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Juan Camilo Herrera / Agenda Estado de Derecho

Fuego nuevo

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Un cuento del renacer en el mundo

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Alonso Cabrera

Facultad de Economía

Yo siempre viví aquí, en las faldas de mi cerro. Habité sus laderas mucho después de que lo  llamaran Huizachtepetl, en ese idioma náhuatl más antiguo que el polvo en mis pies. Aun así, mirarlo siempre me llenaba de miedo porque su sola presencia imponía, generando una sensación que se colaba en los huesos y salía en una tos seca, la misma sensación que generaba la sangre de los que murieron allá arriba hace tantos cientos de años.

Corría el año de 1923. Yo tendría unos diecisiete años. Éramos campesinos: mis abuelos, mis padres, mi hermano mayor, yo y el que venía detrás. Arábamos la tierra, llevábamos a pastar los burros. Los días eran largos y el sol caía como plomo sobre la espalda. La tierra, reseca y terca, se abría en grietas como bocas sin agua. Y ahí estábamos nosotros, los mismos de siempre, los de abajo, mirando de reojo ese cerro que parecía vigilarlo todo.

Eran finales de octubre y, como en todas las casas del país, las abuelas empezaban los preparativos para recordar a los difuntos: al abuelo Juan, al tío Delfino, al primo Wenceslao… a todos. Entonces comenzaban también los rumores en el pueblo: que los niños de la vecina habían ido a jugar al cerro y los espantó algún animal disfrazado de demonio, algún ruido extraño, alguna sombra.

Yo nunca me dejé asustar por esas historias. De niño jugué ahí con mi hermano Héctor, con los animales, a veces solo. Nunca vi ni oí nada demoníaco. Nada realmente aterrador. Creí que este año sería igual, pero mi hermano menor, Aquilino, ya tenía siete años y venía lleno de curiosidad. Tenía una inocencia pura, como el aire del pueblo, como el agua del pozo, como las nubes que flotaban sobre todos. Era un niño bueno, de esos que no agarraban más de una tortilla sin pedir permiso. Siempre detrás de mí como sombra chiquita, preguntando, queriendo entender el mundo que apenas empezaba a dibujarse para él.

Un par de días antes de los fieles difuntos, se me acercó y me dijo muy bajito:

—Rómulo… llévame a jugar al cerro, ¿sí?

Tiraba de mi camisa, con dos zapotes enormes por ojos.

—’Ira, Lino —le respondí mientras amarraba los costales de maíz al burro—, ahorita tengo que ir a la ciudad a vender esto. Pero mañana temprano te llevamos Héctor y yo, ¿va? Te enseñamos a agarrar chapulines.

—¡Va! ¡Y me llevas a ver la punta del cerro!

Y cumplí mi promesa. Héctor —que ya tenía veinte años y andaba en planes de casarse con una muchacha del pueblo— y yo fuimos con Lino. Atrapamos muchos chapulines, reímos, jugamos, comimos tortilla y subimos el cerro hasta casi su cima. Pero al bajar, Lino se quedó quieto. Veía fijamente un arco de piedras que se abría hacia las entrañas del gigante. Era una cueva oscura que me estremeció. Juraría que olía a copal y a carne de animal podrida.

—Rómulo… ¿Qué es eso?
—Nada —respondí seco—. Una cuevita. Vámonos. 

Pero sabía muy bien qué lugar era. Nuestros tíos nos contaban historias. Aquel sitio no tenía nombre, o ninguno que alguien se atreviera a pronunciar. Le decíamos simplemente “La Cueva”. Las historias eran parecidas: que ahí llegaban los muertos en los días de fieles difuntos; que ahí se habían perdido niños; que había apariciones. Héctor y yo íbamos seguido de chamacos y nunca pasaba nada interesante: algún borracho desmayado, una pareja escondida, algún animal descansando… Lo único que siempre nos inquietaba era la figura tallada en el centro.

Parecía formada desde antes del tiempo. Tallada en la roca viva, ennegrecida por siglos de humo y viento, la figura nos miraba sin ojos. Parecía un rostro descarnado: una calavera con la boca abierta, como si riera o gritara. Una sonrisa petrificada que por momentos parecía moverse, latir. Del cuello le colgaba un collar de manos humanas. Eran de piedra, sí, pero tan detalladas que se veían las uñas, las arrugas, los nudillos partidos. No parecían trofeos, sino promesas.

El torso era puro hueso, costillas marcadas como cuchillas. En el centro, en lugar de corazón, había un agujero, un hueco más negro que la propia cueva. Los pies no tocaban el suelo; bajo ellos, un círculo de calaveras talladas en espiral, apiladas con un orden siniestro. Y las manos… demasiado largas, torcidas, como garras de algo que no era hombre. ¿Dios? ¿Demonio? ¿Otra cosa?

Pero lo peor no era lo visible, sino lo que hacía sentir. Una presencia antigua, más vieja que cualquier palabra. Aun con el horror que infundía, nunca creímos que tuviera poder real. No hasta ese día.

La mañana del 2 de noviembre me desperté como cada año para ver la ofrenda, encender las veladoras y preparar lo necesario para ir al panteón de San Nicolás. Entonces noté la ausencia. Corrí. Mis pulmones ardían. El cielo estaba inmóvil, sin pájaros ni nubes. Solo el cerro respirando. Y un canto:

“Xihuitl yohualli tlahtoa in yolotl helehuelitic”.

Y entendí. La sangre debía correr otra vez. Pero no entendí por qué Lino.

Corrí hasta la cueva. Ella me tragó. El aire adentro era espeso, tibio, con sabor a cobre. El suelo no era tierra, sino huesos, cráneos, costillas que crujían bajo mis pasos. Un murmullo llenaba la caverna. No era viento, era un rezo antiguo. Supe, antes de verlo, que había llegado tarde.

Mi hermanito estaba ahí. Desnudo, con la piel tensa y brillante, temblando no de miedo sino como quien está por ser tocado por algo inmenso.

Entonces salieron del humo, sin caminar, como si se desarrollaran del aire figuras de mujer hechas de hueso y de noche. De sus costillas brotaban serpientes; sus cabelleras eran espinas y culebras diminutas. Sus rostros eran ruinas: uno de jade, otro formado de cráneos de niño, otro sin boca pero lleno de dientes. No hablaban. El sonido surgía del aire mismo.

Sus cuerpos cambiaban con la luz. Tenían brazos que se multiplicaban, terminando en garras o muñones que sangraban polvo dorado. En sus pechos latía una piedra ardiente, una obsidiana viva. Cada pulso iluminaba dibujos antiguos: soles desangrados, hombres sin rostro, montañas con la figura de bocas abiertas.

La más alta extendió los brazos. En la palma tenía un ojo negro que respiraba. La cueva vibró. Las serpientes olfateaban la sangre de mi hermano. Su aliento era frío, con olor a metal y eclipses viejos. Entonces una de ellas lo tocó. No lo desgarró, lo absorbió. Su piel se volvió espejo y se quebró. En cada fragmento se abrió una boca. Y todas devoraron a la vez.

El aire se llenó de los gritos de mi hermano, de los míos, y los de quién sabe cuántos más. Las sombras danzaban, golpeando el suelo con extremidades que eran manos y pies al mismo tiempo. El sonido era insoportable: hueso contra piedra, piedra contra cielo.

El cuerpo de mi hermano se arqueó. Su vientre se infló, su pecho colapsó, la piel se abrió como mazorca madura. De las grietas brotó una luz roja y dorada. Las sombras se lanzaron sobre él. Hundieron las manos. Hundieron los dientes. Su carne fluyó hacia sus bocas como miel caliente. Su cabeza se partió hacia atrás. De su garganta salió un vapor blanco que olía a maíz quemado. Un brazo siguió moviéndose incluso después de arrancado. Su rostro, partido, quiso pronunciar mi nombre.

Intenté gritar, pero la cueva se tragó el sonido y me lo devolvió multiplicado, como si mil voces gritaran conmigo.

Las sombras se alzaron. De sus vientres colgaban rostros de niños, de sacrificados. Entonces entendí que no era un crimen. Era una ceremonia.

La luz de mi hermano subió al techo y se condensó, formando una esfera palpitante. Iluminó cuerpos fundidos, bocas abiertas, miradas atrapadas. Todos vivos en la muerte. Aquilino ya no estaba. Solo su sombra ardiendo en espiral.

El suelo latía, como un corazón bajo el cerro.

Y supe, aunque no quería saberlo, que había presenciado el renacer del fuego del mundo. El fuego que no debe apagarse. El fuego que exige, cada cierto tiempo, una vida que no tema mirar al cielo.

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