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La escritura como respuesta a la violencia

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Crónica literaria sobre la violencia del narcotráfico

Picture of Orlando Vázquez Ramírez

Orlando Vázquez Ramírez

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Listo, mi huesudita. ¡Quedaste bien chula! Dice Paquita mientras termina de deslizar el trapo sobre mi túnica de cerámica dorada. Niña blanca, Niña Bonita, la Dama del Velo, la Flaca, la Huesuda, la Patroncita. Pero Huesudita es el seudónimo que me encanta, sobre todo cómo suena en los labios de la viejecita. 

 

Después, Paquita quema las flores viejas y pone un ramo nuevo de rosas rojas. Agarra la bolsa de Carniceria La Lonja y baja las escaleras. El sol que se filtra por la ventana me da directo en la jeta, inclino un poco la guadaña y el calor ya no me apaña. 

 

La habitación en la que me encuentro está ubicada en el segundo piso de una vecindad conformada por más cuartos: tres abajo y dos arriba. La Cocina y el sanitario están en la entrada. 

 

Chip, Chip, Chip, cantan las aves en sus jaulas.

 

Después de bajar las escaleras nos encontramos con la familia de Paquita y compañía: una estudiante de universidad, quien lleva dos semanas sin ir a la escuela. Y no es por gusto, vieran que pinche coraje le dio cuando se enteró del paro para quién no lo sepa, un paro es cuando se paran las actividades en la escuela, valga la redundancia. Días atrás anduvo mentado madres en línea y en silencio: “¿Cómo quieren un cambio si este ve su nacimiento en las aulas?”. En eso estoy de acuerdo, toda revolución comienza desde los salones. Aquella vez también despotricó contra las lecturas que le mandaban como tarea. Estaba hasta la madre de leer textos sobre el hombre blanco occidental, y se preguntaba qué pasa con las mujeres mexicanas que escriben y no son estudiadas o reconocidas. 

 

Su madre le había dicho que era mejor que no regresara a casa. La situación en Luces el lugar de donde provenía, ubicado cerca del mar estaba cada día más gruesa y prefería que estuviera a salvo. 

 

La viejecita Paquita trataba a la muchacha como a una hija. Al principio desconfíe de ella. Había algo que nomás no me latía. Traía cargando lamentos. Cuando fui conociéndola entendí que traía en su interior una esencia involuntariamente contaminada. No eran lamentos propios, sino ajenos.   

 

Mientras tanto, Karla termina de lavar su ropa en el lavabo y sube a la azotea a tenderla. Rodolfo, en vez de las cumbias de siempre, pone ritmos de tribal en su bocina. 

 

Luego, la estudiante se dirige a su habitación para sentarse frente a la computadora, deslizando los dedos sobre el teclado con un movimiento casi hipnótico. Yo la sigo, saludo al Cristo de fierro colgado en la pared, me coloco detrás de ella y empiezo a leer: Y entonces se hacen las llamas

Escribe sobre la mañana en que balearon a los pescadores por no pagar derecho de piso, derecho de agua; hazme el chingado favor. “Luces amarillas a la deriva”: cómo me gusta verla escribir. Incluso cuando se entrega a una prosa tremenda: “Marea roja”, “Pzetzamgary Ibarra Grande”. “La vecindad”, “El cártel asentado en el centro de Acapulco queriendo adueñarse de toda la zona de Pie de la Cuesta”, “Estudiante de comunicación en la terminal de periodismo”, “Esposa de la literatura, amante del nuevo periodismo americano”.
Pone el punto.
Borra el punto.
Lo cambia por punto y coma.

La estudiante nació en Luces, localidad del estado de Guerrero, a diez minutos de Acapulco, municipio de Coyuca de Benítez. Llegó al mundo de parto natural. Su padre ausente y su madre omnipresente.

Tamborilea los dedos y borra el párrafo completo.

Tiene cinco hermanos. A todos les he visto el futuro: dos de ellos van a ser influenciados por los versos de un corrido. El futuro de ella me da miedo mirarlo. Si hasta chance tiene de ganar el Nobel la cabrona; lo que me asusta es que quede panzona.

Y aclaro, no tengo nada contra la maternidad. Ni creo que el deseo de ser madre valga menos que el de ser doctora, escritora, ingeniera, dentista, abogada o presidenta. Tampoco pienso que el embarazo sea sinónimo de decadencia. Por ser la Santa Muerte muchos creen que mi idea de belleza está en el mal morir, pero no: ¡qué chingona es la vida!

Lo que sí es que una mujer demasiado brillante se apaga por cuidar y cambiar pañales. No todas, es cierto, pero a muchas jovencitas de esta vecindad y de las colonias aledañas se les apaga el potencial que traen. Eso es lo que me emperra.

Chip, chip, chip. Otra vez.

Con ella he aprendido palabras rimbombantes con las que me siento una personalidad literaria. También he aprendido sobre su casa, esa que terminó convertida en un sustantivo: sin calor, salvo el de la brasa. Sé por uno de sus textos que, el día del cumpleaños de su hermano Pocky, la maña fue a balacear la casa de enfrente.

De eso escribe: la diegetización de la experiencia de vida a través de la literatura.
¿Verdad que soné bien presuntuosa? Aunque quizá usé mal la palabra diégesis. Quién sabe.

La mentalidad cambió. La gente sonriente y respetuosa cambió la pobreza por pistola y camioneta. Desde que llegaron los cárteles, la humildad fue reemplazada por arrogancia. Con el contrabando se sienten líderes del pueblo. ¿Qué importa si no todos están involucrados? Las balas agarran parejo.

Ah, ya le agarré el pedo: es una crónica.

Apoya la barbilla en la mano, relee y vuelve a borrar.

Mentalidad.
Cambio.
Balas.
Humilde.

Una noche que la acompañé en sus desvelos entendí mejor su escritura: se trata de periodismo literario. Al principio pensé que era como los textos puercos que se avienta Patricio, el escuincle de quince años del cuarto del fondo, puro degenere, sexo intraespecies y personajes ya existentes. Fanfics. No, hombre. Esa vez que lo acompañé a escribir me fui sobre mis inexistentes nalgas.

Ella se acomoda una hebra de cabello castaño detrás de la oreja.

Ficción con realidad.
Ahora el índice entre los dientes. Onicofagia: la costumbre de chingarte las uñas.
Realidad con ficción.

Todo está bien. Al final, ambos usan la escritura como trinchera. Y eso es algo bello y complejo que se construye desde las escuelas. Por eso mis cuencas se hicieron arroyos cuando leí Luces en el narco: su reportaje sobre las infancias del pueblo.

Y es que, qué decir de los sueños. Cada vez que acompaño a Paquita me aviento un viaje psicodélico y sanguinario. Demasiada violencia alrededor. Alrededor de todos. Cuando Paquita prende el noticiero hay muertos aquí y muertos allá: la guerra del narco, el genocidio en Gaza, expresión brutal del neosionismo en Palestina; políticos con seis casas y un rancho comprados con el sudor de su frente. Sí, ándale cabrón.

Hay veces en que el dolor aplasta.
La escritura es trinchera.
A veces, ante tanto dolor, la escritura es refugio.
Escritura como construcción.
Escritura como respuesta a la violencia.
Escritura como modelo de paz.

Paquita abre la puerta y entra a la cocina.

Me asomo al cielo. El atardecer ya ganó la batalla. Habrá tacos de sardina; no alcanzó para carnitina.

Vente, Gary. Ayúdame a preparar la comida.

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La escritura como respuesta a la violencia

Una respuesta

  1. Ficción nada alejada de la realidad actual y vivencial.
    Y pensar que no hace mucho tiempo hubo quien pretendió hacerse “el chistosito” y ocurrente parafraseando que a diferencia de don Porfirio (a quien se le atribuye ese casi aforismo o si se prefiere sentencia de: “tan lejos de Dios y tan cerca de los gringos”) debería decirse su propia ocurrencia de: “que bueno estar tan cerca de los gringos”.
    Lo cierto es que no se puede soslayar, ni mirar para otra parte, que como un resultado histórico referente al asunto del narco, este país se haya convertido en el proveedor de aquellos (con toda la problemática social y conflictos generados internamente) y su necesidad de una demanda por demás incesante y amplia.
    Responsabilizando, además, en su narrativa y retórica a México como un factor de sus problemas de adicción doméstica; pero no haciendo gran cosa para atender sus propias causas y consecuencias.

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