La magia de D&D
Por: Bruno Daniel Gonzalez Sanchez
¿Cómo un dado de 20 caras me ayuda emocionalmente?
Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9
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Vivimos en una época sin precedentes en cuanto al avance tecnológico se refiere. Durante el último siglo, tanto el conocimiento científico como el arte y la sociedad en general, han experimentado una multitud de cambios que serían imposibles de enumerar.
Para comprender esta transformación, debemos remontarnos a finales del siglo XIX, cuando surgieron los primeros inventos considerados medios tecnológicos de entretenimiento: el fonógrafo (1877) y el cine mudo (1895). Desde entonces, el entretenimiento no ha dejado de evolucionar, desde las primeras transmisiones de radio, hasta la era de los smartphones y las sofisticadas experiencias inmersivas.
Estos avances han tenido un gran impacto en nuestras vidas. Hoy en día, casi todo el mundo tiene un smartphone al alcance de la mano, dispositivo que (para bien o para mal) se ha convertido en una necesidad en la sociedad contemporánea.
Más allá de la comodidad o el acceso instantáneo a todo tipo de información, estas tecnologías moldean cómo percibimos el mundo, a nosotros mismos y a los demás. El internet y las redes sociales no sólo entretienen, sino que exponen de manera constante ideas, pensamientos, estilos de vida y valores que, consciente o inconscientemente, influyen en nuestras conductas diarias e incluso, moldean nuestras creencias más profundas.
El papel del entretenimiento en la construcción de creencias
Las series, películas y música modernas no sólo cuentan historias, también transmiten valores, ideologías y visiones del mundo, planteando dilemas, cuestionando instituciones o promoviendo formas de pensamiento que desafían a las más tradicionalistas con el fin de generar un cambio. Tienen el poder de normalizar ideas y comportamientos –incluso los más disruptivos– simplemente al presentarlos de forma reiterada y estéticamente atractiva. Su influencia es poderosa por su capacidad de involucrar emocionalmente al espectador. Mediante tramas cuidadosamente diseñadas, personajes complejos y narrativas envolventes, el público no sólo consume una historia: la vive, se identifica y, en muchos casos, adopta sus valores como propios.
Son diversas las series que presentan realidades distópicas o alternativas en las que se desafían los conceptos clásicos de ética, familia, fe o autoridad moral, y aunque este tipo de contenido puede fomentar el pensamiento crítico, también corre el riesgo de la normalización de conductas o valores sin una reflexión de por medio, parte bastante importante al momento de adoptar creencias en la vida de una persona, especialmente entre las audiencias más jóvenes o vulnerables emocionalmente. Aquellos comportamientos que se muestran en pantalla como entretenidos, transgresores, revolucionarios y deseables pueden pasar a ser parte del imaginario colectivo.
Redes sociales: una nueva narrativa fragmentada
A su vez, las redes sociales, con su rápida propagación, se han convertido en fuente de contenido visual y narrativo que, de igual manera, han moldeado nuestras creencias. A través de plataformas como TikTok, Instagram, YouTube o X, se nos guía a desarrollar una tendencia consumista, dictando un placer efímero y sin un propósito. Son millones las personas que consumen (y producen) mensajes de espiritualidad, moral, estilo de vida y “éxito”. Influencers, celebridades y creadores de contenido dan versiones diversas del mundo, algunas basadas en experiencias genuinas, pero la mayoría de ellas guiadas por los intereses personales, tendencias, prácticas comerciales y una gran superficialidad.
En redes sociales, todo parece estar diseñado para el consumo rápido y emocional: desde cuerpos perfectos, filosofías simplificadas o incluso religiones reducidas únicamente a una moda, todo lo cual es severamente dañino, dando lugar a una espiritualidad fraccionada y haciendo que muchas personas (especialmente los jóvenes) terminen desarrollando una identidad digital que no refleja su realidad, sino una versión idealizada de sí mismos.
Esto alimenta la comparación, la ansiedad por validación y la baja autoestima que se oculta detrás de filtros y publicaciones, formando una espiritualidad fragmentada, donde se mezclan ideas sin comprenderse y se pierde la profundidad, la coherencia y el sentido de pertenencia.
La exposición constante a este contenido tan estimulante, a estos “fragmentos” de ideas, sin una opinión propia, en la que se combinan elementos de distintas doctrinas sin profundidad o un sentido de comunidad es severamente dañina. Mientras que, al mismo tiempo, el algoritmo, diseñado para maximizar el tiempo en la plataforma, analiza cada interacción que realizas: qué ves, cuánto tiempo lo miras, si lo comentas, compartes o te detienes al hacer scroll, filtrando así el contenido para presentarte lo que es más probable que te guste o te reafirme. El problema es que rara vez te expone a puntos de vista contrarios o desafiantes, dando una falsa ilusión de la verdad absoluta, cuando en realidad, sólo estás viendo una pequeña fracción del espectro de ideas. Es así que se favorece cada vez más la polarización de la sociedad y se refuerzan todas esas burbujas ideológicas que dividen cada vez más a nuestra comunidad, lo que puede erosionar nuestra capacidad de reflexionar, de conectar y de construir una identidad sólida, auténtica y humana.
El principio del 90-9-1: ¿quién tiene realmente la voz?
Y, ¿qué es lo más llamativo de esto? Que no todos participan de igual manera en esta dinámica, existe un fenómeno conocido como el principio del 90-9-1, el cual describe la interacción entre comunidades digitales, en donde aproximadamente el 1% de los usuarios crea activamente el contenido, el 9% interactúa de forma ocasional (comentando o compartiendo), y el 90% restante observa pasivamente.
Este fenómeno crea una falsa percepción de consenso. Lo que parece ser una opinión mayoritaria puede ser sólo la voz repetida de unos pocos activos. Así, muchas personas adaptan sus creencias y actitudes a lo que ven con frecuencia, aunque no estén del todo de acuerdo.
Las tecnologías han traído consigo grandes avances: han democratizado la información, multiplicado nuestras formas de expresión y permitido conexiones globales antes inimaginables. Pero, también han generado nuevas formas de condicionamiento que operan de manera sutil, persistente e incluso invisible, dejando de ser espacios de interacción para convertirse en escenarios donde se escenifican identidades, se comercializan ideales y se redefinen valores culturales.
Es urgente reconocer que la forma en que consumimos contenido no es neutral. Cada clic, cada scroll y cada publicación forma parte de un sistema más amplio que influye directamente en cómo nos comprendemos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.
No se trata de caer en una postura pesimista o de rechazar el mundo digital, sino de habitarlo con mayor conciencia. De hacer pausas, preguntarnos qué estamos viendo, por qué lo estamos viendo y cómo eso afecta nuestras decisiones, emociones y creencias. De resistir la tentación de vivir sólo en la superficie, asumir que nuestras ideas no tienen por qué ser producto del algoritmo ni nuestras emociones dictadas por la viralidad.
Frente a la fragmentación, el exceso y la sobreestimulación, urge volver a lo esencial: al pensamiento propio, a la conversación significativa, al cuestionamiento honesto y a la construcción de una identidad que no esté sujeta únicamente a los estímulos externos. Necesitamos recuperar el tiempo para el silencio, la duda, la contradicción y la profundidad.
Sólo así, con un enfoque más consciente, crítico y humano, podremos aprovechar las herramientas tecnológicas sin que ellas nos dominen. Sólo así podremos decidir (y no sólo consumir) qué ideas queremos defender, qué valores deseamos encarnar y, sobre todo, qué tipo de mundo queremos construir.
Por: Bruno Daniel Gonzalez Sanchez
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Una respuesta
Me parece acertado el artículo, además, pienso que el uso del internet para informar sobre religiones, también depende del estudio de la teología que toma cada usuario.
También se podría revisar desde qué lugares se está hablando, si tomamos el modelo de radar de ética filófica de Alba Carosio (en “La ética feminista: Más allá de la justicia”) y C.S. Lewis (en “El Veneno del Subjetivismo), podremos detectar también qué se está diciendo en el sentido moral de la investigación.
Agregando en qué tipo de teología se está adhiriendo sobre la marcha, en el momento que el comunicador esté hablando, como se muestra en “A Practical Primer on Theological Method: Table Manners for Discussing God, His Works, and His Ways” de Glenn Kreider