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Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

Relato de una vida anunciada

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Ricardo Romero Camacho

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

Santiago quiere ser militar. Santiago grita. Santiago ya fuma y escupe. Santiago habla, azota, muerde y ladra. Santiago les va a comprar una casa a sus papás y los va a sacar de pobres, pero por ahora no. Solo le queda esperar a que el profe termine la clase para después atravesar un baldío empinado e inmenso y cinco calles para llegar a su casa. Eso sí, nunca solo, siempre en bola, con cualquiera que demuestre aguantar lo que queda de la tarde: el calor, el olor a cigarro enredado con el de la mota, las risas, los juegos y las bromas. Estas últimas son las predilectas de Santiago: desde el humo del cigarro que sopla a las retinas de cualquier desprevenido, hasta un puñetazo en el dorsal. Nadie dice nada, nunca, y, por el contrario, devuelven los gestos de la manera correspondiente, un lenguaje ya establecido que se perfecciona y no admite intrusos. Si él, por cualquier razón, tuviera que atravesar aquel camino solo, fácilmente llegaría a su casa en diez minutos. No obstante, desde que entró a la secundaria, este nunca ha sido el caso. Así que su travesía se extiende hasta que el sol se deshace en el cielo, y es entonces cuando abre la puerta y se sienta a la mesa, o, en su defecto, busca qué comer en la cocina lo que sea que aplane el bajón. 

Santiago jamás se imaginó que Andrés, el mismo que les vende la mota, es militar. Ignora que en poco tiempo él también la va a vender, que aprenderá a disparar y a correr, que Andrés le dirá que está muy chaparro para entrar a la milicia. Eso a Santiago no le va a importar porque todavía le queda tiempo para crecer. Dicen que su papá era alto, así que tiene la esperanza de que al menos eso le haya dejado, una virtud entre los muchos deterioros que le heredó. Santiago muy pronto dejará de tener miedo de cualquiera, está por ladrar, por exigir lo que le corresponde, y lo que no. Amenazará con los ojos en vez de con la pistola. Sin embargo, no querrá ser un miserable puntero que vende marihuana y bolsitas de cristal, también quiere respeto. 

Por su parte, Andrés no sabe que aquel chamaco que jaló para el negocio iba a resultar igual que él, y eso era peor que si su comandante se hubiera dado cuenta de que era el mismo Andrés el que vendía la mota que retiraba en los operativos. Andrés no sabe, aunque hubiera querido saber, que Santiago tenía tanta hambre que era capaz de zamparse la culpa con tal de llenarse el estómago. Eso va a ser lo que más joda a Santiago, incluso más que la bala en la cabeza. La culpa, cuando se ingiere, se convierte en piedra y te rasga por dentro, te quiebra las entrañas y ya nunca sale de ti, provoca que vomites cúmulos de verdad, y eso va a pasar cuando les diga a los que lo levantaron que él no es gente de nadie, que solo vende lo que un  militar le da, y que ese militar es su amigo y se llama Andrés. Ojalá y esa parte fuera real, que Andrés hubiera querido ser su amigo y lo rescatara o, al menos, que no lo dejara morir solo. El problema es que Andrés no necesitaba un amigo, sino una mascota, alguien que le  escondiera la droga que se chingaba y, de paso, la vendiera, un perro que cuide, ladre y obedezca, y eso fue en lo que Santiago se convirtió. Lo malo con ser perro es que por más bravo que seas, no hay forma de no necesitar un dueño. 

La culpa todavía no se gesta en las entrañas de Santiago, mas cuando suceda, primero se le va a disolver la conciencia en el eco de silencio que deje la detonación de la pistola, un plomazo en la frente a uno de los contras, impulsado por la euforia y la rabia. Santiago se traga el mundo y después la culpa. Al principio cree que aquel pobre imbécil que le robaba la clientela se lo merecía. Luego se asoma a lo que queda de su poca humanidad, tendida en un charco de sangre y lo contempla: el efecto ya pasó, le queda la realidad, mató a uno como él. Uno con padre, madre y con ganas de no ser quien es. 

Andrés quiere ayudarlo, aun cuando sabe que no puede. Andrés se asusta, lo regaña y la culpa se transforma en miedo cuando recuerda que aquél que está tirado en el piso (a diferencia de Santiago) sí tiene quien lo defienda. Andrés alguna vez ansió llevarse a Santiago lejos, decirle que escondiera la pistola, agarrara algo de ropa y se fueran a otro estado. Aquella breve ensoñación al final sí se cumplirá, sin Santiago.

El disparo que Santiago va a tener en la cabeza también va a lesionar a sus padres de tristeza y soledad profunda. La herida se les va a abrir el pecho cuando vean su cuerpo arrumbado afuera del zaguán de su casa. Pese a ello, todavía no. Santiago sigue en clase, a lo mejor hoy llega más rápido a su casa. Hoy tiene ganas de sentarse a la mesa antes de que se asome el atardecer y comer con su madre, preguntar a qué edad empezó a crecer su papá y si considera que se parece a él. Santiago imagina, corre, ya quiere empezar a trabajar, volverse hombre y ser mejor padre que el suyo. 

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