Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creativdad.
Foto de Fidan Nazim qizi

El dorso del ser

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2026

Eres la razón por la que todavía nombro las cosas

Picture of Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez

Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Febrero-marzo de 2472

El mundo está por llegar a su fin. La gente pasa su tiempo teniendo soliloquios con la muerte. Ella se refleja en los escaparates rotos, a veces en el vidrio empañado de un coche abandonado o en el charco que nadie se atreve a esquivar.

Observo el ir y venir por la calle Madero. Las pisadas se asemejan a sombras de muertos que arrastran un futuro ya inexistente. Pero hoy el sol igual se alzó sobre la capital. Y en mí los deseos se encarnan como duermevelas: algo que nunca termina de nacer ni de morir.

A mi lado camina la muerte. No dice nada sobre los edificios derrumbados ni sobre las sirenas que aullaron toda la noche. A veces siento su mano rozar la mía.

—Tuve un sueño —digo.

—¿Qué recuerdas? —pregunta con esa voz lejana, tapizada de partes mías.

—Casi nada. Solo sé que estoy despierta desde hace horas. ¿De verdad lo estoy?

Ella asiente. Ya casi es parte de mí.

—He logrado verlo una vez más —digo—. No quiero olvidarlo. Pero apenas las sensaciones me encarnan. El mundo se acaba y todo se vuelve ecos de cuerpos y cosas que se hunden.

—Fue como despertar dentro de un espejo —digo—. Ahí el sol cierne las cortinas, golpea mi cuerpo y sobre mi iris se posa el paraíso. El tiempo se volvió una quietud concreta que me atravesó de ojos a pies. Ahí lo vi. Olía a tierra mojada de las lluvias que dejaron de llegar y su respiración sonaba como los ya olvidados silbidos de las plantas recién abiertas. No hice nada más que verlo y verme en él. Solo eso: sentirme en su ser.

La muerte me escucha, me ve, pero no hace gesto alguno.

—Los cristales del sueño no laceran. Los filos se vuelven roces para las pieles heridas —pienso.

Afuera, los hechos son inamovibles: pesan como el empedrado que cae sobre esta tierra. Pero dentro de ese instante, el sinsentido me encarnaba.

—Tuve un sueño —repito, casi para mí—. Sé que tuve un sueño.

Mi reflejo en un escaparate roto me devuelve otra cara.

—No sé hacia dónde voy —le susurro a la muerte, porque la calle Madero se ha vuelto interminable y las sombras que nos rodean ya ni siquiera se quejan.

—¿Hacia dónde se va toda la realidad? —pregunto.

Ella se encoge de hombros. Casi nunca responde.

—Quizás a ningún sitio. Quizás se queda aquí, mirándose en los mismos vidrios donde antes veíamos tu rostro.

Entonces la muerte aprieta un poco mis dedos. Es apenas un gesto, pero lo siento en los huesos.

Pero ya no me importa que el sol cierne las cortinas de un edificio que mañana quizás ya no esté. Por eso no me importa que la gente sea sombras y los charcos reflejen una muerte cansada. Porque el recuerdo de él está en mi ser. Es como si él marcara el dorso de mi alma.

Él es el pequeño dios-animal que olvidó anunciar el apocalipsis. Es la razón por la que todavía nombro las cosas. Es el dorso donde mi ser aprende a descansar pese a cargar con la parca entre mis dedos.

Ahora solo soy un cuerpo con recuerdos que la mente olvida. Un cuerpo que camina por Madero hacia ninguna parte, entre sombras que también fueron personas, bajo un sol que sigue saliendo aunque ya nadie sepa por qué. Y esa ignorancia, justo esa, es lo único que todavía me parece hermoso.

Más sobre Ventana Interior

El dorso del ser

El dorso del ser

Por: Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez
Eres la razón por la que todavía nombro las cosas

Leer
El ruido de la humanidad

El ruido de la humanidad

Por: José Eduardo Jiménez Maciel
Amar en el fin del mundo

Leer
Amanda

Amanda

Por: Juan Manuel Vassallo Vega
Amor, designios, averno

Leer
La carga de ser perfecta

La carga de ser perfecta

Por: Teresa Orozco Barrera
El peso de la autoexigencia

Leer
Poema sin fin

Poema sin fin

Por: José Uriel Hernández Sánchez
Una ruptura leída entre versos y mentiras

Leer
Cenizas de un amor

Cenizas de un amor

Por: Esther Sosa Yáñez
Le lloré tu engaño a los huizaches

Leer

Deja tus comentarios sobre el artículo

El dorso del ser

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

sixteen − ten =