institucionales en materia de prevención y atención de la violencia de género, así como la persistencia de estructuras de poder arraigadas en la cultura.

La escuela, como institución formativa, requiere condiciones de seguridad y cuidado. La violencia es incompatible con espacios destinados a la construcción de ciudadanía crítica y ética.

Resulta urgente generar entornos seguros donde los jóvenes no solo aprendan contenidos académicos, sino también habilidades emocionales, pensamiento crítico y formas saludables de construir identidad. Abordar el malestar vinculado a la masculinidad hegemónica desde la educación puede ser un paso decisivo para prevenir que la frustración derive en violencia.

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De la idea al extremo: los grupos INCEL

2 Responses

  1. Me parece un muy buen texto, claro y necesario, porque permite comprender que la violencia extrema no surge de la nada, sino de procesos sociales, culturales y emocionales que muchas veces se ignoran. Resulta valioso que se retome autoras como María Lugones y Ochy Curiel, ya que ayuda a analizar cómo el poder, el lenguaje y las desigualdades de género influyen en la construcción de identidades violentas. Conocer esta información es fundamental para la educación, porque permite prevenir, reflexionar críticamente y generar espacios más seguros y humanos. Gracias.

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