En ausencia de…
Por Alexis Boleaga
¿Qué vida puede vivirse así?
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Thor, Zeus, Afrodita, Osiris, Kukulkán, Tyr, Mictlantecuhtli, Isis, Frejya, Tlaloc y los dioses celtas. Todos ellos, entre otros más, son dioses a los que ya no se les pide favores ni milagros, ni se edifican templos para ofrecerles ceremonias. En definitiva, son dioses muertos. Pero, ¿qué nos pueden enseñar? ¿Acaso pueden ser más que solo atracciones turísticas y, a través de ellos, conocer las culturas antiguas? La respuesta es sí. Conocerlos nos permite entender cómo la imagen de un dios dador de vida ha sido importante para las distintas civilizaciones.
Las sociedades antiguas nombraban, dotaban de rostro y atribuían cualidades físicas a lo que no podían explicar a través de la invención de algo intangible: los dioses. Experiencias como los sueños, que interpretaban como visiones sagradas; el consumo accidental de frutos fermentados que generaban sensaciones de placer; o el encuentro con hongos alucinógenos que alteraban la percepción de la realidad contribuyeron a moldear sus deidades y cosmovisión. Por otro lado, un segundo origen de los dioses provino de la curiosidad humana: una vez satisfechas las necesidades básicas, el ser humano empezó a preguntarse por el origen de los fenómenos naturales. Así, elementos como el sol y la luna representaban la dualidad entre muerte y renacimiento.
En la cultura griega se creía que el sol era arrastrado por el dios Helios para darle forma al día y la noche. En la mitología nórdica se representaba a este fenómeno como dos lobos (Skol y Hati) que perseguían al sol y la luna para desencadenar el Götterdämmerung (mejor conocido como Ragnarok). Para los aztecas el sol y la luna eran un jaguar y una serpiente en lucha constante; cuando la serpiente ganaba surgía la noche, mientras que el sol renacía luego para reclamar su lugar en el cielo (aunque existen otras representaciones por parte de los aztecas sobre este fenómeno).
La tierra y el agua adquirieron también un papel fundamental como símbolos de origen de la vida y la fertilidad. Dioses como Deméter o Tlaloc, son el claro ejemplo de ello. Las estatuillas, los grabados en piedra y demás representaciones son un claro ejemplo de la relevancia que tenían estos dioses para ser idolatrados, venerados y para pedirle favores, tales como ayudar a la fertilidad de las tierras, abundancia de lluvias, protección en la guerra, entre otros más.
Así, los dioses han servido como guías al ser humano para alumbrarlo y ayudar a las civilizaciones a prosperar. Pero en algún momento estos dioses dejaron de ser relevantes para las culturas. Podemos atribuirlo, en parte, a la evangelización cristiana, que buscó “civilizar” a los pueblos. (Como nota, el origen de la palabra pagano se origina para referirse a los pueblos incultos o carentes de la gracia del dios judeocristiano). Sin embargo, estos dioses no desaparecieron, sino que cambiaron de nombre.
Para explicarlo pongamos de ejemplo a la cultura azteca. En el libro La visión de los vencidos se menciona que entre los mexicas existía para cada dios dos aspectos o rostros: uno masculino y otro femenino, ambos reunidos bajo el título de Ometeotl “el dios de la dualidad”. Así como existía el Señor de la Región de los Muertos también existía Mictecacihuatl, quien es la señora de los muertos. Otro nombre relevante era Moyocoyatzin, que significa “el que se está inventando a sí mismo”. Este ejemplo muestra que los dioses no mueren. Contradiciendo la célebre frase de Nietzsche acerca de que “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”, los dioses solo cambian de nombre, pues son inmortales.
Si eres un ateo radical, de aquellos que se mofan de las religiones como lo es la judeocristiana y afirmas que Dios no existe, ¿A qué te refieres con Dios?. Carl Jung menciona en sus escritos que aquella virtud que más aprecies se convierte en tu Dios. Ese es el pilar que le da sentido y forma a tu vida. O como lo expresaría literalmente “hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida, y tú lo llamarás destino”. Lo que quiere decir es que si no controlas tus impulsos más arraigados y fuertes, ellos te controlarán a ti. Y lo harán sin que te des cuenta de ello. Lo mejor es mirarnos al espejo y reconocernos para saber lo que queremos y lo que le da sentido a nuestra vida.
Aunque hoy expliquemos el mundo a través de fenómenos naturales, la influencia de los antiguos dioses persiste. Ahora tenemos un nombre único para referirnos a esta deidad suprema, dadora de vida y origen de la bondad del ser humano. Pero no se trata de una cuestión de fe; de si crees o no en Dios. Personalmente, creo que si Dios existiera, sería indiferente al ser humano. Entonces, ¿para qué nos sirven estos dioses? Para representarnos. Para recordarnos que, si estamos hechos a la imagen y semejanza de Dios, entonces Dios está hecho a nuestra imagen y semejanza.
Los dioses son un reflejo nuestro: dadores de vida, llenos de dualidades, seres que nos reinventamos día con día. Nos recuerdan que la muerte solo existe en el olvido. Indiferentemente de que si crees o no en una vida después de la muerte, esta es solo una faceta la cual todos indudablemente atravesaremos. Por eso, como expresa el poema de Horacio, Carpe Diem: “aprovecha el día y de ninguna manera te confíes del mañana”. Hay que aprovechar cada segundo que la vida nos ofrece. Como Yahvé le dijo a Moisés cuando este preguntó por su identidad: “yo soy el que soy”. Nosotros también somos lo que somos: un conjunto de rostros que se reinventan, se reconstruyen y dan forma a nuestra existencia.
Así que Carpe diem. No vale la pena preocuparse por el tiempo: preocuparse es como rezarle al diablo. Vive y deja vivir.
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