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Foto de Kade de Pexels

Leviatán

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Monstruos que matan al “príncipe azul”

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Verónica Hernández Carapia

Facultad de Economía

Alicia no creía en los monstruos. Sabía que eran un invento creado para infundir temor en los niños y obligarlos a obedecer a sus padres. Estaba segura de que esas bestias aterradoras nada más se hallaban en los cuentos y en la propia imaginación infantil. Hasta que un día, esa certeza se desmoronó: ella vivía con uno. ¡Ah!, pero no era cualquier monstruo, este era especial: era mágico y tenía la destreza de transformarse. A veces se convertía en un príncipe azul, como esos que también existen en los cuentos y que son los encargados de rescatar a las princesas. Otras ocasiones se transformaba en una especie de Leviatán: aterrador, invencible, colosal, de fauces espeluznantes y aliento de fuego. Con frecuencia, Alicia se preguntaba si el Leviatán comía seres humanos. Tenía miedo y pensaba que la devoraría en uno de esos arranques de ira, cuando abría aquel gran hocico del que expulsaba llamas abrasadoras; sin embargo, al final todo quedaba en un gran susto y el monstruo se marchaba. 

Hacía algunos años que lo había conocido. Entonces no se llamaba ni Príncipe Azul ni Leviatán, era simplemente Gerardo, un tipo convencional, común y corriente. Luego, con el trato diario, eran compañeros de trabajo, comenzó a sentir atracción por él, y poco a poco fue creciendo en ella un particular interés por todo lo que lo rodeaba. Cuando se dio cuenta, ya sentía una devoción insana que le robaba la voluntad. 

En un inicio, Alicia se sentía flotando entre nubes: era como si hubiera llegado a un mundo ideal, al cuento perfecto. Se convirtió en la princesa de las historias de hadas que, siendo niña, su padre le contaba antes de dormir. Además, en este cuento no existían brujas malvadas que le robaran la voz, que le hicieran dormir eternidades o que le dieran a comer manzanas envenenadas. Todo estaba escrito: el paso lógico siguiente era vivir felices para siempre. Sin embargo, Alicia ignoraba que por desgracia el mundo real —el de los no monstruos— es mucho más cruel y que si se prescinde de la bruja es porque incluirla en el combo sería un exceso de brutalidad.

La primera vez que Alicia liberó al monstruo no le dio importancia, era pequeño y parecía inofensivo. “Gerardo ha tenido un mal día; no debí tardar tanto en llegar a casa, sabiendo que él me esperaba”, se dijo con cierta culpa. Al final, él, como buen príncipe azul, cubrió con besos las huellas de su enojo. La segunda vez Alicia no comprendió muy bien, un saludo había sido suficiente para desatarlo. Aquella tarde, Gerardo le gritó con un tono frenético y la llamó puta. Ella lloró. Los vestigios de su enojo dolían, aunque no tanto como sus palabras. Cuando más estaba sufriendo apareció el príncipe azul y, con espada en mano, libró una cruenta batalla contra el monstruo, liberándola de él. Lo que Alicia no sabía era que cada triunfo de su príncipe alimentaba al monstruo y lo volvía más grande, la base de su dieta eran la inseguridad y el miedo que ella sentía. Mientras el príncipe azul se hacía más pequeño, el monstruo se convertía en una criatura descomunal.

La tercera ocasión el príncipe azul no llegó a tiempo. Leviatán era ya gigantesco y veloz. Alicia no supo el motivo, con seguridad había hecho algo malo. Ella era una puta, no una buena mujer, no podía serlo cuando le abría la puerta a la bestia y su debilidad la sumergía en ese infierno al que arrastraba también a Gerardo. En la reyerta, Leviatán le lanzó a Alicia un manotazo tan fuerte que la dejó inconsciente y sólo entonces se marchó. Después habría muchas batallas más en las que saldría vencedor de nuevo. Un día el príncipe azul no apareció más. La dejó sola a merced de Leviatán y ella no supo qué hacer. A las princesas no se les enseña a librar batallas contra monstruos y dragones, su única misión en la vida es ser débiles y temblar de miedo para que el príncipe las salve. Hubo manotazos, tarascadas y reveses. La nada se le incrustó en el pecho y, de un tajo, le arrancó el “vivieron  felices para siempre”, que aún intentaba latirle en el corazón. 

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