Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
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Supongamos que mañana ya nadie escribe poemas porque una máquina los escribe mejor. Supongamos que pasado mañana dejamos de equivocarnos porque el algoritmo ya corrigió la respuesta antes de que la digamos. Supongamos que, de pronto, ya no queda silencio porque la inteligencia artificial lo llenó con frases listas, pulidas, disponibles en bandeja. ¿Y entonces? Entonces seremos eficaces, sí, pero también un poco menos humanos.
Yo sospecho que la inteligencia artificial no nos quita la humanidad de golpe. Lo hace en cuotas pequeñas, casi imperceptibles. Un día dejamos de escribir una carta, otro día dejamos de hacer un cálculo, al siguiente ya no buscamos una palabra en la memoria porque está en la pantalla. Y así, sin darnos cuenta, la máquina se convierte en nuestro espejo. Pero un espejo que no devuelve arrugas, dudas ni contradicciones. Y sin ellas, ¿qué somos? Una versión reducida de nosotros mismos.
La inteligencia artificial se extiende como una segunda piel sobre el mundo. Por estos días, mientras los algoritmos dictan la agenda del mundo y nos entregan respuestas empaquetadas con la pulcritud de una máquina que nunca duda, ocurre un fenómeno silencioso: el adormecimiento del cerebro humano. No del órgano entero, sino de su joya más preciada: esa región que nos distingue de las bestias, que nos permite imaginar futuros, reflexionar sobre nuestras acciones, planear, equivocarnos y corregir.
El uso constante de inteligencia artificial generativa disminuye el pensamiento crítico. A más confianza en la máquina, menos esfuerzo humano en cuestionar. El cerebro, como un músculo abandonado, se oxida. Psicólogos temen que la dependencia tecnológica frene el desarrollo de la atención, la memoria de trabajo y la creatividad en niños y adolescentes. La tragedia no está en que la máquina piense, sino en que nosotros renunciemos a hacerlo. Porque la estupidez natural es frágil, absurda, esa torpeza vital que se equivoca y tropieza, es un tesoro. Un error humano, cargado de dudas, tiene más valor que una certeza maquinal perfecta y sin alma. Ahora una máquina habla por nosotros, responde por nosotros, piensa por nosotros. Y nosotros, cómodos, rendidos, dejamos de ser. Hoy parece que nos arrancamos el cerebro para no pensar. Porque lo insoportable ya no es el esfuerzo de la inteligencia, sino la dulzura anestésica de que otro piense por mí.
La IA ofrece eficiencia, pero nos cobra caro: nos roba el tiempo de la reflexión, la gimnasia del raciocinio, la poética del error. Y mientras más nos entregamos al confort de lo inmediato, menos ejercitamos el derecho a pensar. Nos volvemos usuarios pasivos, consumidores de respuestas. Un cerebro que no se esfuerza, se apaga. Es una madre terrible: te alimenta con respuestas, pero te deja huérfano de pensamiento. Es un amante cruel: te ofrece eficacia, pero te arranca la carne de la imaginación. Es un dios sin alma, y nosotros sus creyentes dóciles, entregados al alivio de no tener que sufrir la duda.
Pensar es un salto en el vacío, un acto de vértigo, una osadía contra lo establecido. Hoy ese salto se sustituye por un clic. Y en esa comodidad, algo muere: la imaginación, la crítica, la rebeldía del pensamiento.
El cerebro no necesita algoritmos; necesita preguntas incómodas, noches de insomnio, errores que duelen, dudas que arden. Necesita nuestra torpeza para seguir vivo.
Las preguntas son urgentes y dramáticas: ¿seremos la primera especie en extinguir su capacidad de pensar antes de que su cuerpo muera?, ¿qué quedará de nosotros cuando ya no tengamos dudas?
Nos dirigimos, como autómatas satisfechos, al funeral del pensamiento. Con cada clic cedemos un pedazo de nuestra sombra, un fragmento de nuestro vértigo, una chispa de esa oscuridad que nos hacía brillar. Ahora avanzamos, como un rebaño satisfecho, hacia una claridad que enceguece. Y en esa claridad ya no hay preguntas, ya no hay errores, ya no hay silencios. Sólo queda la superficie lisa de una inteligencia prestada.
El costo ambiental de esta rendición mental no es menor. Miles de servidores laten en la penumbra de centros de datos, bebiendo agua de ríos que se agotan y respirando energía que ennegrece los cielos. El precio de cada respuesta rápida es un bosque que se seca, una brisa que pierde frescura, un latido del planeta que se apaga. Nos rendimos ante la máquina, y en ese gesto olvidamos escuchar el murmullo de los árboles, el secreto de los océanos, el pulso profundo de la vida.
El ser humano no nació para ser un eco sin raíz. Que la vida, con toda su complejidad, necesita de la imaginación encendida, no anestesiada. Que la tecnología sin conciencia ambiental ni humana es como una canción sin alma: perfecta en técnica, pero vacía de verdad. La inteligencia artificial se alza como un faro frío, pero detrás de su resplandor palpita una herida: la tierra exhausta, la humanidad adormecida.
Es la muerte cerebral no de un individuo, sino de una especie que abdica de su asombro, de su imaginación, de su vínculo con la tierra que le dio raíces.
Si dejamos que la IA piense en lugar nuestro, si la dejamos desgarrar la tierra en su hambre de energía, estaremos borrando el canto mismo de la humanidad. ¿De qué sirve una mente brillante de silicio si la nuestra se apaga? ¿De qué sirve una canción creada por algoritmos si los bosques que inspiran el verdadero arte han sido reducidos al silencio?
La humanidad y la tierra laten en un mismo corazón. Si uno muere, el otro se desvanece. La verdadera inteligencia no está en las máquinas, sino en la capacidad de recordar que somos parte del planeta, no sus verdugos. El futuro no se salvará con más cables, sino con raíces profundas y conciencias despiertas.
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