En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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El arte de maquillar el silencio

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Violencia en las prácticas dancísticas

Picture of Diana Burgos

Diana Burgos

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

“La danza en cuando es conjunto de técnicas, tiene una utilidad como instrumento de poder”

LOURDES FERNÁNDEZ S.

El mundo dancístico me dio a conocer una realidad de brillitos, musicalidad, creatividad y

luces pero también un ambiente hosco que pocos nos atrevemos a denunciar, como respuesta

a la cultura del silencio. Existen distintas razones del porque se evita el tema, por ejemplo, la

relación de poder entre alumno-profesor y lo inconveniente que resulta para el primero, la

normalización del abuso o el no saber nombrar la violencia experimentada. Lo último

mencionado, fue el motivo principal para escribir sobre la cotidianidad violenta en espacios

creativos.

Mi formación dancística inició durante mi niñez y retomada durante mi adolescencia

en una academia que posteriormente ganó renombre. En los primeros años, las anomalías eran sutiles: desde el favoritismo, hasta fomentar la competencia insana entre compañeras,

acciones que se intensificaron cuando el poder se vio cedido, hacia las alumnas clasificadas

cómo “avanzadas” quienes eran aplaudidas incluso por su desacato. Como resultado, germinó

una incomodidad en mí, la cual rechazó mi versión adolecente y hoy cuestionó en mi versión

adulta.

Aquellas actitudes “inocentes” se vieron complementadas con correcciones toscas, aplausos negados o ignorar mis necesidades pedagógicas (no corregir técnica) por la figura de autoridad: la profesora y directora del recinto. Dichas acciones eran incongruentes dado que, no correspondían a los valores junto con las exigencias del centro directivo, al parecer la definición creada para “disciplina” sólo debía ser acatada por quienes ponían en crisis su status quo.

Los nulos límites y el apoyo poco transparente, sirvieron como cimientos para concluir

mi instancia, sin embargo, no fueron los únicos. Las clasificadas “avanzadas” posteriormente

obtuvieron mayor grado al unirse a la plantilla docente. Su abuso de poder consistía en

agresiones psicológicas y ordenar a sus compañeras, en horarios donde seguían siendo

alumnas. Agresiones que nunca fueron detenidas por la autoridad, ante sus ojos su participación constante era igual a compromiso.

Decidí poner un alto al observar la repetición nociva y un altercado directo con ellas;

no bajo la violencia física o con palabras peyorativas, sino mediante el diálogo confrontativo,

al no dar resultado, me dirigí hacia la docente. Al hablar con ella sus palabras me

comprobaron aquello por lo cual otras compañeras se retiraron, la complicidad entre agentes.

Expuse la situación y a partir de ello la plática se volvió vanidosa y pedante, no existió

sanción alguna, solo el reconocimiento a mi madurez, como un sedante para pactar mi silencio.

Con todo lo mencionado era evidente el abuso, aún así ¿Cómo cuantificaba las

agresiones?, ¿debía seguir ignorando mi sentir? El haberme detenido a reflexionar lo

acontecido me permitió descubrir y poder etiquetar la violencia experimentada durante casi

una década.

Nombrar para dialogar

Por todo esto inicié una investigación y al leer diferentes escritos académicos, periodísticos,

tesis, entrevistas y experiencias personales, descubrí que no importa si el vestuario representa

una danza clásica o folclórica, todos testifican la diversidad de violencias coexistentes en la

enseñanza artística, inclusive una conocida para mí: coacción. Donde las formas violentas pueden ser muy evidentes o casi imperceptibles como un gesto, una mirada o una omisión. Se trata de una red de acciones institucionalizadas donde no hay un culpable y una víctima, sino que depende de las normas, reglas, hábitos u órdenes de autoridades que ponen en función las prácticas sedimentadas que se vuelven ordinarias, familiares y por lo tanto, incuestionables.

De acuerdo con Daniel La Parra y José María Tortosa, lo mencionado, responden al nombre de violencia estructural, la cual se remite a la existencia de un conflicto entre dos o más grupos de una sociedad (normalmente caracterizados en términos de género,etnia, clase, nacionalidad, edad u otros) en el que el reparto, acceso o posibilidad de uso de los recursos es

resuelto sistemáticamente a favor de alguna de las partes y en perjuicio de las demás, debido

a los mecanismos de estratificación social.

Aquí conviene detenerse, tomando en cuenta la definición, las acciones vividas ahora

tenían un nombre y tres actores principales: docente, alumno o alumnos afectados y alumno o

alumnos “favoritos” quienes dictaminan el funcionamiento dentro del aula. El primer actor,

tiene una posición de poder asumida, entre sus obligaciones se encuentra la organización del

conocimiento, evaluar los aprendizajes obtenidos durante un periodo establecido y lo más importante tener liderazgo.

Al brindar el servicio de enseñanza existen alumnos con cualidades que se alinean

más al pensamiento del docente y quienes tienen un proceso distinto. Es aquí responsabilidad

del docente construir un ambiente sano donde se respeten los procesos técnicos, creativos y

generar estrategias pedagógicas, las cuales agilicen aprendizajes y permitan brillar a todos los

integrantes. De lo contrario dará pauta a la dicotomía“buenos” y “malos” entre alumnos o

replicar metodologías violentas (Ignorar necesidades, comentarios agresivos, apoyo limitado) Basta como muestra, aquellos alumnos denominados “buenos” al alinearse al pensamiento docente optan por replicar lo ya conocido; burlas o desacreditaciones, bajo el lema de una competencia “sana.” La repetición de metodologías violentas en el espacio de enseñanza, deja en evidencia el uso de la violencia simbólica como desplazamiento de la violencia física, apoyadas bajo el ilusionismo del poder.

Por el último, se encuentran los nombrados “malos” Carolina Avelar sostiene que

tendrán que ganarse el derecho a ser corregidos o de ser considerados dentro del desarrollo de

la clase y serán constantemente expuestos ante el grupo, lo cual muchas veces desaparece la

condición de víctimas para colocar la de culpables, provocadoras, incitadoras merecedoras de

lo sucedido, como resultado de la naturalización del abuso del poder del maestro. Bajo esta

premisa, se evidencian los parámetros educativos inconsistentes.

El seguir ignorando un problema real y presente en diferentes estilos dancísticos, permite sostener una red de injusticias, como también la pérdida de talentos. Si bien, no es una violencia exclusiva del ámbito artístico y su enseñanza, es casi imposible nombrarla ante la cotidianidad violenta a la que nos enfrentamos, por catalogarse pequeñas o insignificantes.

Dar a conocer estos temas abre la conversación a reconocer las prácticas que individualmente y en grupo nos hacen parte del problema. Cada actor tiene la posibilidad de no replicar el círculo violento desde sus trincheras. Pongamos por caso, al profesor, quien puede buscar nuevas metodologías educativas más allá del tradicionalismo, aceptarse vulnerable, no establecer dicotomías y aceptar errores, mientras que los alumnos denominados “favoritos” no ser cómplices ante injusticias, sin olvidar, a los últimos agentes los denominados “malos” quienes pueden hacerlo desde la crítica, el diálogo y reprochar la cultura del silencio.

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