De la idea al extremo: los grupos INCEL
Por: Yaretzi Quetzalli Pérez Benítez
Masculinidad herida, violencia latente
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
“Dios me odiaba, o eso creí”
Crecí en una iglesia cristiana evangélica donde aprendí que Dios era justo, pero también celoso; que era amor, pero también castigo. La mayor parte de mi niñez transcurrió entre cultos, alabanzas y estudios bíblicos. Me gustaba ir a la iglesia, lo digo en serio: mi conexión con lo divino era tan fuerte que llegué a experimentar lo sobrenatural; la fe en Dios fue el centro de mi formación, mis acciones y mis valores.
Nunca dudé de su existencia. Pero sí me hice una pregunta que lo cambiaría todo: ¿Dios es machista? Tenía 13 años cuando se la lancé a mis papás, respaldada con textos bíblicos. No supieron qué responder, solo dijeron: “A Dios no se le cuestiona”, pero yo sí lo hice. No por rebeldía, sino porque algo no encajaba. Escuchaba sermones desde el púlpito que me dolían. Discursos machistas, dichos por líderes religiosos, que me hacían ruido. Buscando respuestas, me metí a un seminario bíblico. Salí con más preguntas.
A los 15, libré una batalla interna: ¿cómo ser cristiana y feminista a la vez? Me sentía culpable, como si le estuviera fallando a Dios. Me hicieron creer que Dios me odiaba, pero no era Dios, era el patriarcado disfrazado de espiritualidad.
Por mucho tiempo dejé de cuestionar, dejé de buscar, me alejé de Dios; no porque dejara de creer en Él, sino porque no podía sostener una fe que me dolía. Viví años en silencio espiritual, guardando mis preguntas como si fueran pecados.
Hace poco, entre lecturas, decidí abrir el Evangelio de María Magdalena, un texto considerado apócrifo, marginado por la tradición oficial. Allí conocí otra historia. Una donde Jesús no es un juez, sino un sanador; no un verdugo moralista, sino un maestro amoroso que confía su revelación más profunda a una mujer; donde María Magdalena no es una prostituta arrepentida, sino una guía espiritual, una voz sabia, censurada durante siglos.
Ese evangelio, oculto por la Iglesia, me reveló algo que había sentido siempre en silencio: que las mujeres tenemos derecho a conectarnos con lo sagrado sin mediadores violentos. En él encontré una clave para redescubrir mi espiritualidad desde una perspectiva feminista, fuera de las limitaciones impuestas por el patriarcado.
El patriarcado disfrazado de Dios
En la historia de la religión y la espiritualidad, las mujeres han sido sistemáticamente oprimidas por un sistema que las relega a un papel subordinado, desconectándolas de su propia relación con lo divino; el patriarcado, camuflado con ropajes religiosos, ha sido uno de los instrumentos más eficaces para romper la conexión de las mujeres con lo divino y someterlas a través de sus creencias.
Nos enseñaron a temer más que a amar a Dios, a obedecer antes que a discernir, a callar antes que a preguntar. Desde niñas, escuchamos que Dios era justo pero celoso, que la mujer debía someterse, que hablar demasiado era rebeldía y que dudar era pecado. Nos educaron para sentir culpa por pensar diferente y vergüenza por desear libertad.
En muchas iglesias, el patriarcado no solo predica desde el púlpito: interpreta las Escrituras, lidera la oración y decide quién puede acercarse a Dios. Casi siempre, nosotras quedamos al margen, relegadas a los roles de servicio, obediencia o silencio.
Se nos enseña que el sufrimiento es parte de la voluntad divina, que debemos aguantar el dolor, las injusticias y la opresión con la esperanza de una recompensa celestial. Los abusos, tanto físicos como emocionales, se justifican a través de una interpretación distorsionada de los textos sagrados; la idea de “sufrir en silencio por Dios” se convierte en un dogma que nos oprime.
Nos hicieron creer que nuestro lugar era detrás del altar, como oyentes, no como predicadoras o líderes espirituales y que estar cerca de Dios requería mediadores: un padre, un esposo, un pastor. Que solas no éramos lo suficientemente puras ni sabias, que nuestro cuerpo, nuestra voz y nuestra intuición no eran dignos canales de lo sagrado.
Pero, ¿qué pasa si reconocemos que ese Dios autoritario y castigador no es Dios, sino una construcción patriarcal? ¿Qué pasa si recuperamos la espiritualidad como un derecho, como una herencia viva también para nosotras?
Las mujeres tenemos derecho a lo sagrado sin mediadores violentos. Recuperar esa verdad es una forma de resistencia, pero también de reconciliación con lo divino.
La buena noticia silenciada
Cuando comencé a leer el Evangelio de María Magdalena, me sorprendí completamente: Jesús confió su mensaje más profundo a una mujer. “Lo que está oculto a la vista de todos, eso te lo revelaré” (Evangelio de María 10:10). Esta frase no solo revela la intimidad espiritual entre ellos, sino también la autoridad que Jesús le otorgó, considerándola su discípula amada, la Apóstola de los Apóstoles; María no fue una figura secundaria ni una simple seguidora, fue depositaria de una revelación que los otros no recibieron.
Lo vemos desde que fue testigo de la resurrección de Jesús, mientras los demás huyeron o dudaron, fue María quien se quedó, quien vio, quien escuchó su voz; en el Evangelio de Juan, es ella quien lo reconoce primero y quien recibe la misión de anunciar la Buena Nueva, sin embargo, Pedro dudó de ella: “¿Realmente habló el Salvador con una mujer sin nuestro conocimiento?”, cuestiona, dejando ver cómo desde el inicio, el liderazgo espiritual femenino fue puesto en duda por el poder masculino.
Pero entonces interviene Leví y responde: “Si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú para rechazarla? Ciertamente el Salvador la conoce bien, por eso la amó más que a nosotros”. Entonces, si María fue elegida, ¿por qué a nosotras aún nos mandan callar? María no necesitaba justificar su experiencia ni su autoridad, porque Jesús mismo la eligió y la amó.
Además, el Evangelio de María revela una profunda verdad pues rompe con la idea de que la espiritualidad debe pasar por jerarquías y ritos. Su mensaje es claro: el alma tiene que escuchar su voz interior y liberarse de los poderes que la dominan —deseo, ignorancia, ira— para ascender hacia la verdad. Es un camino de liberación íntima, no de obediencia externa; la enseñanza de Jesús es radical porque no depende de instituciones, sino del despertar del alma.
Una de las frases más contundentes que Jesús le dice en visión a María es: “Id, pues, a predicar el Evangelio del Reino. No pongáis reglas más allá de lo que yo os he designado, ni deis una ley como la del legislador, para que no seáis constreñidos por ella” (Evangelio de María 37-38). Con esto deja claro que su mensaje no puede ser encadenado por leyes humanas ni estructuras religiosas; es una invitación al amor y a la libertad espiritual.
Jesús no fundó templos, fundó vínculos. Priorizó la comunión, la espiritualidad y la conexión divina por encima de cualquier institución, regla o autoridad, con la intención de fortalecer su relación amorosa y directa con quienes lo seguían; su mensaje no se construyó sobre estructuras eclesiásticas, sino sobre un amor radical, incluyente y libre. Esa libertad, ese mensaje de amor, sigue incomodando al poder.
Hoy sé que Dios no me odia, nunca lo hizo. Lo que me alejaba de Él no era su amor, sino las distorsiones patriarcales y las instituciones; hoy camino hacia una espiritualidad libre, donde mi alma, mente, voz y experiencia son terreno sagrado. María Magdalena ya no es un susurro en la historia: es una guía, una hermana, una discípula.
Reivindicar estas verdades es también defender nuestro derecho a lo sagrado. A una fe que no excluye, castiga, encierra ni violenta, una que libera. Porque el amor de Dios no es jerarquía: es vínculo, es verdad interior, es comunión, es Evangelio vivo encarnado también en nosotras. Desde ahí, también podemos predicar. Por eso hoy soy cristiana, feminista y libre.
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