La piel que siente al mundo
Por: Mukuro Magen
¿Quién me enseñó a ocultar a Dios?
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Salí de la facultad, subí las escaleras del Metro Universidad, pasé mi tarjeta por el escáner y esperé en el andén. Casi no había gente cerca, y para cuando llegó el vagón logré obtener un asiento dentro del tren. Fue en ese entonces, sumergido dentro de la comodidad, que saqué a la mejor acompañante de todo estudiante. Desenrollé los cables e introduje los audífonos en mi oído.
De inmediato sentí el sonido, sin esa música que acompaña los viajes a la Universidad podría darnos una breve depresión. En un instante la playlist se había terminado, llegué a mi destino, cruce las puertas mecánicas, otras escaleras, torniquetes y pasillos para salir. Bien pude haber terminado un ensayo, dos tareas o el resumen de un libro; en cambio, preferí sentirme a gusto con mis pensamientos.
Afuera del metro tenía que tomar un camión, hice fila delante de una señora en la parada y alguien más se puso detrás mío. Mire y un segundo bastó para darme cuenta que bien podrías haber sido tú o tu reflejo. No pregunté si eras quien yo creía, era imposible que estuvieras viviendo aquí, cuando te conocí, habitabas muy lejos. Al sentarme en el camión quise recordarte y escuchar las canciones con las que te pensaba. Por momentos recuperé una felicidad nostálgica de la infancia, un pequeño sorbo de una sensación perdida que antes disfrutaba cuando te veía y hablábamos. Mi mente, como disco rayado, me decía otra vez que eras la mujer perfecta y que jamás volvería a encontrar a alguien como tú.
“Más que amigos, menos que novios”, esa frase describe la relación que tuvimos. Estábamos en la secundaria, pero no en el mismo colegio. Aun así, como hermanos, nos contábamos todo, excepto si se trataba de confesar lo que sentíamos el uno del otro porque se podía arruinar nuestra relación. Algunos días recuerdo que me marcabas por teléfono y me decías algo muy íntimo y triste: tus traumas; y yo, con lo poco que sabía sobre ayuda emocional intentaba hacerte reír.
A pesar de todo, lo nuestro no sería posible, tú rompiste todo contacto conmigo y yo contigo. De un día para otro seguimos nuestro camino, como si nada hubiera pasado. Entonces crecí, maduré y me destruí a mí mismo hasta llegar a la conclusión de que puedo conocer a alguien que de verdad me ame. No pienso más en ideas perfectas e idealizadas, buscarlas me haría loco y adicto. Al final, aprendí muchas cosas de ti que uso hoy en día y no te guardo rencor.
Entre tantos caminos, estaciones, uniformados, vendedores y caras nos podemos encontrar a un fantasma que revive una parte de nosotros para ponernos a prueba un momento. Esa aparición puede reforzar la idea de que nuestra era de felicidad ya ha pasado y solo nos queda pensar en nuevas formas de saborear el dolor. Así es como caemos en el error de ignorar el presente sin mirar con los mismos ojos a nuevas personas. Quizás necesitaba verte, o al menos tu reflejo.