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Foto de Fakhri Baghirov

Amanda

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2026

Amor, designios, averno

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Juan Manuel Vassallo Vega

Escuela Nacional Preparatoria Plantel 6

Los problemas, en orden de importancia, eran pocos, pero grandes. Primero, no encontraba los chingados cerillos, no estaban, quién sabe dónde se habían metido. Segundo, iba a tener que prender su cigarrillo con un encendedor y eso le asqueaba en demasía. Tercero, desde hace rato su hija preguntaba dónde estaba y cuándo regresaría la madre; él no sabía con certeza, seguro en el trabajo o atorada en el tráfico, diciéndole a la niña que se callara. Cuarto, no se le había ocurrido dónde esconder el cuerpo y ya empezaba a entrar en estado de descomposición. Mierda. 

Los ojos de Amanda eran, sin saberlo ellos mismos —de una manera vilmente sincera—, aquellos por los cuales la inferencia del amor había tintado toda deuda con el mundo de un color rayano en lo indescifrable, por indescriptiblemente hermoso. Era obvio, si no ¿por qué se habría casado con ella, y a parte haber tenido una hija con ella? Solo que todo tiene su límite, y, a decir verdad, que su hija estuviera chingue y chingue con eso de que su madre no llegaba pues ya estaba empezando a colmar el suyo. A parte, esas demonias ganas de ponerse a fumar como un ferrocarril o como una chimenea o como una parcela en llamas, lo estaban matando.

Amanda era el nombre que había elegido para reemplazar al sempiterno buscado, insistente del Amor. Porque los idilios, en un principio fanáticos, se sueltan completamente a una visión que bien sabe es producto de una certeza obsesiva: amor, designios, averno: era lo mismo, era lo último y lo mismo. Por candoroso, había caído. Por perfecto, por irrenunciable, por eterno. Por nada. Y lo sabe, eso es lo que le duele, entenderlo, mas ser incapaz de hacérselo entender a alguien. Aunque le duele menos que no encontrar los cerillos, claro.

—Papá, ¿ya viene? —interrumpe, poco oportuna—, ¿sabes dónde está?

Claro que no lo sabe. No, chingada madre.

—No sé —dice cortante, mientras busca en el gabinete los cerillos, tienen que estar ahí, no hay de otra.

Era verdad, claro que era verdad, no sabía. No pinches sabía. A ver en qué momento dejaba de molestar.

—¿No has visto unos cerillos? —apenas inaudible, por todo el traqueteo de las bolsas plásticas.

Entre los manteles, debajo de un paquete abierto de galletas saladas, encontró una foto: Amanda. Sintió la necesidad de consolar a su hija, que pregunta todavía por ella. Voltea, para buscarle la mirada, y, sin dejar de observar a sus espaldas, repara con el tacto en un encendedor de cuello largo, más al fondo del cajón. Traga saliva. Paladea un dejo amargo mas no lo deja pasar el umbral del olfato. Aprieta los labios. Lo va a tener que usar. No hubo cerillos; tampoco opción.

En la mesa del comedor está el cenicero, su hija lo mira. Él sabe que Amanda va a llegar, claro que lo va a hacer. No le dice nada a su hija, si acaso porque siente que ya le ha dicho lo suficiente o que de algún modo puede ella saberlo: la madre está a punto de llegar.

—¿Y mi mamá? —repite, mientras su padre levanta la cajetilla y saca un cigarrillo y lo deja en la comisura de sus labios, aún apretando bajo un sabor amargo y la penitencia de ese sopor seboso. Con la mano derecha sostiene el encendedor, su dedo sobre el gatillo de acción, por fin. Aprieta con el índice: la flama, el cigarrillo momentáneamente encendido, la detonación, el casquillo que rebota en el piso, la sangre que brota de su cabeza, el agujero desde la barbilla hasta la coronilla, la pistola que cae cuando su mano derecha se abre, el cuerpo de Amanda en una bolsa negra bajo la cama.

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