En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Recuperando la comunidad

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

La paz no puede ser producto de la violencia

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Pablo Andrés Hernández Meza

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Durante las últimas décadas el país ha atravesado una delicada situación de seguridad que se ve reflejada en calles y plazas vacías tras el atardecer, en la desconfianza entre pobladores y en el aislamiento de las familias que día tras día refuerzan las barreras de sus viviendas. A reserva de la discusión sobre las políticas de seguridad en México, la intención de este texto consiste en señalar que la pérdida del sentido de comunidad propio de los primeros años de este siglo es un factor clave de ese problema; asimismo es de interés proponer la necesidad de su recuperación para la construcción de la paz.

El sentido de comunidad puede ser entendido como una red de solidaridad y acompañamiento entre los integrantes de una sociedad humana cuyo tamaño puede situarse entre unos pocos pobladores de una aldea hasta los millones de habitantes de una urbe moderna. Los lazos señalados permiten la interacción entre los miembros de un grupo humano fomentando el apoyo mutuo. Tales elementos se pueden encontrar en la cosmovisión de los pueblos indígenas, un elemento que ha perdurado dentro del imaginario colectivo de los habitantes de México. 

Una prueba de lo anterior se puede hallar en el tequio como forma de trabajo. Su rasgo definitorio consiste en la participación de todos los miembros de una comunidad para la realización de tareas que beneficien a la colectividad, tales como la reparación de la infraestructura urbana, limpieza de los cauces de ríos o la preparación de los terrenos para la siembra. Esto significa que los integrantes de un asentamiento humano se organizan para resolver los problemas que les afecta generando ideales de cohesión y apoyo mutuo entre los mismos.

El tianguis es otro ejemplo del sentido de comunidad en México. La existencia de espacios de intercambio comercial que permiten profundizar la interacción entre los habitantes de una comunidad fomenta la creación de lazos de solidaridad entre los integrantes del mismo, permitiendo evitar fenómenos como el aislamiento o la soledad. Asimismo, al fomentar el debate colectivo, el tianguis se vuelve un espacio ideal para la organización política de las comunidades a fin de responder a problemáticas comunes. 

Al igual que ocurrió en otros países, el sentido de comunidad comenzó a derruirse en México a partir del auge del modelo económico neoliberal y la globalización. Un factor relevante en este proceso fue la sustitución de la participación estatal y las formas tradicionales de trabajo como el tequio por el libre mercado y la búsqueda del interés egoísta como pilares de un sistema económico que prometía la prosperidad a cambio de la renuncia a los valores que dan sentido a las sociedades humanas como la solidaridad o la búsqueda del beneficio colectivo.

El padre del liberalismo económico, Adam Smith sostenía que la búsqueda del interés egoísta constituye la base de la economía mediante el intercambio comercial. Este argumento fue retomado por Milton Friedman, uno de los ideólogos más relevantes del neoliberalismo. Tal planteamiento sobre la economía implica el rechazo al sentido de comunidad en favor de la lógica comercial; asimismo, crea una nueva idea sobre el éxito en la sociedad ligada a la prosperidad personal sin interés por las problemáticas que afecten al resto de la sociedad. 

La lógica del consumo es otro elemento que permite explicar la pérdida del sentido de comunidad. Dentro del modelo económico predominante, la adquisición de artículos es el ideal al cual se pretende que aspiren las personas. De esta manera, todas las interacciones humanas ya no se sustentan en aspectos como el apoyo mutuo o el intercambio de ideas, sino que se orientan hacia el mero acto de consumir, teniendo como consecuencia que la idea del éxito gire en torno a este propósito y sin ponderar sus repercusiones sociales, culturales o ambientales.   

Además del auge del modelo neoliberal, la pérdida de la noción de comunidad en México suma otro factor: la inseguridad derivada en gran medida de los conflictos entre grupos criminales por el control del tráfico de drogas. Esta situación se ve reflejada en el terror cotidiano con el cual sobreviven los habitantes de entidades como Guerrero, Michoacán o Sinaloa, mismo que dificulta que las personas realicen actividades de esparcimiento fuera de sus casas, llevándolas al aislamiento y a la desconfianza mutua.

En consecuencia, la construcción de la paz en México no se puede reducir a un mero asunto policial, sino que requiere la reconstrucción del tejido social en el país. Este último objetivo se puede lograr mediante la recuperación del sentido de comunidad. Para alcanzar tal objetivo, es preciso que ocurran algunos cambios. En primer término, que los habitantes de ciudades y pueblos se involucren de manera activa en la resolución de los problemas comunes mediante el diálogo y la deliberación, el logro de este cometido vuelve pertinente la posibilidad de retomar el tequio, así como otras formas tradicionales de organización. 

Otra medida necesaria es la reorientación del espacio público, principalmente en las ciudades. En vez de que las calles y avenidas favorezcan al automóvil y fomenten la movilidad individual, las vialidades, plazas y parques deben ser propicias para ser transitadas a pie y fomentar el esparcimiento de los habitantes. Al recuperarse las urbes para las personas, sus distintos espacios se convertirán en lugares propicios para la convivencia sana y la generación de lazos de solidaridad. 

La oferta de actividades culturales y deportivas permiten el esparcimiento, así como el intercambio de pensares entre los miembros de la sociedad. De esta forma, cosas como los talleres de poesía, torneos de fútbol o clubes de lectura coadyuvan en la construcción de redes de solidaridad entre los habitantes de una comunidad. 

La historia reciente de México demuestra de manera elocuente que la paz no puede ser producto de la violencia ni del afán de vigilancia y control. La construcción de la paz sólo podrá lograrse mediante el abandono de la lógica individualista propia del capitalismo neoliberal y la recuperación de los valores centrados en el bien común. Es decir, mediante la construcción de comunidad.

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