En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Lisbet Alejandra Cruz Torres / Facultad de Artes y Diseño

Vida en tránsito

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

No es normal más trayecto que descanso

Raquel Moreno Portillo

Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Sur

“Son las 6:20 de la tarde y por el transbordo de la estación Centro Médico fluye una corriente interminable de personas cansadas. Hay estudiantes dormidos contra las paredes, trabajadores mirando el vacío y gente caminando rápido entre empujones. Afuera todavía hay luz, pero bajo tierra todo parece distinto”, relata Mariana, estudiante de licenciatura de la UNAM que utiliza la Línea 3 todos los días para llegar a Ciudad Universitaria.

La experiencia de pasar varias horas al día dentro del transporte público es una realidad compartida por miles de estudiantes en la Ciudad de México. Entre trayectos largos, transbordos saturados y jornadas escolares extensas, el cansancio físico y mental se ha convertido en parte de la rutina diaria. Lo preocupante es que muchas veces ese agotamiento se percibe como algo normal, casi inevitable, dentro de la vida estudiantil.

En una ciudad tan grande como la CDMX, trasladarse no significa únicamente moverse de un punto a otro. Para muchas personas, especialmente estudiantes, significa despertarse antes del amanecer, salir de casa todavía con sueño y regresar cuando el cielo ya oscureció. Significa pasar horas bajo tierra, entre túneles, estaciones y vagones llenos, mientras el resto del día parece reducirse cada vez más.

“Yo me despierto a las cuatro y media para llegar a mis clases”, cuenta Diego, estudiante de bachillerato de la UNAM. “Cuando regreso a casa ya estoy demasiado cansado para hacer cualquier otra cosa”.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), millones de personas utilizan el transporte público diariamente en la Zona Metropolitana del Valle de México. Los tiempos de traslado pueden superar fácilmente las dos horas diarias y, en algunos casos, ocupar incluso más tiempo que el descanso o la convivencia familiar.

En la Línea 3 del Metro, que conecta diversas zonas universitarias y laborales importantes, el cansancio colectivo se vuelve visible desde temprano. Por las mañanas, estudiantes recargados sobre sus mochilas intentan dormir algunos minutos antes de llegar a clases. Por las tardes, los vagones parecen llenarse de silencios agotados, miradas perdidas y personas que únicamente esperan llegar a casa.

Basta observar alrededor durante la hora pico para notar cómo gran parte de la vida ocurre dentro del transporte público: personas desayunando porque no tuvieron tiempo antes de salir de casa, estudiantes repasando apuntes antes de un examen, personas maquillándose usando la ventana como espejo improvisado y trabajadores dormidos de pie, apenas sosteniéndose de los tubos metálicos mientras el vagón se mueve bruscamente.

El transporte público deja de ser solamente un espacio de traslado y se convierte en un lugar donde las personas atraviesan cansancio, ansiedad, frustración y rutina al mismo tiempo.

“Llega un punto en el que te acostumbras a vivir cansada”, comenta otra estudiante universitaria que utiliza la Línea 3 todos los días para llegar a clases. “A veces paso más tiempo en el Metro que descansando en mi casa”.

Aunque frases como esta parezcan exageradas, forman parte de una experiencia compartida por miles de estudiantes en la ciudad. El problema no es únicamente la duración de los trayectos, sino la manera en que el agotamiento termina normalizándose. Dormir poco, comer rápido, vivir con sueño constantemente y pasar horas trasladándose se perciben como consecuencias inevitables de estudiar lejos de casa.

Además del cansancio físico, existe otro sentimiento que acompaña muchos trayectos diarios: el miedo.

Especialmente durante la noche, muchas mujeres estudiantes aseguran mantenerse alerta durante prácticamente todo el recorrido. Cambiarse de vagón, evitar ciertos caminos, fingir llamadas telefónicas o compartir ubicación en tiempo real son solo algunas medidas que se han vuelto parte de la rutina diaria para quienes regresan solas a casa.

“Siempre voy viendo quién se sube o quién viene detrás de mí”, explica Fernanda, estudiante de preparatoria de la UNAM. “Ya ni siquiera pienso en eso como algo raro; simplemente lo hago”.

Otras personas aseguran que el miedo cambia la manera en que viven la ciudad.

“Hay días en los que prefiero no quedarme más tiempo en la escuela porque sé que regresar implica sentirme insegura en todo el camino”, comenta Valeria, estudiante universitaria.

La normalización de estas conductas refleja una realidad preocupante: muchas personas han aprendido a adaptar su rutina al miedo. En lugar de sentirse seguras dentro del transporte público, viven constantemente alerta, incluso después de pasar horas cansadas por la escuela o el trabajo.

Sin embargo, el desgaste no siempre es visible. Muchas veces se esconde detrás de audífonos, pantallas de celular o miradas perdidas hacia los túneles oscuros del Metro. En una ciudad donde millones de personas pasan gran parte del día trasladándose, el cansancio colectivo parece haberse convertido en parte del paisaje urbano.

“A veces siento que mi vida entera ocurre en trayectos”, dice Mariana. “Salgo cansada de mi casa y regreso igual. Hay días en los que ni siquiera siento que tuve tiempo para mí”.

El problema va más allá del tráfico o la saturación de los vagones. También existe una pérdida oculta del tiempo personal. Horas que podrían dedicarse al descanso, la convivencia, el ocio o incluso la atención a la salud mental terminan absorbidas por trayectos largos y agotadores. Para muchos estudiantes, la vida cotidiana comienza y termina dentro del transporte público.

Hay quienes hacen tareas durante el trayecto para aprovechar el tiempo. Otros duermen algunos minutos antes de llegar a su estación. Algunos simplemente observan el reflejo de las luces sobre las ventanas mientras esperan llegar a casa. Poco a poco, las estaciones se vuelven parte de la rutina emocional de las personas: lugares asociados con cansancio, estrés, sueño o incluso ansiedad.

En la estación Centro Médico, por ejemplo, el transbordo parece una corriente interminable de cuerpos avanzando con prisa. Escaleras llenas, pasos acelerados, empujones y anuncios mezclándose con el ruido metálico de los vagones. Ahí resulta imposible no preguntarse cuánto tiempo de nuestra vida se queda atrapado entre estaciones.

“Lo peor es que ya todos lo vemos normal”, menciona Diego. “Como si fuera obligatorio vivir agotados”.

Vivir cansados se volvió normal. Pasar horas en trayectos diarios se volvió normal. Tener miedo al regresar a casa se volvió normal. Pasar buena parte de la vida dentro del transporte público se volvió normal.

Más allá del cansancio físico, vivir en tránsito también modifica la manera en que las personas experimentan sus entornos. Muchas veces los trayectos dejan de sentirse como simples recorridos y se convierten en una parte central de la rutina emocional de quienes pasan horas trasladándose todos los días.

Hay estudiantes que conocen mejor las estaciones del Metro que los lugares cercanos a sus casas. Otros han aprendido a calcular el tiempo exacto para dormir unos minutos antes de bajar del vagón o a identificar qué rutas son menos pesadas dependiendo de la hora.

Poco a poco, el transporte público se vuelve una extensión de la vida cotidiana. Ahí ocurren conversaciones, silencios, llamadas telefónicas, tareas de último momento y episodios de agotamiento que casi siempre pasan desapercibidos entre la multitud. En medio del ruido constante de los vagones y los transbordos, miles de personas intentan sostener rutinas cada vez más aceleradas.

Tal vez por eso el cansancio colectivo dentro del transporte público resulta tan fácil de reconocer. Está en las ojeras de los estudiantes que regresan de clases, en quienes cierran los ojos apenas unos minutos antes de llegar a su estación y en las personas que avanzan rápidamente entre túneles como si todavía quedara suficiente día para sobrevivir.

Mientras tanto, el Metro continúa avanzando cada día bajo tierra, transportando no solo pasajeros, sino también el desgaste físico y emocional de miles de personas que pasan buena parte de su vida en tránsito, intentando llegar a casa.

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