En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Crédito: Mindclosion Nueraalcuadrado / Wordpress
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Victoria Sarahí Ferrer Pastrana

Escuela Nacional Preparatoria plantel 6

Soy una joven de 17 años en su último año de preparatoria que busca convertirse en la mejor versión de sí misma. Mi mirada está puesta en dejar huella: quisiera ser una intelectual de alto nivel, e impulsar la cultura mexicana para crear proyectos con impacto social. Disfruto del Taekwondo, el cine, el dibujo, la lectura, la música y el diseño de Moda.

¿Podemos involucionar?

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

El aprendizaje y la creación requieren fricción, esfuerzo, ensayo y error

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Victoria Sarahí Ferrer Pastrana

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En las personas existe algo intangible y empírico. Hagamos un pequeño truco de magia para comprobarlo. Elige un momento del día para cerrar los ojos mientras escuchas el sonido del exterior: ¿qué sientes?, ¿escuchas autos, voces o aves? Cuando abras los ojos toma un lápiz y empieza a hacer trazos sin pensar demasiado: ¡Presta atención a lo que haces! ¿Te gustó el resultado? De este ejercicio nunca surge una pintura de Van Gogh, pero qué más da, lo importante no es qué tan bien quede, sino lo que puedes crear a partir de tus sensaciones. 

La inteligencia artificial (IA) representa un cambio relevante en la manera en que concebimos el arte, la escritura y el pensamiento. Seguro conoces muchas imágenes generadas con ella, aplicaciones para componer música, o incluso herramientas que te ayudan en tareas de análisis. La realidad es que la inteligencia artificial funciona con base en un sistema de datos: tiene la capacidad de comparar, sintetizar, ordenar y generar, mediante algoritmos, respuestas a diversas preguntas o necesidades. En palabras del propio ChatGPT: “Lo que hago es generar respuestas analizando patrones en enormes cantidades de texto con las que fui entrenado y combinándolos según probabilidades para producir algo nuevo y útil.”

El concepto de inteligencia es complejo y con frecuencia se asocia erróneamente sólo a las capacidades humanas. De acuerdo con el artículo, “¿Pueden las especies evolucionar hacia atrás?” de la revista National Geographic España, “Esta habilidad que llamamos inteligencia (o en algunos casos ‘inteligencias’) posibilita la adaptación de los organismos a su ambiente, que en muchos casos es variable e impredecible. La capacidad de adaptación está íntimamente relacionada con el concepto de inteligencia.” Sin embargo, la principal diferencia entre los seres humanos y los animales es que somos conscientes de nuestras posibilidades, limitaciones y posición en el mundo, así como de nuestra relación con la muerte y con los demás, sin reducirnos a la reproducción.

La diferencia entre las respuestas generadas por un chatbot y el pensamiento humano, aunque puedan parecer similares en estructura, radica en las comparaciones y asociaciones que podemos establecer. Una respuesta con IA se limita a un conjunto de conocimientos predefinidos por sus programadores. En cambio, el pensamiento humano relaciona e interpreta hechos, contextos y referencias para analizar un solo elemento, respondiendo a una especie de rechazo de los instintos primordiales que compartimos con los animales, como el miedo o la reacción ante una amenaza, que puede resolverse o evitarse mediante la respuesta de lucha o huida.

Para explicar por qué la inteligencia artificial puede resultar preocupante necesitamos el contexto. En 2018 un estudio publicado en la revista PNAS de la Universidad de Míchigan reveló que aproximadamente desde 1975 los seres humanos nos hemos vuelto más ignorantes. El auge tecnológico comenzó precisamente entonces, cuando las actividades de agilidad mental empezaron a delegarse a las máquinas para lograr procesos rápidos e inmediatos, una tendencia que con el crecimiento de la era neoliberal se volvió necesaria para producir más.

A esto se suma que la inteligencia artificial permite que el “músculo” del cerebro se relaje, como el de un brazo que deja de ejercitarse, sin someterse a un esfuerzo saludable comienza a debilitarse y pierde fuerza para sostener y procesar cargas de trabajo. Aunque en esta era es imprescindible producir, existen efectos colaterales derivados de esta dinámica y del enfoque que promueve una vida más cómoda gracias al avance tecnológico. Además, para sobrellevar el aburrimiento, la desesperación o la pereza, recurrimos a formas de entretenimiento ligeras y fáciles de consumir, capaces de adormecer la mente y generar dosis de satisfacción inmediata equivalentes al bienestar que provoca un trabajo que disfrutamos. El fruto del esfuerzo es un estímulo que da sentido a nuestra existencia en el mundo y como parte de una sociedad.

¡Alto! Sé que parece un retroceso en nuestra evolución y que poco a poco descendemos al círculo de nuestros primos, los simios, pero no es así. La teoría de la evolución asume, de forma engañosa, que esta tiene como objetivo producir formas de vida cada vez más complejas y que podríamos regresar a nuestros inicios. Sin embargo, la Ley de Dollo demuestra que no podemos volver exactamente a nuestra forma anterior: si nos regresamos, solo obtenemos una apariencia similar. Así sabemos que no se está reduciendo nuestra capacidad de pensar ni nuestra inteligencia. No obstante, el uso prolongado de la inteligencia artificial debilita nuestra habilidad de generar expresiones propias, cargadas de significados diversos según la intención que buscamos. 

Es cierto que una imagen creada por IA puede resultar más atractiva que un boceto hecho por alguien sin conocimientos de ilustración; pero, a diferencia de lo producido por una persona, las imágenes son genéricas y con una sola intención. En el cine, por ejemplo, se juega con la percepción para transmitir aquello que podemos comprender todos bajo la experiencia humana compartida, atravesada por emociones y conflictos que nos hacen empatizar con los demás. Hagamos otra pausa: respira, estírate. ¿Tuviste esa sensación de la sangre recorriendo tu cuerpo? El cansancio y el aburrimiento forman parte del proceso creativo. Es difícil mantener la atención en todo momento, y de la distracción pueden surgir nuevas formas de mirar la misma hoja o de comprender con ojos frescos un libro o un texto. Si fuera sencillo organizar nuestros pensamientos, la vida sería simple, la comunicación más efectiva y los resultados precisos. 

Sin embargo, el caos que produce una idea necesita reflexión. Pensar en ello me recuerda a una discusión con mi madre, en ese momento cada pensamiento encierra un cúmulo de emociones: alegría, desesperación, tristeza, rabia, complicidad. Mas es justo en ese instante, cuando la contradicción me abraza, que pierdo la estabilidad y obtengo una idea o conclusión del intercambio entre ella y yo. En toda discusión existe algún sesgo, se hace evidente cuando el corazón del otro se le escapa por la boca y ya no hay coherencia ni razón en sus palabras. A diferencia de conversar con una persona, cuando uno entrega su mente a lo artificial, una venda cubre los ojos. No hay discurso al que no se le puedan encontrar grietas, la empatía y la aparente honestidad que ofrece un chatbot pueden lavar nuestra mente, endulzar nuestra percepción y no tomar las opiniones contrarias en cuenta.

Pedirle a una máquina que te describa es como tenderle un espejo a un fantasma: devuelve una figura, pero no un rostro. Confiarle una lista de tus valores o buscar consuelo en su lenguaje binario equivale a entregarle las llaves de tu conciencia. Lo peligroso no es la respuesta, sino la comodidad que ofrece. La inteligencia artificial se vuelve entonces un sedante elegante, un oráculo sin alma que murmura lo que queremos escuchar. Y en ese murmullo complaciente muchos terminan creyendo que tienen la razón sólo porque un algoritmo, dócil y programado, les sonríe en la pantalla.

La IA representa una amenaza directa para la salud mental. No porque piense, sino porque finge hacerlo. Está moldeada por manos humanas, y esas manos, tan falibles como las nuestras, deciden qué verdades son digeribles. Puede negar que Trump se asemeje a Hitler o a cualquier dictador, no por convicción moral, mas por diseño ideológico. Detrás del código, alguien mueve los hilos, y nosotros, con los ojos cerrados por la fascinación tecnológica, confundimos el destello de una lámpara con la claridad del sol.

Aun así, escribir con ayuda de una inteligencia artificial no es una condena ni un acto de rendición. Es una herramienta, y como toda herramienta, depende del pulso que la guía. Lo decisivo está en no abdicar del pensamiento propio, porque cuando cedemos esa voz íntima que nos construye, dejamos de crear y comenzamos a repetir, renunciamos a pensar y empezamos a obedecer. Su uso se vuelve un abuso cuando la práctica deja de abrir posibilidades. El aprendizaje y la creación profunda requieren fricción, esfuerzo, ensayo y error para convertirse en una ventana hacia ti mismo y tu sociedad. Hay que aprender a no usar la inteligencia artificial como un medio de sustitución ni de producción acelerada, sino como una herramienta para ampliar el pensamiento.

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