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Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
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El discurso no es un simple reflejo de la realidad, sino su principal arquitecto, lejos de ser neutral, el lenguaje constituye el campo de batalla donde se definen, legitiman y perpetúan los estados de paz y guerra, no solo entre naciones, sino en las relaciones entre personas y en el interior de las conciencias.
Como fiel creyente del materialismo, sostengo que este enfoque es primordial para analizar cualquier fenómeno social, sin embargo, subestimar el poder del discurso en la construcción de percepciones y conciencias es un error frecuente y grave, pues es a través de él que la realidad material se interpreta, se justifica y se transforma.
La manipulación de la base material mediante el discurso es la operación maestra de empresas, políticos e influenciadores digitales, su objetivo último es el control de los individuos, no ya principalmente por la fuerza, sino a través de las ideas, para ello, se vale de una suerte de Neolengua contemporánea.
En 1984 de George Orwell, este mecanismo es llevado al extremo: Al eliminar palabras como “libertad” o “justicia”, el partido no solo censura ideas, sino que ejecuta una destrucción material de las herramientas mentales necesarias para conceptualizar la opresión.
La pobreza deja de ser miseria para convertirse en “economía de guerra”; la escasez se transforma en “austeridad patriótica”, el discurso, por tanto, no enmascara la realidad material, sino que construye el único marco perceptivo posible para entenderla, anulando la disidencia al hacerla literalmente impensable.
En la actualidad, el proceso es más sutil, pero no menos efectivo, ya no es necesario eliminar las palabras, sino vaciarlas de su significado original y redefinirlas mediante la repetición desde posiciones de poder, así, presenciamos cómo no hay “descarrilamientos” en el Tren Maya, sino “percances en el flujo de vía”; no hubo “fuga” en un ducto de Pemex, sino una “vaporización”; y las “mañaneras” no son un espacio de gobierno, sino “conferencias matutinas para la libertad de expresión”.
Este uso estratégico del lenguaje es el eje que articula proyectos hegemónicos como el de MORENA en México, el trumpismo en Estados Unidos, el libertarismo de Javier Milei o las declaraciones de figuras como Salinas Pliego, todos representan una lucha por las conciencias, donde se busca legitimar el poder de unos sobre otros, manteniendo a los de abajo en un estado de control y subyugación.
Este poder arquitectónico del discurso se manifiesta con máxima claridad en la construcción de la “paz” y la “guerra”, para el materialismo, la guerra es un conflicto por recursos y poder, Orwell no lo niega, pero añade una capa fundamental: Sin un discurso que la sustente, la guerra material no puede perdurar.
El conflicto perpetuo de Oceanía en 1984 es, en esencia, un recurso discursivo para el control interno, este mecanismo ficticio encuentra ecos perturbadores en realidades como la de Israel en Palestina, donde se esgrime un discurso de “guerra defensiva” contra un enemigo abrumadoramente más débil.
A través de medios como el Telediario orwelliano, el poder genera la materialidad psicológica del enemigo, porque a tu enemigo no necesitas verlo para odiarlo, solo imaginarlo como te lo ordenen, de otro modo, conociendo a tu enemigo, podrías correr el riesgo de amarlo, como lo haría el protagonista “El juego de Ender”, la consigna “Guerra es Paz” no es una paradoja, sino la expresión de una realidad construida: el estado de guerra externo (discurso) produce la cohesión y la sumisión interna (paz material para el régimen).
Esto nos lleva a una reflexión crucial: ¿En qué pensamos cuando escuchamos la palabra “Paz” en un conflicto donde no hay muertos, pero se despedazan el alma y la economía de las personas? ¿O qué significa “Guerra” en un contexto donde la muerte del otro se normaliza hasta volverse deseable? La comprensión de estas palabras, manipulada por el poder y asimilada por los sometidos, determina el resultado final: un discurso de sometimiento donde la libertad se convierte en una prisión, y la prisión, en la única libertad concebible.
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