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Bettmann / Getty Images

Estaciones

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

¿A qué nos enfrentamos cuando viajamos en metro?

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Elizabeth Cardoso Garduño

Facultad de Filosofía y Letras

Veo cabezas, solo cabezas abatidas. Somos una multitud inmensa. A diario, a la misma hora, hacemos una reunión aquí, en este lugar enterrado bajo edificios y calles. El aire huele a sudor y metal, clara señal del calor agobiante que permea los muros subterráneos. El metro no ha pasado, llevo diez minutos esperando que el silbato del policía anuncie su llegada. Los empujones empiezan y también las maldiciones. Miro a mi alrededor, no conozco a nadie, no veo a ninguno de mis compañeros, ¿será que pocos eligieron el turno vespertino? 

Por fin se escucha el silbato. Abrazo mi mochila, a lo lejos veo al gusano de acero moverse en línea recta por los rieles, su paso chirriante ahoga las voces a mi alrededor. Se estaciona sin prisa, las puertas se abren. Me adentro con rapidez a su interior.

Las estaciones pasan una tras otra, más y más gente se sube. No queda espacio entre nosotros. Nuestros cuerpos se mecen de un lado a otro. Giro mi cabeza hacia la derecha, una viejecita me sonríe, le devuelvo el gesto. Volteo a mi izquierda, unos ojos inquietantes se encuentran con los míos. Poseen una profundidad inusual, me sumergen en un vacío sin salida. Aparto la mirada y veo al frente. Las luces del túnel me hechizan, parecen fuegos artificiales que sobrevivieron a su estallido nocturno. 

El metro sigue su recorrido, pocos bajan y muchos luchan por entrar. Respirar se vuelve complicado. Siento el aliento de alguien en mi nuca. La piel se me eriza, pienso moverme unos pasos lejos de esa sensación extraña, pero no puedo, no hay espacio suficiente. Siento algo pegado a mi pierna izquierda, su tibieza me exalta, no es una mano, no es una pierna, no es un objeto. Me paralizo. 

“No puede ser, seguro estoy cansada”, pienso. Una bruma repentina colma el vagón, mis pies están aprisionados, permanecen en el mismo lugar a pesar de mis súplicas mentales. Siento frío, viene de mis entrañas. Quizá tiemblo sin darme cuenta. No tengo control sobre mí misma, mi cuerpo y mente están diseccionados, ¿cómo puede ser eso posible? Me arden los ojos.

Eso se refriega en mi pierna, empieza con intervalos cortos, después lo hace con violencia como si estuviéramos solos. Escucho suspiros agitados detrás de mí, un aliento ácido me envuelve el cuello. Eso se siente caliente, hierve contra mí. El ambiente se impregna de una peste salada. Un grito inasible retumba en mi cuerpo, me quema la lengua. ¿Por qué mi cuerpo está inerte? ¿Por qué mi voz se estanca en mi garganta? 

El tiempo, antes vertiginoso e inalcanzable, clausura su marcha, los segundos se alargan, estoy atrapada. Deseo que el movimiento de eso desaparezca y, como muchos anhelos, el mío se extingue en el aire. 

El metro se para, la gente sale deprisa, me gritan que no estorbe, me arrastran con ellos hacia la salida. Todos se van, tienen la marca del hastío en sus rostros. Nadie me mira lo suficiente ni yo a ellos. Las puertas se cierran, el metro sigue su curso habitual. No miro atrás. Busco el nombre de la estación, las letras grandes dicen “Centro Médico”. No es mi parada. Respiro hondo, ¿y si todo fue una invención mía? ¿El residuo de una pesadilla perdida? 

Camino unos pasos. Siento las extremidades entumecidas, las manos me tiemblan, gotas de sudor frío me recorren la espalda, el corazón se me escapa por la garganta. Un único hilo conduce mis pensamientos: ¿Fue real? La duda me palpita en el cerebro. Miro mi pierna izquierda, una mancha irrumpe la blancura de mi pantalón, luce pegajosa y apesta a sodio. 

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