CTM: bienestar emocional
Por: Esther Gómez Parra
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Facultad de Derecho
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En medio del miedo, la violencia y el avance de discursos autoritarios, las juventudes observamos el mundo desde nuestras pantallas, intentando comprender qué lugar ocupan nuestras cuerpas, nuestros deseos y nuestras formas de vivir.
Históricamente, las mujeres hemos destacado en la construcción de redes de cuidado: en la amistad, en la crianza, en la enseñanza, en el sostenimiento de vínculos y en la creación de espacios de afecto y comunidad. Sin embargo, hoy surge una pregunta necesaria: ¿en qué lugar se sitúa ese cuidado en un contexto marcado por el avance de proyectos políticos conservadores y autoritarios? ¿Qué valores están definiendo hoy el derecho al placer y a la autonomía de las mujeres?
Todos los días, en videos de menos de quince segundos, se nos presenta un ideal de mujer perfecta. Una cocina impecable en tonos pastel, un hogar ordenado y una mujer siempre arreglada, serena y productiva. Pero la realidad mexicana dista mucho de esa imagen. Las mujeres que se dedican al trabajo doméstico y de cuidados rara vez tienen tiempo para sí mismas. Son quienes cocinan, limpian, cuidan, lavan y sostienen la vida cotidiana, muchas veces sin reconocimiento ni apoyo. En esas condiciones, la perfección estética que circula en redes sociales resulta no solo irreal, sino profundamente injusta.
A la par, también se nos presenta otro modelo de mujer “perfecta”: la mujer empoderada, libre y sensual que vende contenido íntimo en plataformas digitales. Bajo el discurso de la autonomía y la libertad, este modelo muchas veces reproduce nuevas formas de explotación. Se presenta como empoderamiento lo que en realidad es trabajo precarizado dentro de plataformas que obtienen ganancias millonarias a partir del contenido producido por sus usuarias.
Otro ideal que se nos ofrece es el de la mujer exitosa en el mundo empresarial: aquella que ocupa altos cargos, tiene grandes salarios y aparentemente lo tiene todo. Sin embargo, rara vez se menciona que muchas de estas mujeres siguen enfrentando discriminación en espacios laborales dominados por hombres, jornadas interminables y una vida personal sacrificada en nombre de la productividad.
Estos ejemplos muestran que constantemente se nos dice dos cosas: qué significa ser mujer y qué significa ser una mujer exitosa o “perfecta”. Estas narrativas inevitablemente influyen en nuestra forma de desear, de vincularnos y de habitar nuestra sexualidad.
El derecho al placer de las mujeres no comienza en la cama ni en un vínculo sexual. Comienza mucho antes: cuando podemos disfrutar lo que hacemos, cuando habitamos lo que somos sin la presión constante de cumplir expectativas externas.
En México, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INEGI, las mujeres dedican en promedio 39.7 horas semanales a tareas domésticas y de cuidado, mientras que los hombres dedican 18.2 horas, una diferencia de más de 21 horas a la semana. Además, el 66.8% del tiempo de trabajo de las mujeres se destina a actividades no remuneradas, lo que reduce significativamente su tiempo personal, de descanso o autocuidado. Estos excesos se asocian con peor salud mental y menor calidad del sueño.
Hablar de salud mental en las mujeres también implica hablar de la forma en que habitamos nuestro cuerpo y nuestra sexualidad. Cuando el tiempo propio es escaso, cuando el cuidado de la vida recae de forma desproporcionada en las mujeres y cuando las emociones se gestionan en soledad, el deseo también se ve atravesado por estas condiciones.
Como señaló la feminista Carol Hanisch, lo personal es político. Aquello que ocurre en los espacios más íntimos de nuestras vidas, el hogar, la cocina, el cuerpo y el deseo, no está separado de las estructuras de poder que organizan la sociedad. No es una experiencia aislada, es el reflejo de estructuras sociales que determinan qué se espera de las mujeres y qué lugar se nos permite ocupar. Las expectativas sobre cómo debe vivir una mujer, cómo debe verse o incluso cómo debe desear no nacen de manera aislada, son narrativas que se construyen socialmente y que terminan moldeando nuestras experiencias más cotidianas.
Otra autora feminista que permite profundizar en esta discusión es Audre Lorde, quien en su ensayo Uses of the Erotic: The Erotic as Power plantea que lo erótico constituye una fuente de poder y conocimiento para las mujeres. Lorde explica que lo erótico no debe entenderse únicamente como una dimensión sexual, sino como una energía vital vinculada con la capacidad de sentir profundamente, reconocer el propio bienestar y afirmar la dignidad de la propia vida. Desde esta perspectiva, negar o controlar el acceso de las mujeres a su placer y a su capacidad de sentir también tiene implicaciones en su bienestar emocional. En ese sentido, la reflexión sobre el placer y la sexualidad no puede separarse de la conversación sobre salud mental: ambas se encuentran atravesadas por las condiciones sociales, culturales y políticas que determinan cuánto espacio tenemos para habitar nuestro cuerpo con libertad, descanso y autonomía.
El placer, entonces, deja de ser solo una experiencia íntima y se convierte en una cuestión política. En un contexto donde resurgen discursos conservadores que buscan regular las cuerpas, disciplinar la sexualidad y definir qué deseos son legítimos y cuáles no, preguntarnos por nuestro propio placer se vuelve un ejercicio de autonomía. ¿Nos gusta lo que nos gusta por elección o porque aprendimos a desear dentro de ciertos límites? Pensar la sexualidad desde la salud mental implica reconocer que el derecho a sentir, a consentir y a explorar el propio deseo también forma parte de una vida digna.
En este contexto, reapropiarnos de nuestras decisiones afectivas y sexuales también se vuelve un acto de cuidado. Elegir tener o no tener relaciones, optar por el celibato no como imposición moral o religiosa sino como una decisión consciente, o replantear los vínculos que construimos, son formas de ejercer autonomía sobre el propio cuerpo y la propia vida emocional. El autocuidado, sin embargo, no puede pensarse únicamente como una responsabilidad individual, también requiere transformar las condiciones colectivas en las que vivimos.
Crear comunidades más solidarias, redistribuir los cuidados y construir vínculos afectivos más sanos permite abrir espacio para que el deseo, el placer y la tranquilidad emocional dejen de ser privilegios ocasionales y se conviertan en parte de una vida digna. Pensar la salud mental como un derecho implica, entonces, reconocer que también se construye en lo cotidiano: en cómo nos cuidamos, en cómo nos relacionamos y en la posibilidad real de habitar nuestra sexualidad con libertad.
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