Un indígena en la UNAM
Por: Víctor Emmanuel Hernández Figueroa
Entre el orgullo de mi origen y la lucha contra la discriminación
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
Fui, he sido y seguiré siendo un caracol llevando mi casa a todas partes, pero a veces también tlaconete sin casa, remedo de lombriz sin caparazón. Soy de esos que encontraron en el transporte público una casa más. Donde pasé más de una parte de mi vida, una pieza durante el bachillerato, otra en la licenciatura y una más en la especialidad, entre 4 y 5 horas al día de lunes a viernes. Eso si el dios del tránsito era benévolo y el dios de la lluvia no hacía de las suyas, o alguna manifestación, o algún socavón, accidente o minucia en el camino. En la combi, metro o micro comí, leí, estudié para exámenes y me enamoré varias veces. Era común el ritual de pasar el pasaje desde la puerta trasera hasta el conductor, el de empujar para entrar al metro medio segundo después de que sonara la alarma de cierre de puertas. Comunes también aquellas habilidades de citadino para despertar en el momento exacto antes de llegar al destino. Rituales y habilidades adquiridas durante mi formación profesional como universitario, como historiador.
He sobrevivido como habitante de Tulyehualco, foráneo de la ciudad y de mi pueblo. Todo queda lejos, insuficientemente lejos para rentar algún sitio, pero lo justo necesario para montar el transporte público todos los días, salir de casa a oscuras y llegar a casa oscuras, salir antes del sol y llegar después del sol. Me convertí en visitante nocturno de mi hogar y viajero a mis lugares de estudio y de trabajo. Igual que hicieron mis padres. Me contaban que antes era más rápido llegar a todas partes. Ambos estudiaban en Ciudad Universitaria y, aunque la distancia no se incrementó (según datos científicos) el tiempo de traslado ha ido en aumento constante. Recuerdo mis primeros viajes con ellos al cine, decían que a casi dos horas de camino, pegado a la ventana, viendo cómo el verde se transformaba en grises.
Nunca le pregunté a mi bisabuela si ella tenía que salir del pueblo, quizá por eso no conoció el mar, pero quizá tampoco tuvo esa necesidad de viajar tanto, los espacios necesarios estaban más cerca. Si esto sigue así y la curvatura del espacio tiempo se sigue estirado en el sur poniente de la ciudad, cuando mi hija se vuelva Puma, hará tres o cuatro horas de trayecto solamente de ida.
Fue un reto cuando me tocó salir del pueblo usando los huaraches que mi padre me mandó a hacer con el último señor que conocía el amarre típico de Tulyehualco. Un tejido entrecruzado de cuero sobre el empeine, tapando la parte baja del tobillo y dejando la punta de los dedos libres. Se le añade una tira con una hebilla que pasa por el tendón y sujeta al pie. No importa cuán hábil seas, cualquier piso plano, pulido o de mosaico, se vuelve una difícil pista de patinaje. Con huarache uno siempre es el primero en pisar y pasar enojos y dolores debajo de los tacones de las señoras, las botas de obrero, el punk y metalero. Además, los trozos de llanta usados como suela no tienen el amarre adecuado para sostenerse en las escaleras del metro. De vuelta a casa parecía que me habían boleado la piel de los pies.
Los días universitarios los comencé a vivir desde mi ingreso a la prepa 6, “Antonio Caso” y el tiempo de traslado era ligeramente menor al de los cines de infancia. Conviví con compañeros que también pasaron sus mejores años trepados en el transporte. Había una forma común de amistarse al volver a casa. Al llegar al metro, rompías filas y decidías nuevamente a tus compañeros y compañeras de traslado, ese sería tu equipo durante uno o dos luchas camioneras más. El camino te elegía y tú ibas eligiendo la compañía. Era todos juntos para seguir conviviendo y platicando o sobrevivir a solas a la música a todo volumen, a los gritos del chofer pidiendo que se recorrieran, uno encima de otro, con el calorcito húmedo de la gente después de más de ocho horas de trabajo. Pegados a la ventana seguíamos las líneas blancas de la carretera o el amarillo de las banquetas, contábamos carros para no aburrirnos.
En esos encuentros de luces tenues de camión me encontré con los que quisimos levantar la utopía del estado 33. En ese fragmento de ciudad que no termina de serlo y que concentra la mayor cantidad de zonas verdes de la Ciudad de México, la menor cantidad de Oxxos, la menor cantidad de servicios hospitalarios, y también la menor cantidad de personas habitantes por kilómetro cuadrado y de librerías (a diferencia de Coyoacán que cuenta con dos cinetecas nacionales). Por eso, en 2010 corrió el chisme planeado de que un grupo de indígenas entusiastas de la región recordarían cómo se inició la independencia y la Revolución Mexicana, nos levantaríamos en almas y solicitaríamos una nueva demarcación que juntara territorio de Xochimilco, Milpa Alta, una parte de Tláhuac y otra de Tlalpan. Estábamos en tratos con jóvenes del estado de México. Recobraríamos las zonas verdes y con ello el sueño de autogestión y autogobierno. La bandera sería un huauhtli envolviendo un nopal o un ajolote volando encima del Teuhtli. La votación estaba abierta. Por desgracia, el día acordado casi todos llegamos tarde a la cita porque hubo inundaciones. Los que estuvieron a tiempo estaban cansados y con las almas mojadas por la lluvia. Armamos un batallón de cuatro pelagatos y un perro vagabundo para concientizar al pueblo. Salimos a pintar poesía por las calles y a reventar las farolas más contra revolucionarias para convertirnos en fantasmas comunistas recorriendo las calles.
Tuve a mi hija muy joven, así que había que trabajar y estudiar y volver a trabajar. Dejé caminos de baba en mis playeras cuando quedaba dormido y exhausto en el transporte. Cargaba mi caparazón mochila, libros, limas, cúter, un ajedrez, una libreta (un ladrillo para enseñarle al mundo cómo era mi casa —Brecht—, una planta y varios guisos de mi abuela y amaranto para vender).
En el transporte miré cómo envejecía la gente en su vuelta a casa. También se hicieron viejos Tulyehualco, Mixquic y Momoxco hasta arrugarse y convertirse en ciudad. Dejaron de ser pueblitos y las vacas fueron exiliadas (mi abuela tenía 4). Se perdió la batalla contra el asfalto y el concreto, por ley se llevaron nuestros burros con quienes trabajamos juntos la tierra. Llegaron gentes de fuera, gente nueva que perdió los puntos de referencia del pueblo. Los avecindados dejaron de entender qué tan arriba era arriba, “pasando la calzada” era un enigma. “La Botijona”, pulquería a un costado de la iglesia; “el pino”, punto de reunión y sitio para bajarse del micro; la tienda de La Gata, donde encontrabas los dulces de amaranto que, en su punto, no sabían a piloncillo y tampoco tenían la acidez del limón. Esos lugares de referencia eran conocidos por los habitantes más viejos, los nativos que, a diferencia de los avecindados, nos dedicábamos a la venta del amaranto, a hacer las barras de chocolate, las figuras, o teníamos algún cornejal en el cerro para la siembra. Los avecindados llegaban a sembrar casas, a comerse el cerro, a convertir lo verde en gris, a habitar las faldas del Teuhtli, famoso cerro ilustrado en los actuales billetes de cincuenta pesos (hubo una filtración de la bandera del estado 33).
En uno de mis viajes miré un cartel del entonces Programa Universitario México Nación Multicultural (actual PUIC). Fue complicado asumirme como indígena porque no hablo la lengua náhuatl de mis bisabuelos. A ellos les arrebataron su lengua madre desde chicos y a mí me llegaron algunas expresiones en sus momentos de enojo. Pocos sonidos que me vincularan con esas raíces. Lo consulté con mi hija, le pregunté dónde usaría el náhuatl si supiera hablarlo. ¿Hubiera sido nuestro lenguaje secreto? Durante unos meses seguí marcando mi camino con la baba en las playeras. Pensé que la beca era una oportunidad para dejar de andar así tlaconeando al ritmo de la micro, achicar el caparazón y cargar menos. Mi hija, Lya, mi caracola marina, me aconsejó que pidiera la beca.
Me hice historiador y a pesar de ya no tener que trabajar y estudiar seguí dejando baba en mi camino. No estudié las raíces tepalcateras y precoloniales de las figuritas del pueblo. Busqué a los indígenas levantiscos, los guerrilleros, los comunistas, los alzados y rebeldes que después de andar en la sierra pusieron un café con nombre clave, “La Cabaña de Lucio”. Intenté estudiar al primer gobierno comunista en Alcozauhca, Guerrero y olvidé mirar hacia dentro de la micro, del caparazón, y darme cuenta de que, durante todos mis viajes, mi comunidad había sido devorada por la ciudad.
Luego me hice adulto y mi hija también. Luego me encontré a mí mismo buscando personas desaparecidas y por fin pude vivir realmente dentro de la ciudad. Busqué personas que fueron desaparecidas durante la guerra sucia con enjundia y se dieron buenos resultados. Pero se me rompió un poco el caparazón cuando me di cuenta de que durante muchas de las investigaciones y toma de testimonios no pensé que las personas desaparecidas pudieran ser indígenas como yo. Personas a quienes se les hubiera arrebatado la entidad étnica en algún momento de sus historias. Me di cuenta demasiado tarde que mi mirada se tornó gris. Perdí la capacidad para mirar los colores, así como había perdido la lengua, también extravié los ojos.
Recientemente vuelvo a reencontrarme en mi pueblo con más calma, recuperando los ánimos, viendo figuras de amaranto y tragando obleas de colores y muchas serpentinas. Ya no uso huaraches. Vuelvo al hogar para recargar el aura de mi tabique, mi caparazón y mi planta (y lavar mis playeras babeadas). Vuelvo a Tulyehualco y miro un pueblo que ha dejado de serlo. Ya no huele a caca de vaca ni a madera quemada. La ciudad llegó a nosotros con todos sus salvajismos. La petrolería y la carbonería se extinguieron, no extraño su olor. Pero sí a ese trocito de pueblo que fue indígena y que ahora se ha convertido en una pedacería más de la ciudad.
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