Un indígena en la UNAM
Por: Víctor Emmanuel Hernández Figueroa
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Facultad de Estudios Superiores (FES) Zaragoza
Facultad de Estudios Superiores (FES) Zaragoza
Poco se habla del trayecto diario de un estudiante ajeno a la ciudad. Foráneo. La palabra viene del latín foraneus, que significa extranjero o ajeno. Culturalmente, describe a quienes se trasladan a un lugar distinto al propio para estudiar, enfrentando razones sociales, económicas y culturales que marcan su vida cotidiana.
Muchos dicen que todos tenemos las mismas 24 horas al día, pero pocos saben cómo se viven cuando el traslado ocupa más tiempo que el descanso. La figura del estudiante foráneo se idealiza: independencia, esfuerzo, madurez. Sin embargo, detrás de esta imagen hay una rutina que prueba la salud física, emocional y económica. A continuación se presentan historias anónimas.
Madrugada en movimiento
Para el estudiante de Ingeniería en Ciudad Universitaria, su día empieza a las tres de la mañana. Se alista mientras su papá lo acompaña a la central de autobuses, a diez minutos en carro de su casa, para alcanzar un lugar en las combis directas. “A esta hora, mis amigos de la facultad aún ni despiertan”, dice.
A la misma hora, una alumna del CCH Oriente prepara su día. “Mi día empieza cuando el sol todavía ni sale. Me baño para quitarme el sueño y preparo mis triques en lo que se apura mi mamá para llevarme al metro, y estar ahí como a las 5, porque unos 10 minutos más y se llena más”, comparte.
El estudiante de FES Aragón, un poco más afortunado, tiene la combi justo frente a su casa. “No me quejo, la combi pasa enfrente de mi casa, entonces tengo el lujo de agarrarla como a las seis para llegar a la FES un poco antes de las ocho. Siempre me toca irme parado porque a esa hora todos salen a trabajar o estudiar igual que yo. Siempre veo muchos chavitos con su mochila, pero eso sí, sé que tenemos en común llevar otro celular por el ratero, ya sabes, por si acaso”, dice con esa mezcla de humor y resignación que caracteriza a los estudiantes que deben adaptarse a la ciudad.
Rutina diaria y obstáculos
Antes del mediodía, los tres estudiantes han llegado a sus facultades, pero el trayecto diario nunca termina. Comparten coincidencias: el tráfico de la Zaragoza, la tardanza de los vagones, la hora pico. A veces hay inundaciones, fallas en el metro o accidentes que retrasan aún más el viaje. Comer a tiempo es un lujo: algunos apenas logran sentarse, otros compran lo más barato o rápido, afectando su alimentación y rendimiento.
No solo es cansancio físico. La ansiedad, la preocupación y la incertidumbre emocional forman parte de la rutina. La vida de un foráneo es aprender a sostenerse en un sistema que no siempre entiende lo que implica salir de casa para estudiar.
La tarde, con menos prisa
En la tarde, la dinámica cambia. La estudiante de Prepa 2 prefiere este horario: “sinceramente pienso que el horario de la tarde es mejor, quizá no tienes más tiempo libre, pero puedo pararme un poco más tarde. Me paro como a las 9, desayuno, a veces tengo chance de hacer tarea, y me alisto para salir como a las 11. Si no salgo antes de esa hora, me toca más tráfico y llego hasta media hora tarde, prefiero llegar incluso una hora antes”.
El estudiante de FES Zaragoza tiene un horario híbrido: “Tengo clases en la tarde, pero tengo que llegar antes por temas de deporte o idioma, así que generalmente tengo que estar ahí como a las 12 o 1 pm. Me levanto como a las 8:30-9 de la mañana, a veces me da tiempo de salir a correr, pero casi siempre tengo que terminar las tareas de un día antes. Salgo de mi casa como a las 10 o 11, ya dando a las 12 es más difícil pasar porque se hace un relajo camino a la ciudad… Por más que salga tiempo antes, siempre hay algún imprevisto”.
A las 5 de la tarde, el estudiante de Ingeniería ya casi llega a su casa; la alumna del CCH Oriente acaba de comer y dormir un poco; el estudiante de FES Aragón aún va de regreso y aprovecha para dormitar, dejando que su reloj biológico lo despierte antes de llegar.
Noche y el final de la jornada
A las 8 o 9 de la noche, la estudiante de Prepa 2 describe su trayecto: “el camión que tengo que tomar para la combi que me lleva a mi casa siempre pasa lleno, y hace muchas paradas. Lo bueno es que hay vigilancia y luz”. Mientras tanto, el estudiante de FES Zaragoza todavía tiene clases: “aun me falta una clase, tengo que apurarme; si no, no alcanzo camión, e irme en metro es más tiempo y más peligroso porque tengo que caminar 20 minutos más hacia mi casa”.
A las 10:30 de la noche, la estudiante de Prepa 2 llega a cenar, hacer su tarea y descansar: “Me voy acostando como a las 12 o 1, tengo que terminar mi tarea porque luego en el camión no puedo irla haciendo”. El estudiante de FES Zaragoza llega a su casa a las 12 de la noche, “si me da tiempo ceno algo y si no, tengo que apurarme con tareas o proyectos, terminando como a las 2 o 3 de la mañana”. La estudiante de Ingeniería, por su parte, ya reinicia su rutina, y así continúa el ciclo.
24 horas que no rinden igual
Las 24 horas de cada estudiante se superponen: cuando una rutina termina, otra comienza. Todo depende del transporte, el tráfico, la seguridad y la suerte. Llegar antes de lo esperado, no encontrarse con robos o retrasos, se considera un triunfo.
Gran parte de los estudiantes de la UNAM viaja al menos una hora para llegar a sus facultades. Las oportunidades que brinda la universidad impulsan a los jóvenes a salir adelante, a pesar de los trayectos y los imprevistos. No hay margen de error: retrasos, inseguridad, combis que no pasan… un minuto perdido puede significar una clase o un examen.
El esfuerzo recae en cada estudiante foráneo como única estrategia de supervivencia. Y, mientras el mundo idealiza la independencia de los jóvenes, pocos conocen la intensidad de su jornada diaria. Por eso, es increíble pensar que las “24 horas del día” no rinden de la misma manera para todxs.
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