Sistema de Experiencias Colectivas
Por: Laura Jaramillo Rios
La necesidad de apropiarnos del metro como un lugar nuestro y habitable
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Son las 5:30 de la mañana y el sol sigue sin aparecer. Las primeras combis salen de la base y comienzan su largo recorrido. En sus asientos van personas que comparten el mismo fin: salir y buscar el pan de cada día. Cada mirada refleja cansancio, estrés, ansiedad y preocupación; además, el frío entra por los huesos, pero las cumbias y sonidos tropicales no dejan de retumbar por el altavoz, mismos que acompañan durante toda la jornada.
Así comienza la migración silenciosa de aquellos que viajan diariamente a la Ciudad de México, donde la vida se juega por el costo del pasaje, una cifra que va desde $14 a $32 pesos. De pronto, el caos, impaciente. Dos hombres con pasamontañas suben y, en medio de la oscuridad, sacan sus armas y golpean fuertemente la lámina para infundir miedo entre los pasajeros. Con tono firme y grave, le ordenan al chófer: “bájale a tu desmadre”, además, gritan el clásico y funesto: “orale hijos de su puta madre, celulares y carteras”.
La tortura termina pronto; los asaltantes bajan y se pierden entre la oscuridad. El silencio y la tensión está presente a lo largo del trayecto. La vida sigue con y sin teléfono, sin cartera e INE; lo que importa es estar vivos y con la mejor disposición de seguir trabajando. “Son cosas materiales, esas van y vienen, lo importante es la salud” dice una señora a un joven estudiante mientras le da palmadas en la espalda. Él se nota nervioso y sus ojos cristalinos delatan el llanto que no sale; el impacto del asalto lo deja perplejo y las emociones en un lugar que no puede describir.
El viaje no termina al pisar el paradero; apenas es el inicio de una travesía. Los pies se mantienen firmes en un suelo pegajoso y húmedo, tapizado de grasa y suciedad. El olfato no reconoce un solo olor porque se confunde en cuestión de minutos: dos pasos adelante está el olor a garnachas, pambazos, tortas, caldos de gallina, licuados y gorditas de chicharrón prensado; dos pasos atrás, está el olor a putrefacción, tufo de la coladera y aceite quemado.
A lo lejos, se observa una mujer intentando destapar la coladera inundada de aguas negras, restos de comida y retazos de carne cruda. Las y los transeúntes que pasan seguido por ahí están acostumbrados al olor, por el contrario, los nuevos aventureros, se cubren las narices con lo que pueden o tienen a la mano intentando evitar el vómito a medio camino.
En Cuatro Caminos, Pantitlán, Tacubaya, Indios Verdes y otros paraderos, se resiste. Se camina con paso firme, esquivando filas kilométricas. En el vagón del metro no cabe ni un alma más; sólo hay una máquina, un robot que los recibe con una coreografía mecánica. Ganar un asiento es un triunfo, la oportunidad de ganar unos minutos de sueño antes de la jornada laboral.
Entre las paredes, se siente la desvalorización que mantiene a los pasajeros enajenados; aquí, en la ciudad, no hay vida, hay smog, gente enojada, con prisa y sin sentir al otro. Son individuos que no reconocen al otro, ni su sentir ni su querer. Sólo ellos.
Lo peor es cuando Tláloc se pone generoso, cuando una sola gota cae, esa amabilidad desata un caos donde el tiempo se transforma en una tortura continúa: las dos horas de trayecto se convierten en un declive eterno. Cada segundo de vida humana se consume en asientos de plástico frío y distante, o por el contrario, en vinipiel; entre, billetes arrugados y monedas contadas.
La supervivencia en esta ciudad es un círculo vicioso: la vida de millones de personas viajan sobre cuatro ruedas hacia un futuro incierto y en manos de políticos desconocidos.
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