Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
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Las vacaciones de verano estaban por terminar, con alegría vi abrirse las puertas de los salones con sus adornos despintados por el sol. Cuando comenzó la organización entre los maestros para determinar qué alumnos conformarían cada uno de los grupos de quinto grado, mientras jugaba por el patio, escuché:
-Yo no quiero a Esteban, ¿quién me lo cambia?
-Yo tampoco, dicen que es…
-Parece que es gay.
Con las lluvias de agosto comenzó el ciclo escolar así como la hierba silvestre que crece aquí y allá. Y empecé a darme cuenta que Esteban era el centro de burlas de manera constante.
Cuando organizamos los equipos de trabajo para hacer los proyectos que íbamos a entregar en octubre, yo estuve feliz de que él me invitara a su grupo. Llegamos muy temprano el lunes. Teníamos miedo. La maestra preguntó a qué equipo le tocaba exponer, nosotros levantamos la mano. ¡Y a la reja con todo y chivas, como decía el maestro Luis! La maestra nos felicitó.
Esa alegría nos duró poco. Al salir al recreo nos empezaron a molestar. Pasábamos por las canchas cuando escuchamos que se reían a carcajadas. Volteamos, varios niños simulaban ser Esteban, exageraban su voz y sus ademanes. Mis compañeros eran muy tranquilos pero no se aguantaron, empujaron a uno de ellos y empezó la pelea. Llegaron maestros y de inmediato los separaron. Un maestro preguntó qué cuál era el problema, los niños enseguida nos culparon de haberlos golpeado. A mi maestra, un profesor le dijo que ya le habían advertido que “ese niño” causaría muchas dificultades.
En el salón la maestra regañó a los peleoneros. Eso los “aplacó” aparentemente. De pronto comenzaron a aparecer pedazos de papel con palabras feas en nuestra mesa. Yo animaba a Esteban diciéndole que no hiciera caso, que si no les seguía el juego, se calmarían. Cuando creímos que no tendríamos más problemas, empezaron a desaparecer sus cuadernos; los devolvían con muchos rayones, pero se alcanzaban a ver dibujos de Esteban ridiculizándolo.
Esteban estaba muy triste otra vez. Pensé que debía haber una forma, un plan para descubrir a los chicos groseros. Se me ocurrió que si inventábamos juegos en los que compartir nuestras ideas sobre la “Convivencia en el salón de clases”, dejarían de molestar a Esteban, se lo comenté a la maestra, estuvo de acuerdo y lo pusimos en práctica. Fueron momentos muy complicados; aunque Esteban se sentía más tranquilo, al mismo tiempo se sentía incómodo.
En las clases no hubo más problemas. Para despedirnos de quinto grado organizamos un convivio con taquiza y música ruidosa. También debíamos preparar pequeños detalles y dirigir palabras agradables a los compañeros relacionadas con la frase: “Somos iguales, no a la discriminación”.
Esteban fue el primero en contarnos qué significaba para él que todos merecemos ser tratados con igualdad:
-Es sentirse aceptado y a la vez libre. Así me siento cuando estoy con ustedes.
También sabíamos lo que era para nosotros: una felicidad increíble. Me sorprendió escuchar a los niños con los que alguna vez tuvimos diferencias:
-Tal vez, no todos podemos llegar a ser amigos, pero como niños somos iguales y merecemos vivir en paz.
Había terminado el ciclo escolar. Pronto pasaríamos a sexto grado. Eso me inquietó mucho. ¿Quiénes serían nuestros nuevos compañeros? ¿Quién nos daría clase? ¿Estaban no volvería a sentirse solo?
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