En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Foto de Ivan Samkov

La espiritualidad despolitizada

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

En una época donde todo se vende –hasta el alma–, creer es un acto de resistencia

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Alonso Cabrera

Facultad de Economía

Creer no es inocente. No es un lujo, ni una decisión libre, ni una expresión de paz interior. Es una necesidad que nace del dolor, del miedo, del despojo; una estrategia para soportar lo insoportable. En un país como México, fragmentado por la desigualdad, la violencia y la incertidumbre, muchas veces es más fácil creer que pensar. Más seguro que dudar.

En Iztapalapa, Ecatepec o Nezahualcóyotl, la espiritualidad no es tendencia, sino refugio. No porque haya una verdad trascendente, sino porque el abandono estructural empuja a las personas a encontrar sentido donde pueden. Cuando vivir se vuelve una carga, dudar se vuelve un lujo. Creer se convierte en consuelo, aunque ese consuelo venga acompañado de culpa, resignación o silencio. Ya no se reza de rodillas, pero se le pide al universo, se medita para rendir más, se postean frases motivacionales disfrazadas de sabiduría.

Vale entonces detenerse a pensar: ¿por qué creemos lo que creemos?

Creer no es sólo aceptar una idea. Es obedecer una voz que, a menudo, no reconocemos como ajena. Como advertía Camus, el primer gesto de libertad es la duda. Pero dudar en un mundo que exige certezas es subversivo. La duda incomoda, aísla, fractura la ilusión de que “todo pasa por algo” o que “el universo tiene un plan”.

El problema no es si Dios existe, sino a quién le conviene que creas que existe. Porque como dijo Marx, no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que moldea la conciencia. En tiempos de hambre, las deidades se vuelven pan. En contextos punitivos, se convierten en jueces. Hoy, en la era del algoritmo, son likes, karma digital y éxito personal.

La metafísica ya no responde preguntas fundamentales, sólo tapa heridas. La ontología se enfrenta a un ser cada vez más fragmentado, alienado, vacío. Y ese vacío se llena con cualquier creencia que prometa alivio rápido. De ahí el auge del mindfulness neoliberal, la astrología de TikTok, la ley de atracción, las limpias energéticas y el coaching emocional.

Žižek lo ha dicho con claridad: incluso la crítica se transforma en mercancía. Ya no se censura el disenso, se vende. La espiritualidad despolitizada, con estética cuidada y promesas de bienestar, no molesta al sistema, al contrario, lo oxigena. Es más funcional que cualquier sermón tradicional.

Byung-Chul Han también lo advirtió: vivimos bajo la tiranía del rendimiento. El nuevo dogma no castiga con fuego, sino con culpa. Si fracasas, no es por la precariedad, sino porque no vibraste alto, no agradeciste lo suficiente, no meditaste bien. Este nuevo moralismo, disfrazado de libertad, convierte al malestar en fallo personal y no en síntoma colectivo.

Kant reconocía los límites de la razón pura, pero hoy esos límites no invitan a pensar, sino a repetir frases que caben en una taza: “fluye”, “confía”, “todo es perfecto”. El algoritmo premia la certeza decorada y penaliza la duda compleja.

Aquí es donde Juan Felipe, divulgador del proyecto Café Kyoto, introduce el concepto de fascismo cultural. No se trata del totalitarismo clásico, sino de una forma suave, estética, emocionalmente manipuladora, que enseña a obedecer sin notarlo. Coincide con lo que Adorno y Horkheimer analizaron en Dialéctica de la Ilustración: la razón técnica, instrumentalizada, deja de liberar y se vuelve herramienta de dominación.

Hoy la industria cultural ya no impone verdades, impone formatos. Todo debe ser breve, estéticamente neutro, emocionalmente positivo. Incluso el trauma se convierte en contenido viral. Incluso el sufrimiento se monetiza. Lo sagrado no se vive: se publica.

Nietzsche declaró la muerte de Dios, pero no la de la necesidad de creer. Sólo cambió el altar. El sermón ahora es TED Talk, el cielo es el éxito, el ritual es la rutina de productividad, y el juicio final es el burnout.

Emma Goldman entendía que sin desobediencia no hay emancipación. Bakunin insistía en que mientras exista un altar, habrá esclavos. Kropotkin vivió esa consigna: la espiritualidad verdadera no consuela, organiza; no individualiza, cuida; no promete, actúa.

No se trata de eliminar toda forma de fe, sino de desactivar las que nos disciplinan. De desmontar los aparatos de creencia que anestesian, que domestican el dolor con frases bonitas. Porque la verdadera espiritualidad —si aún queremos usar ese término— no busca confort, sino sentido. No busca calma, sino verdad. No es elevación individual, sino vínculo colectivo.

No basta con preguntar si algo “nos hace bien”. Es urgente preguntar si es justo, si es verdadero, si sirve a quienes sostienen el mundo con sus cuerpos y sus silencios. El alma neoliberal cree porque aprendió a no exigir. Pero hay otra forma de creer: la que se atreve a decir “esto no me alcanza”, “esto no es mío”, “esto no lo acepto”.

En esta época donde todo se vende —incluso el alma—, creer puede ser un acto de resistencia. Pero sólo si se cree en lo que no se puede monetizar: el cuidado mutuo, la comunidad organizada, la risa que no busca validación, el abrazo que no se publica.

La tarea no es abolir la fe. Es reconstruir el sentido. No desde el algoritmo, ni desde el púlpito, sino desde abajo: desde la calle, desde la UNAM, desde la rabia que piensa, desde la ternura que se organiza.

Porque el problema no es creer. El problema es no saber quién te enseñó a creer eso, ni para qué.

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