En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
El País

Todo el día vivimos violencia

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Aunque no se vuelva noticia, hagamos la paz cotidiana

Picture of Dayann Aracely Vilchis Acosta

Dayann Aracely Vilchis Acosta

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

Desde que entré a sociología me di cuenta de algo que antes no veía tan claro: la violencia está en todos lados, no solo en las noticias o en las cosas fuertes que pasan sino también está en lo diario, en lo que mucha gente ya ve como normal. En el miedo de salir de casa temprano, en los gritos en la calle, en los comentarios feos que algunas personas hacen como si fueran chistes. Y cuando vivimos así todos los días, hasta se siente raro hablar de paz.

A veces me pregunto si no es una contradicción. O sea ¿Cómo vamos a hablar de paz si lo que más vivimos es violencia? Pero luego pienso que es justo por eso  que hay que hablar del tema. Porque si no lo hacemos,  se vuelve tan común que ya nadie la cuestiona.

En clase vimos que la violencia no siempre es física, muchas veces está en cómo te tratan, cómo te hablan, cómo te miran. En las oportunidades que no te dan, en el transporte donde ya vas con miedo, en el machismo que la gente sigue justificando, en el clasismo y el racismo que todavía existe aunque muchos digan que “ya no pasa”. Todo eso también es violencia, solo que más silenciosa.

Y algo que me dejó pensando es que antes de que pase algo muy grave (como un odio organizado o incluso un genocidio) siempre hay señales pequeñas. Cosas que parecen tontas: burlas, chistes, comentarios que hacen menos a otros, momentos donde todos guardan silencio aunque saben que algo está mal. Si no hacemos nada con esas violencias chiquitas, un día pueden convertirse en algo mucho más grande.

Por eso creo que la paz no empieza arriba, ni en discursos oficiales. Empieza aquí, en lo que hacemos todos los días, en decidir no repetir los mismos comportamientos que nos dañan. En hablar cuando vemos algo injusto. En no quedarnos callados solo por costumbre.

A veces pensamos que como somos estudiantes no tenemos mucha voz, pero sí la tenemos. Somos quienes estamos aprendiendo a ver la realidad con otros ojos, quienes podemos decir que algo no está bien aunque todos actúen como si lo fuera. Y eso ya es un paso de alguna forma.

Hablar de paz no es ser ingenuo. Es tener ganas de que las cosas cambien. Es no aceptar que la violencia sea lo único posible y aunque sea difícil, creo que la paz se construye poquito a poquito, en cosas sencillas, incluso cuando parece que no sirven de nada.

La paz no va a llegar sola. Tenemos que hacerla, con dudas, a veces con miedo, pero también con la idea clara de que merecemos algo mejor. Que nadie debería acostumbrarse a vivir con miedo y que aunque la violencia sea lo de todos los días, todavía podemos elegir no repetirla y no normalizarla.

A veces también pienso en cómo crecimos escuchando que “así es el país” o que “la vida es así” siento que esas frases, aunque parezcan normales, también nos van apagando. Como si no tuviéramos derecho a imaginar algo distinto. Como si pedir una vida mejor, sin miedo fuera demasiado pero no debería serlo. No tendría por qué ser un lujo caminar sin sentir que algo puede pasar, no tendría que dar terror alzar la voz. No tendría que darnos pena decir que queremos paz.

Lo más fuerte es que, aunque vivimos tantas violencias, todavía tenemos momentos que nos recuerdan que otra forma de vivir sí es posible. Cuando alguien te ayuda sin pedir nada, cuando un desconocido te cuida en la calle, cuando un profe se toma el tiempo de escucharte, cuando tus amigas te acompañan en lo difícil. Esas cosas también existen, solo que no hacen ruido. No son noticia. No se viralizan pero ahí están, como pruebas pequeñas de que no todo está perdido.

Creo que la paz también tiene que ver con recuperar esas cosas: la empatía, la escucha, la comunidad. Porque si la violencia se sostiene en el miedo y la indiferencia, la paz se sostiene en lo contrario: en reconocernos, en tratarnos como personas y no como amenazas. Y aunque suene simple, a veces lo más simple es lo que más cuesta.

Algo que me ha servido en sociología es aprender a cuestionar lo que siempre nos dijeron que era “normal”. Porque si no lo cuestionamos, entonces ¿qué estamos estudiando?, ¿para qué sirve entender la sociedad si no vamos a incomodarla tantito? A veces siento que nuestra generación sí está dispuesta a hacerlo. A no quedarse con lo de siempre. A decir lo que muchas veces se calla.

Y sí, claro que da miedo, que cansa, que a veces parece que no cambia nada. Pero creo que la paz es eso: insistir aunque el entorno sea duro, aunque parezca lento. Insistir porque sabemos que vivir con miedo no es vivir.

Si la violencia cotidiana abre la puerta a violencias más grandes, entonces la paz cotidiana también puede abrir la puerta a algo mejor. Aunque sea poquito. Aunque sea lento. Aunque nadie lo aplauda. Aunque parezca invisible y no se haga viral como la violencia o las tragedias de nuestro país.

Al final, creo que hablar de paz no es un acto de ingenuidad. Es un acto de resistencia. Es una forma de decir que la violencia no nos ganó por completo, que todavía queda algo dentro de nosotros que quiere un mundo distinto, creemos que es posible. Y mientras exista esa posibilidad, por pequeña que sea, vale la pena intentarlo.

Lee aquí más artículos relacionados

CTM: bienestar emocional

CTM: bienestar emocional

Por: Esther Gómez Parra
Manual para saber si formas parte del gremio desechable

Leer
Transformar el miedo en acción colectiva

Transformar el miedo en acción colectiva

Por: Carla González Méndez
Alternativas radicales para combatir la crisis climática

Leer
Cuando el sistema enferma la salud mental

Cuando el sistema enferma la salud mental

Por: Irving González Meraz
El capitalismo necesita cuidados, pero jamás los cuida

Leer
El baile de los que sobran

El baile de los que sobran

Por: Jaziel Arath Hernández Salazar
No todos llegan, y eso también es desigualdad

Leer
El discurso de la precariedad en el autocuidado

El discurso de la precariedad en el autocuidado

Por: Mariana Montes Hernández
Cuidarse también implica sobrevivir económicamente

Leer
La magia de D&D

La magia de D&D

Por: Bruno Daniel Gonzalez Sanchez
¿Cómo un dado de 20 caras me ayuda emocionalmente?

Leer

Deja tus comentarios sobre el artículo

Todo el día vivimos violencia

Una respuesta

  1. Duele porque tienes razón: nos acostumbramos a las “violencias chiquitas”. Al chiste que humilla, al mirar a otro lado. Y da en el clavo cuando dice que hablar de paz no es de ingenuos, es de tercos. De gente que insiste aunque dé miedo y parezca que nada cambia.
    Aplausos para ti
    Att Alison Cañizo ily

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

16 − 6 =