Amar a la vida
Por: Luz Noelia Arizmendi Ramírez
Poema para el cuidado mutuo
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Esta historia, que quiero llamar “parábola”, está dedicada a todas las almas que han sido laceradas, a las almas calladas por la guerra, la violencia, la desolación o el abandono; a las apuñaladas por el silencio paliado por la ficción. Quizá yo soy de esas almas, quizá nos podemos encontrar entre nosotras, conocernos, reconocernos y volver a vivir en paz.
Una mañana de abril, cuando sus padres ya estaban en el trabajo, el sol entibiaba los alféizares de todas las ventanas y las abejas comenzaban a garabatear el aire. El niño Luis despertó sin alas, sin ojos y sin manos. Lo primero que pensó fue: “¿Por qué?”. Y un lamento amargo resonó en cada rincón de su casa, sola, tibia, amarilla y espolvoreada de resolana.
El niño Luis, por supuesto, no podía ver nada, ni tocarlo; mucho menos podía volar a ninguno de los reinos que alguna vez visitó al colarse en su librero, su videocasetera o su estéreo. Desesperó por un momento: no volvería a tomar la mano de su madre al cruzar la calle ni a ver a su padre entrar por la puerta al regresar del trabajo. Tampoco podría leer sobre las minúsculas hormigas que tanto le fascinaban, todas juntas, todas en fila. Y sus cuencas vacías no pudieron derramar una sola lágrima al comprender que sus alas no volverían a sentir el aire frío de los cielos de la ciudad cuando planeaba de noche entre ellos.
No hubo lágrimas, ni gritos, ni temblores, ni berrinches, ni apenas movimiento alguno. Pero cualquiera que hubiese entrado habría sentido el peso de su estupefacción: un peso grave que lo vencía y lo destruía, que aplastaba su alma y su cuerpo y lo mantenía clavado de hinojos sobre un tapete rojo con estampado de balones de fútbol, en el centro de su cuarto, que tampoco volvería a descubrir. Nunca una casa había estado tan fría en abril; nunca una mañana se había visto tan oscura; nunca un niño había sido tan miserable como aquel al que le habían arrebatado la vida así, de forma tan repentina.
Pasaron los días. El niño Luis no sabe si sus padres lo abandonaron o si regresaron; no pudo darse cuenta y, en el fondo, tampoco querría saberlo. Cada día sin ojos, sin alas y sin manos se volvía más monótono, pero también menos espantoso en su ajenidad. Al menos ya no veía el ceño fruncido de su padre cuando no hacía la tarea, ni sentía el manotazo de su madre cuando tomaba y jugaba con las cosas de su cajón de maquillajes.
En sus últimos momentos de entusiasmo infantil, el niño Luis exploró su casa. Exactamente tres horas, cuarenta y siete minutos y doce segundos después de haber comenzado, encontró una especie de cama doblada que reconoció como el sillón de la sala. Como por arte de magia, empezó a oír voces digitalizadas que hablaban de cosas por completo desconocidas para él; pero, mientras lo hacían, reían: reían bien, reían fuerte, reían sin parar. El niño Luis supuso que, si se sentaba y reía también, sería tan feliz como esas voces, que pronto adivinó provenientes de la televisión. Entonces se sentó en el sillón de su casa, frente a ella, sin manos, sin ojos, sin alas.
Nadie sabe si fue la voluntad rota del niño Luis, el sillón, las risas o la televisión. Lo único que sabemos es que Luis ya no es un niño. Puede que hayan pasado segundos, minutos, horas, días, meses o años, porque lo único que permanece en ese sillón es un cuerpo de edad indefinible que no deja de reír con la televisión. Ríe sin parar, ríe fuerte, pero no ríe contento: ríe porque no sabe qué más hacer; ríe porque olvidó cómo hacer otra cosa; ríe porque no recuerda —no sabe y no quiere saber— que alguna vez tuvo ojos, tuvo manos y tuvo alas, y que podía colarse entre su librero, su videocasetera y su estéreo.
Cierro con la siguiente reflexión: que cuando la vida ataca y el impulso, sometido al yugo, casi lo pide y parece querer saltar al abismo, es precisamente entonces cuando se exige la nobleza de resistir. Es ahí cuando el corazón pide firmeza, pide una espada y arremete de vuelta contra la vida. Pero en su nobleza no ataca con amargura: ataca con cariño y con coraje, decidido a no rendirse, a arrancarse del pecho y salir de su jaula.
Por: Salvador Padilla García
Cuando el cariño es real, la memoria se vuelve castigo