La ley de los no nacidos
Por: Isabella Vega Valero
Las ausencias también pueden volverse multitud
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
La novela de Mary Shelley, “Frankenstein o el moderno Prometeo”, ha sido un libro ampliamente reconocido a nivel mundial. Se ha publicado en diferentes idiomas, se ha plasmado en televisión y recientemente Guillermo del Toro dirigió una adaptación de esta aclamada historia. Por lo tanto, existe un interés renovado por los personajes de Víctor Frankenstein, la criatura, entre otros. Por ello, me tomaré la molestia de analizar con mayor profundidad la novela para entender lo que Shelley tiene que contarnos y la relevancia que tiene su mensaje; sobre todo, para comprender las acciones que comete la creación de Víctor Frankenstein.
Comencemos por aclarar algo: no se trata de un monstruo, sino de una criatura. Lo menciono porque en la novela Víctor se refiere a él como un demonio o como un ser repulsivo. Sin embargo, estos son adjetivos que él utiliza para menospreciar a su creación, más no definen lo que realmente es. Aclarado esto, analicemos las primeras páginas del libro.
La novela se remonta a mediados del siglo XIX, en el norte de Europa. Comienza con el personaje de Robert Walton, un explorador atraído por las cualidades del magnetismo y por los misterios del mar de Noruega. Walton escribe cartas a su hermana para relatarle sus aventuras, sus infortunios y las razones por las que decidió emprender dicha travesía a pesar de las adversidades. Sin embargo, su viaje es interrumpido por el encuentro de una misteriosa criatura y, días después, por la aparición de un hombre agotado llamado Víctor Frankenstein. Después de ser atendido y sanar sus heridas, Víctor le cuenta a Walton sobre la aparición de aquel ser, primero pidiéndole que continúe su deseo de matar a la criatura y luego relatándole su historia y el origen de aquel ser al que llama monstruo.
Desde las primeras páginas, Mary Shelley nos muestra diversos matices. Por un lado, nos habla del profundo interés que existía en el siglo XIX por los descubrimientos científicos, del sacrificio al que se arriesgaban muchos exploradores al atravesar nuevas fronteras y de los peligros que debían afrontar los marineros al aventurarse en tierras lejanas. Pero también expone la avaricia y el egocentrismo del ser humano por querer ser el primero en alcanzar nuevas metas. Esto se refleja en Robert Walton, un hombre dispuesto a abandonar a su familia y poner en riesgo la vida de sus tripulantes con tal de ser el primero en comprender las leyes del magnetismo. Del mismo modo, encontramos a un casi moribundo Víctor que llega hasta Noruega con tal de matar a su creación. Todo ello nos ayuda a entender la psicología de quienes, en aquella época, buscaban comprender las ciencias y las leyes que rigen el mundo.
La ciencia no es un invento, sino un descubrimiento para entender el universo y sus leyes. Vista de esta manera, nuestra inteligencia es el filtro por el cual pasa la realidad con el fin de ser comprendida. Es por ello que resulta tan valiosa y única entre las especies de la Tierra. Para entender este concepto podemos retomar el mito de Prometeo, después de todo, es el nombre que acompaña a la novela. La historia griega relata que Prometeo, al ver la injusticia de los dioses por ser los únicos en poseer el fuego del conocimiento, decide robarlo y otorgarlo a los hombres. En consecuencia, es condenado a sufrir por el resto de la existencia.
De una forma sutil, Mary Shelley utiliza el fuego como metáfora del conocimiento y de la razón cuando la criatura tiene su primera interacción con este elemento. Citando el libro:
“Qué extraño pensé, que la misma causa [el fuego] produjera al mismo tiempo efectos tan contrarios [dolor]”.
Por otro lado, páginas más adelante, cuando la criatura monologa con Víctor, se refiere a la inteligencia con estas palabras:
“Pero el conocimiento solo logró aumentar mi pesadumbre. ¡Oh! ¡Ojalá me hubiera quedado para siempre en mi bosque primero, sin saber ni sentir nada más que el hambre, la sed o el calor! ¡Qué cosa más extraña es el conocimiento! Cuando se ha adquirido se aferra a la mente como el liquen a la roca”.
La inteligencia es un don que se le ha otorgado a las criaturas de este mundo para desarrollarse plenamente en el entorno en el que viven. Pero surge entonces una pregunta: ¿cómo obramos con esta cualidad? Nuestras acciones definen la persona que terminamos siendo. En este caso, Víctor pretendía comportarse como un dios dador de vida. Lo hace sin medir las consecuencias de sus actos, sin ser consciente de las repercusiones que tendrá el crear vida.
La criatura es un nuevo ser, con emociones, deseos y sueños que, como no tarda en comprender, no pueden ser satisfechos por los humanos, a quienes repugna su aspecto y aterroriza su fuerza.
“Creador insensible y despiadado… me otorgasteis sensaciones y pasiones, y luego me arrojaste al mundo para desprecio y horror de la humanidad […] y solo en vos decidí buscar la justicia que en vano intenté encontrar en cualquier otro ser de apariencia humana”.
Es por ello que, para la criatura, la inteligencia más que una virtud se convierte en una maldición. Pues es esta la que nos da la capacidad de reflexionar sobre nuestras acciones y las consecuencias que pueden traer. No es hasta que Víctor ve a su criatura viva que siente el peso de sus decisiones. Huye de su creación y, a pesar de sentir remordimiento, no duda en abandonar a su suerte al ser al que acaba de dar vida.
Sin embargo, esto no significa que no se sienta culpable o consumido por la idea de ser observado y juzgado por sus actos. Mary Shelley lo retrata al escribir un fragmento de “La balada del viejo marinero” de Coleridge entre los monólogos internos de Frankenstein:
“Como aquel que, en un sendero solitario, hace su camino con temor y miedo. Y habiéndose girado una vez, continúa andando y no gira la cabeza, porque sabe que un terrible demonio le sigue muy de cerca”.
Víctor, a lo largo de todo el libro, se sentirá responsable por las acciones de su criatura, aunque no pueda responder por ellas:
“Yo era, no física, pero sí efectivamente, el verdadero asesino”.
Aunque admite que no pretendía crear una criatura malvada, se considera responsable de su existencia y de las muertes que esta provoca.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿quién es el verdadero monstruo aquí?
Si dejamos de lado los atributos físicos, las diferencias entre Víctor y su criatura son escasas. Ambos poseen una profunda necesidad de ser aceptados: la criatura desea ser querido en un mundo que lo rechaza, mientras que Víctor, con su descubrimiento de dar vida a lo inanimado, pretende crear seres que lo adoren y lo veneren como a un dios. Por otra parte, ambos son impulsados por el deseo de venganza hacia quienes consideran responsables de sus desgracias.
Para continuar con esta parte del análisis es necesario hablar de Némesis. En la mitología griega, Némesis era la diosa de la venganza y de la justicia retributiva, considerada también una de las diosas del destino. Ella se encargaba de castigar la arrogancia humana y a quienes desafiaban a los dioses. Historias como las de Narciso, Ícaro o Aracne muestran cómo los mortales eran castigados por intentar transgredir los límites que los dioses les habían impuesto. Por ello, hoy utilizamos la palabra “némesis” para referirnos a algo o alguien que se convierte en nuestro antagonista o castigo.
La figura de Némesis aparece cuando Víctor, movido por su narcisismo, crea una criatura que desconoce las interacciones humanas y que inicialmente carece tanto de maldad como de bondad. Esto recuerda a la idea de tabula rasa propuesta por John Locke, según la cual las personas nacen sin una naturaleza moral definida y es la experiencia la que moldea su carácter. Sin embargo, la criatura es condenada al ostracismo debido a su deformidad. Rechazada por todos, termina castigando a Víctor mediante una serie de asesinatos que lo obligan a enfrentar las consecuencias de su creación.
Ambos terminan convirtiéndose en reflejos el uno del otro. Por ende, ambos son la némesis del otro.
“Qué mudables son nuestros sentimientos y cuán extraño es ese apego tenaz que tenemos a la vida incluso cuando estamos sufriendo horriblemente”.
Pero ellos no son los únicos protagonistas de esta historia. Como mencioné al inicio, al comienzo de la novela aparece Robert Walton. En él, Mary Shelley parece retratar una imagen de cómo pudo haber sido un joven Víctor: entusiasmado por la ciencia y sus misterios, dispuesto a hacer lo que sea por alcanzar el conocimiento.
Sin embargo, al encontrarse con un Víctor enfermo y moribundo —que primero le pide continuar su venganza y luego le advierte sobre no repetir sus errores— parece que Shelley nos advierte sobre el peligro de volar demasiado cerca del sol. Nos habla de los riesgos de no medir nuestras acciones y dejarnos llevar por la sed insaciable de alcanzar la grandeza.
La avaricia es una de las cualidades que diferencia al ser humano de otras especies. Por ello debemos saber cómo actuar con nuestra inteligencia si no queremos terminar como Víctor, consumido por su propia creación y por su ambición.
Si quieres saber en qué termina esta historia, invito al lector a leer la novela. Es una obra profunda, llena de matices y personajes con motivaciones complejas. Mary Shelley no nos dice qué debería haber hecho Víctor; ese es el ejercicio de reflexión que corresponde a nosotros, los lectores.
Frankenstein no está tan alejado de nuestra realidad. Ya no solo al hablar de figuras históricas o decisiones políticas que nos obligan a cuestionar la moralidad del progreso, sino también como un mensaje personal al lector sobre la responsabilidad de sus actos.
Al final, así como la criatura está formada por diferentes partes, nosotros también somos la suma de nuestras acciones.
Por: Isabella Vega Valero
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