Ecos de mi silencio
Por: Karla Nieto González
Sanar requiere de hablar y que te escuchen
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
Los autos se adelantan a pasar,
a nadie le importa.
El sol aplasta mi cara,
me grita antes de que se ponga el alto;
un grito ensordecedor
que silencia mis movimientos torpes.
Miro abajo
hacia mis pasos,
estoy en el camino correcto.
No intento esconderme de nadie,
recuerdo,
al menos por está calle,
al menos en esta ciudad.
No tengo que mirar la banqueta,
intento recordar,
cuando estoy abajo.
Cruzo otra calle,
el día sigue brillando.
Olvidemos cómo incendiar las cosas,
pienso.
Olvidemos
cómo es esperar hasta que el día se encienda,
para perder nuestros cuerpos oscuros
en medio
de la tarde o la noche,
no importa.
Para no ver nada
con nuestra postura fría
y solo potente.
Quedáramos la sombra
que arrastra el día.
Un paseo negro.
Un sueño desperdiciado
que te atraviesa.
Y podría pasar esto:
una avenida con tráfico.
Sigo caminando.
Entrecierro los ojos,
volviéndolos borrosos:
un río contaminado que fluye.
Y los encierro:
un estruendo negro.
Y el viento
está igual de resentido que yo: se hace sonar de sur a norte.
El espacio deforme
está reservado
en todas las direcciones, detrás de mis párpados, detrás de mis párpados
y lo conozco todo.
Y no he visto nada.
Dejó entrar un trozo de cielo. La luz es igual de estrecha. Una hoguera calcinada en tus paredes de carne.
Un recuerdo dorado
venda mis ojos
y solo puedo ver a través de él.
Por: Thabata Ailin León Osorio
¿por qué nos cuesta tanto sentir compasión por nosotros mismos?