Anatomía de la guerra
Por: Obed Joao da Silva Botello
La guerra ya no solo se libra con armas
Facultad de Estudios Superiores Acatlán
Facultad de Estudios Superiores Acatlán
En un mundo donde la rutina puede ser determinada por un algoritmo, donde los números pueden decidir las tendencias, lo verdadero y lo falso e incluso cosas tan simples como qué decir, qué pensar y qué creer. La inteligencia artificial sin duda ha marcado un antes y un después en la generación actual, dando inicio a una etapa en la que se puede consultar cualquier nota, dato, documento e información que un usuario requiera. Entonces surge una interrogante: si ChatGPT, Gemini, Meta puede “reemplazar” al usuario, ¿dónde queda la utilidad de este? ¿Dónde está el valor de la inteligencia humana?
Ejemplificar esta inminente omnisciencia reflejada en la capacidad y eficiencia de cada sistema resulta más factible con una muestra de contrastes. Por ejemplo: Susan, adolescente en la década de los 90, después de clase debe acudir a la biblioteca para consultar un material bibliográfico específico que le ayude a concluir su tarea de biología. Después debe acudir al doctor para recibir indicaciones adecuadas sobre el dolor de cabeza que ha tenido recientemente, luego debe asistir a su cita con el nutriólogo; el cual le indicará la nueva dieta que debe seguir para complementar sus entrenamientos y finalmente, para concluir el vestido que ha estado diseñando, tomará ciertas referencias de la revista Vogue.
Por otro lado, Emma, joven del año 2025 realiza las mismas actividades que Susan pero en un menor tiempo e incluso sin un costo. Mediante su dispositivo móvil, accede a alguna aplicación de inteligencia artificial y redacta todo lo que necesita, el material para su tarea de biología, como atender su dolor de cabeza, las bases de su dieta según sus preferencias, y generar un boceto automático para completar el diseño del vestido, todo esto en menos de 30 minutos.
La brillantez técnica de esta nueva tecnología no es perfecta, pues carece de pensamiento crítico y analítico, así como ética y conciencia. Sin embargo, la desventaja para el ser humano sigue presente, pues en un contexto donde todos pueden acceder a internet y a estas herramientas capaces de realizar diagnósticos, textos especializados y obras visuales, es evidente la devaluación de la inteligencia natural, pese a su capacidad de procesar información mediante emociones, experiencia y valores.
Este obstáculo, además de evidenciar la condición de la humanidad frente a estas innovaciones, demuestra una enfermedad social mucho más grave, la cual afirma que pese a toda la información que hay en los medios, la sociedad se encuentra sumergida en la ignorancia y en un entorno automatizado, en el que ya no existe el pensamiento crítico y análisis objetivo de la información que existe.
Es de esto que surge la “Paradoja de la Ignorancia Asistida”. Quizá Emma logró concluir sus actividades en un menor tiempo pero, ¿realmente todos esos datos son verídicos? La tendencia del usuario está orientada a creer todo lo que internet dice solo porque está en la web. Es decir, que pese a la abundancia de información, estas herramientas no provocan más que la prevalencia de una generación carente de conocimiento y capacidades cognitivas, provocando una falta de conocimiento que surge de la influencia externa y el entorno y no de una omisión voluntaria o incapacidad personal.
Bajo este contexto, y llevándolo al ámbito académico, nuevas generaciones se enfrentan a la superficialidad del aprendizaje, mediante el uso de asistentes de inteligencia artificial y respuestas instantáneas, prevaleciendo el ciclo de “copiar y pegar” contenidos sin filtrar y validar la información, creando estudiantes informados, pero no educados.
Asimismo, el acceso a trabajos elaborados y resúmenes reduce la necesidad de consultar fuentes y realizar búsquedas sistematizadas mediante la síntesis y argumentación, provocando un consumo pasivo de información que empobrece la formación académica a largo plazo. Así egresan “licenciados” especializados en inteligencia artificial, desinformados, sin reflexión, con dependencia a la tecnología, carentes de habilidades de búsqueda e incapaces de redactar textos por cuenta propia.
Pese a esto, el reto no es superar la inteligencia artificial, ni crear una nueva humanidad maquinizada y automatizada, sino reafirmar el valor de la inteligencia natural y mediante la responsabilidad y ética colectiva. Asegurar que estas nuevas tecnologías sirvan y coexistan con la humanidad: mientras una siente, la otra calcula.
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