En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Reuters

Cuidarnos en comunidad

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2026

Tarea pendiente de la universidad

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Fady Estrada López

Facultad de Filosofía y Letras

En memoria de Jesús Israel Hernández Chávez y Jorge González Rafael

22 de septiembre de 2025 es una fecha precisa que no abarca la herida que dejó en la comunidad universitaria. En pocas horas dos noticias recorrieron los medios y las bocas de los estudiantes: el asesinato del estudiante Jesús Israel Hernández Chávez del CCH Sur y el suicidio del estudiante Jorge González Rafael de la Facultad de Arquitectura. Los muros imaginarios que parecen dividir la Universidad del mundo “exterior” se cayeron de forma estrepitosa; el pánico nos tomó como presas y entre una chispa de terror y otra, el estudiantado fue enviado a casa (ya sea como decisión de las distintas direcciones al envíar a clases en línea, ya por la organización de cierto sector de la comunidad estudiantil que entró en paro de actividades). 

Nos llenamos de horror y ansiedad, sirvan de ejemplo algunas imágenes: estudiantes sin poder dormir pensando que serían los siguientes, instalaciones vacía(da)s, fractura del diálogo comunitario, miedo a regresar a las aulas… A pesar de todo, regresamos a clases más o menos un mes después, incluso más como en CCH Sur y la FA. La lejanía impuesta ante ambos acontecimientos nos obligó al olvido, al laissez-faire como un “dejar hacer” desde el fatalismo. Sin darnos cuenta, el trauma se sedimentó en nuestras mentes, se volvió parte de una pesada “normalidad” (como si no fuera suficiente ser una generación pos-pandemia que volvió a ese centauro que tan fácil evocamos llamándolo “normalidad”). 

Se dejó de hablar del tema y, poco a poco sin notarlo, la situación se volvió cada vez más ininteligible, acaso todo fenómeno lo es siempre a su manera. Algo fue diferente en estos acontecimientos, la distancia nos impuso, tal vez, una imposibilidad epistémica cada vez más grande. En el caudal caótico y en flujo que es el devenir humano es posible encontrar algo de orden. Es posible y necesario destacar que en ambos acontecimientos se condensaron múltiples significados y sentidos de las estructuras de la actualidad. Estructuras que tienen que ver con cómo pensamos, cómo procesamos la información, cómo sentimos, en fin, que se relacionan de forma íntima con nuestras subjetividades.

Hace mucho que no escribía para esta revista, van varios números que (se me) han pasado, pero la urgencia de este momento me lleva a tomar el teclado (nuestra incómoda pluma). Me gustaría señalar algunas cuestiones al respecto de estos dos acontecimientos que permiten pensar la salud mental, el cuidado de nuestras emociones y la acción de la universidad dentro de todo ello. No quiero que a lo largo de este ejercicio se pierda de vista el dolor que la impulsa: dos compañeros lamentablemente perdieron la vida. 

En ese momento el mundo se hizo presente en la universidad y sigue teniendo consecuencias insondables. Hay que aclarar, con profunda preocupación, que lo que sucedió ese día no es algo inédito dentro de la Universidad, mucho menos la primera vez que sucede en el país. Borremos desde ya la excepción y entremos al campo de una realidad profundamente interconectada con el resto. Nuestro centralismo epistémico, el pensar en Ciudad Universitaria o en la Ciudad de México, así como nuestro flujo en un mundo en el que lo sólido se desvanece en el aire, hace que limitemos la mirada, que ignoremos. Sin embargo, algo nuevo sucedió ese 22 de septiembre, de forma evidente la frontera invisible se derrumbó delante de nosotros y el mundo entró con toda su fuerza en los espacios de la Universidad. No sólo eso, la sinergia de dos acontecimientos y su desenvolvimiento llamaron la atención en torno a una problemática pendiente en las universidades: la ausente y aplazada salud mental del estudiantado (mucho más ausente en el caso de los trabajadores y el profesorado). 

Ya no es posible seguir pensando en una universidad-isla (metáfora clara de la vitalidad del espacio universitario). No estamos separados de la tierra continental y, mucho menos vivimos rodeados de muros de agua. Nuestra universidad es porosa, resiente y experimenta lo mismo que la sociedad de su momento. No está la Universidad y “la calle” (como algunos académicos apuntan), está la Universidad entre “las calles”. 

Pero, a todo esto, surge la pregunta, ¿qué mundo entró con fuerza a la Universidad? Sin agotar el asunto, podemos situar dos esferas. Por un lado, la aceleración de una civilización en la que las lógicas funcionales rigen nuestras vidas con resultados atroces. Por otro lado, un fenómeno que ha encontrado un anclaje y medio de expansión en el internet conocido como “manósfera” (del inglés manosphere, man-, “hombre” y –sphere, “esfera”). Todo ello supone una amalgama idónea ante el crecimiento de las derechas en el mundo. 

Las reacciones en redes sociales siempre son muy elocuentes respecto a algo, me gusta pensarlas e invito a que mis lectorxs así lo hagan como termómetros sociales. Cuando la Facultad de Arquitectura portó luto por Jorge González Rafael las reacciones fueron desde la empatía hasta la indignación. Se revela no sólo dentro de dicha facultad, sino dentro de muchas carreras el desgaste físico y emocional que supone ser estudiante. A continuación un catálogo de comentarios, que funciona como catálogo de sueños y esperanzas: “Yo quiero una FA que sí se preocupe por la salud mental de sus alumnos. Y le den freno a profesores que se creen con el derecho a humillar y disminuir a sus estudiantes como ‘método’ de enseñanza” (Ru Mita LR), “el común denominador [entre egresados] ante la pregunta ‘si tuvieras que volver a estudiar arquitectura, ¿lo harías?’ Y la respuesta en el 98% de las veces es NO” (Karen Alejandra L. Zarza) “los profesores le faltaron a Jorge, nadie lo volteó a ver” (Brenda Arana), “Y no lo vimos, pasamos de largo con nuestra vista en el celular. Y no lo vimos, pasamos de largo ensimismados en nuestros problemas. Y…no lo vimos” (Ana Roman); para cerrar dos estructuras lapidarias: “no fall3ció, lo m4tó el estrés y la depresión!!!” (Adriana Duairam) y “Desde cuándo empezaron a fallecer los estudiante de esta institución más seguido” (Tumiyoudu JIn). La atención se centra evidentemente en la salud mental de la comunidad estudiantil ante la carga de trabajo y el desgaste físico por los traslados a la universidad. 

El caso de Jesús Israel Hernández Chávez es más complicado de rastrear, los medios impusieron la figura de su asesino como foco de atención. En ese sentido llama nuestra atención que los jóvenes parecen estar atrapados, particularmente los jóvenes masculinizados en redes sociales. La manósfera es una red digital que enfatiza la masculinidad con una fuerte hostilidad hacia las mujeres y el feminismo. La construcción de nuevas subjetividades digitales son riesgosas, sobre todo para las adolescencias en proceso de construcción de la identidad a través de la percepción social y de la autopercepción. Esa construcción se da en un mundo en aparente desintegración; en un vacío que explotan ciertas personas para promover sus ideologías crueles con el propio individuo y con la sociedad. En todo ello, se han promovido categorías identitarias como las personas autodenominadas incels (en inglés “célibes involuntarios”) que llevan a creer que la realidad es estadísticamente contraria a sus deseos y aspiraciones. El peligro es que todo ello está dentro de una estructura de silencios, desde los padres que no pueden siquiera entender (de ahí que esta realidad sea en muchos sentido ininteligible, incluso para mí que ahora intento hacer un ejercicio de comprensión) hasta un sistema que los ha decepcionado, en ese silencio las ideas los consumen y llevan a violencias en el mundo real. 

Debe repetirse que no es algo inédito lo que sucedió ese día. Es posible escribir desde la experiencia cómo la derecha ha penetrado nuestra universidad de forma a veces no tan explícita. Ha sido absolutamente decepcionante y preocupante que en una carrera como Historia existan personas con filiación fascista cercanas a las esferas de la representatividad estudiantil, así como que tengan la impunidad y cinismo de declararse abiertamente fascistas en un salón de clases. 

No es el momento ideal para ello, pero soñemos un poco. Debemos recuperar la Universidad como un espacio de aventura. Un espacio de discusión en el caudal del mundo, de reflexión meditada sobre la realidad que nos atraviesa. También podemos imaginar una Universidad que no nos separe de la realidad, una Universidad que sienta con sus universitarios. Una universidad en la que sea posible, en palabras de Jorge González Rafael, vivir y luchar por nosotros. La universidad no debe seguir ignorando las advertencias que ha recibido, porque no debemos olvidar que Jorge y Jesús fueron personas con nombres y apellidos, con historias, sueños y deseos interrumpidos. Por ello, no hagamos costumbre que los planes y futuros no pueden ni deben ser arrancados por la omisión institucional a la salud mental. 

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