Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
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Moisés Ovando Gómez / Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Manifiesto corporal

Número 14 / JULIO - SEPTIEMBRE 2024

El cuerpo cuenta historias, los prejuicios las borran

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Lisbeth Gonsen Muñoz

Facultad de Filosofía y Letras

Si existiera en el mundo una persona más libre se vería menos como yo. Se vería más como ella.

Siento las miradas de las personas con una violencia intrínseca, es una gran habilidad que me advierte de que una vez más he sido calificada como inadecuada. ¿No ven acaso lo que en realidad vale la tinta en mi cuerpo?, ¿el color en mi cabello?, ¿la joyería en mi cara?, ¿no conciben al menos en sus cabezas canas y festivales de ideas estáticas la disciplina que representa mi apariencia? Mi cuerpo entero es un manifiesto de mi rigor y temperamento. 

La tinta en mi carne, por la que me tuve que someter por horas a una aguja y por horas a su cicatrización. El color en mi cabello, por el que sacrifico tiempo no reembolsable en reaplicar su color y sacrificar algo más de espacio libre en mis bolsillos con productos para mantener su vivacidad. La joyería, adornando mis labios y mi ceja por la que me senté pacientemente a que me atravesara la piel con tajante pulcritud y a la que cuido pacientemente todo el día para su curación. 

Todo en mi cuerpo es reluciente, todo fue llevado a cabo con fría profesionalidad y meticulosa precisión. En tablas estériles de acero, con material sellado quirúrgico, bajo luces de ochocientos watts en sillas de cuero que no permitirían manchas. En manos con al menos diez años de experiencia y bajo la mirada escrutadora de mis propios estándares que no permitirían en ningún momento que invirtiera menos dinero, tiempo o esfuerzo en ninguno de estos procesos. 

Mi cuerpo es la prueba más grande y evidente de mi disciplina y jamás es apreciado. Oportunidades se me cierran como se cierran capullos de insectos y las miradas que me siguen por la calle me queman la piel de la nuca con sus juicios y malas intenciones. Pero en el prejuicio contra mi cuerpo no sólo se pierde la disciplina. En los juicios a mi cuerpo se pierden los mensajes de los tatuajes en mi carne que cuentan la historia de mi vida: las espadas por mis abuelos, el sol por mi madre, las líneas que recorren como un río todo mi brazo izquierdo y las últimas palabras de mi mejor amiga en la muñeca; la flor de crisantemo y el pequeño barco de papel. Todos sus significados perdidos ante las juzgadoras opiniones de quienes sólo ven daño, sangre y tinta. 

En los juicios de mi cuerpo se pierden las tonalidades de mi cabello. La profundidad del azul y los rayos verdosos. Mechones de un vibrante turquesa mezclados con intensa esmeralda y luego destellos dorados, platinos, cobaltos. Su belleza entera perdida entre los mares de marrones y rubios considerados naturales y de mayor valor. 

En los juicios de mi cuerpo se pierden los brillos de la argolla que decora mi ceja y la perla que atraviesa mis labios. La argolla, de titanio, colocada apenas unos milímetros a lado de la cicatriz que obtuve por ser demasiado niña en algún juego, pero que me recuerda a la calidez de mi infancia. La perla de un brillante plateado que descansa en mi labio superior, en el arco de cupido, como un recuerdo de la sabiduría de mi abuela. Su trascendencia perdida ante las miradas que solo ven metal frío y rígido. 

En mi cuerpo se encuentra enmarcada mi historia. En mi cuerpo se refleja lo que me hace humana. Si logro entonces llegar a un mundo reformado en el que lo primero que se refleje en esa tinta, en esos colores, en esas joyas no sean los prejuicios de mi estilo sino la brutalidad de mi disciplina, ¿habrá nuevos juicios por mi apariencia? Quizá en ese mundo los tatuajes de mayor tamaño y con más colores sean los más buscados, pues reflejarían mayor paciencia. Quizá los colores más saturados y brillantes serían los requeridos en las cabelleras, pues reflejarían el rigor y puntualidad de retocar y ajustar los fantasiosos tonos. Quizá las perforaciones más inusuales serían vistas con envidia, pues serían las más costosas. Quizá nada de eso pasaría y la apariencia de las personas dejaría de ser su tarjeta de presentación para juzgar si debía tomarse en serio o no. Si eran decentes o no. Si eran peligrosas, capaces, inteligentes, profesionales, criminales, santas o no. Por ahora sólo sé que me espera una nueva entrevista de trabajo, en mi fotografía relucen mi tinta, colores y joyas.

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